Más libertad que falsa seguridad

Concluyó hace poco la Semana Santa, la cual dejó sabores y sinsabores en la ciudadanía según la haya vivido cada quien. Sin embargo, la excesiva militarización que realizó la Policía de Tránsito tanto dentro de Managua como en las carreteras, causó estupor en muchos sectores.

Concluyó hace poco la Semana Santa, la cual dejó sabores y sinsabores en la ciudadanía según la haya vivido cada quien. Sin embargo, la excesiva militarización que realizó la Policía de Tránsito tanto dentro de Managua como en las carreteras, causó estupor en muchos sectores.

No estoy diciendo que la Policía Nacional hace mal resguardando el orden público, sobre todo si es verdad la tan trillada publicidad oficial de que Managua es la capital más segura de Centroamérica y el país uno de los más sanos de América Latina. Si lo sigue siendo está bien y merece felicitaciones dicho órgano de seguridad, pero las cifras estadísticas, amañadas a intereses políticos y partidarios, demuestran a veces todo lo contrario. Y esto se da ya que la gobernabilidad y estabilidad ciudadana de un país se mide por resultados, por aplicación equitativa del peso de la ley.

Y qué decir de los casos en los que la Policía jamás esclarece hechos, como el de Las Jagüitas, que le permitieron a la primera comisionada Aminta Granera demostrar que ante la ciudadanía es una dama de gran corazón, llena de buenas intenciones y lágrimas cristalinas y cristianas, pero por otro lado dichos comportamientos no atinan con la realidad, salvo cuando hay demasiada presión en la prensa nacional y en los familiares de las víctimas. La aplicación de la justicia no debe medirse por sentimentalismos sino por acciones eficientes y ajustadas a la verdad, como ocurre en cualquier nación civilizada donde la aplicación de la ley trasciende emociones y guiños publicitarios.

Volviendo a la recién concluida semana mayor, quedó en evidencia una vez más el descontento que la ciudadanía, probablemente como nunca antes experimentado, a excepción de la década de los ochenta, siente ante la Policía de Tránsito. Muy atrás quedaron las palabras poéticas del fallecido comandante Tomás Borge de que la Policía era la “centinela de la alegría del pueblo”, pues ahora esa misma Policía es rechazada con fuerza por la mayoría de la población porque ya no guardan ningún pudor en pedirle mordidas a cualquier ciudadano o bien, de lo contrario, va multado con una cantidad que ofende los escuálidos bolsillos de la mayoría de la población.
Por eso insistiremos en estos casos que en gran medida afectan la imagen del país. Hasta hace unos años la Policía de Honduras era la más criticada en la región por sus exabruptos con los vehículos de circulación centroamericana. Hoy en día competimos con esa agenda de antivalores.

Nicaragua enfrenta muchos problemas que pueden arrastrarnos a una ola de desobediencia ciudadana, como la irresponsable actitud del Consejo Supremo Electoral en no dar las fechas del calendario electoral a menos de siete meses de que se realicen las elecciones. Y si a esto le sumamos la grave sequía que avanza por todo el país, que conlleva a una crisis de recursos hídricos, como el agua misma que ya falta en muchos hogares campesinos, la situación puede volverse más aguda y con menores capacidades de respuesta de parte del Gobierno.

Pero ahora hagámonos una pregunta: ¿hubo un efecto positivo con tantas unidades policiales desplazadas por las carreteras demostrando una militarización excesiva en tiempos de relativa paz? La respuesta es no. No, porque en esta Semana Santa hubo más de setenta muertos y la mayoría por accidentes de tránsito. Entonces, ¿para qué tanto despliegue? ¿Para qué demostrar ese músculo intimidatorio de la fuerza policial si a fin de cuentas de nada sirvió? La respuesta debiera darla la misma Policía.

El autor es miembro de la Mesa Directiva de la Coalición Nacional por la Democracia.

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