El pastor es para servir

Una de las imágenes más lindas de Jesús es la del Buen Pastor, que conoce a sus ovejas (Jn. 10, 27), que les da vida (Jn. 10, 28) y las tiene consigo seguras (Jn. 1028-29).

Resurrección

Una de las imágenes más lindas de Jesús es la del Buen Pastor, que conoce a sus ovejas (Jn. 10, 27), que les da vida (Jn. 10, 28) y las tiene consigo seguras (Jn. 1028-29).

La figura del pastor en las Sagradas Escrituras aparece ya en sus primeras páginas: se llamaba pastor a aquella persona que dedicaba toda su vida al servicio de las ovejas, como fue Abel, el hijo de Adán (Gen 4, 2). El pastoreo no terminó siendo un trabajo muy bien visto por las autoridades religiosas. El pastor era ese hombre dado por completo, las 24 horas del día, a sus ovejas, sin tiempo alguno libre ni siquiera para cumplir con sus obligaciones religiosas.

San Lucas, cuando nos narra el nacimiento de Jesús, nos dice que los pastores que vigilaban durante la noche su rebaño, fueron los primeros en ir al portal y encontrarse con Jesús niño (Lc. 2, 8-20), cosa que les llenó de inmensa alegría y, a la vez, se convirtieron en los primeros misioneros: “Todos los que le oyeron, se maravillan de lo que los pastores les decían” (Lc. 2, 20).

A sí mismo se llamaba “Pastor”, de una manera simbólica, a Yahvé: “Yahvé es mi Pastor, nada me falta” (Sal. 23, 1). “Escucha, Pastor de Israel… Ven en nuestro auxilio” (Sal. 80, 2-3).

Yahvé era el Pastor que cuidaba de su pueblo, como tan bellamente decía el profeta Isaías: “Como Pastor pastorea su rebaño, recoge en brazos los corderitos, en el seno los lleva, y trata con cuidado a las paridas” (Is. 40, 11).

También se llamaba “pastores”, de una manera simbólica, a los jefes políticos y religiosos del pueblo, porque su misión era muy semejante a la de los pastores: estar al servicio del pueblo: sus ovejas.

Sin embargo, los profetas denunciaron duramente a los pastores, a los dirigentes del pueblo, tanto civiles como religiosos, porque en vez de servir al pueblo, solo pensaron en servirse del pueblo, como decía el profeta Ezequiel: “¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No deben los pastores apacentar el rebaño? Ustedes se han tomado la leche, se han vestido con la lana, habéis sacrificado las ovejas más pingües, no han apacentado el rebaño. No han fortalecido a las ovejas débiles, no han cuidado a las enfermas, las han dominado con violencia y dureza… Mi rebaño ha sido expuesto al pillaje… (Ez 34, 1-10).

Por eso, Dios prometió al pueblo darle un verdadero pastor, el Mesías, el Señor: “Les daré un pastor único que los pastoree… Les apacentará, él será su pasto”. (Ez 34, 23-24).

Jesús con toda autoridad se llamó a sí mismo el Pastor Bueno: “Yo soy el buen pastor” (Jn. 10, 14) porque: Jesús, el Buen Pastor, conocía a sus ovejas y sus ovejas le conocían a él (Jn. 10, 27). Nunca buscó su interés personal sino el interés de todos los hombres, sus ovejas. Estuvo y estará siempre al cuidado de sus ovejas para que nadie les haga daño y ninguna se pierda (Jn. 10, 28). Nunca se impuso; siempre propuso e invitó a que le siguiéramos en libertad (Mt. 16, 24).

Jesús, el Buen Pastor, puso toda su vida al servicio de los hombres, no vino a ser servido sino a servir (Mc. 10, 45). Amó tanto a sus ovejas que dio la vida por ellas para que sus ovejas tuvieran vida (Jn. 10, 27-28).

Quienes hemos sido llamados para servir al pueblo, en el mundo político o religioso, tenemos que tomar conciencia de que lo nuestro no es servirnos del pueblo sino servir al pueblo.

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