La vergüenza de los sinvergüenzas

Por otro lado, cualquier medio de comunicación y opinión será un medio de expresión libre hasta que alguno en el poder decida que ciertas cosas no deben ser publicadas, difundidas o conocidas por ser peligrosas para su estabilidad política y económica.

Nicaragua ha estado en la “noticia” desde la época de los cronistas españoles. La mayoría de las veces de manera espontánea y desde hace unos años de manera oportunista —el Canal y demás megaproyectos— desde un poder que inevitablemente terminará siendo una referencia a la ignominia.

Hoy desde el poder se venden las “cuentas de vidrio y los espejitos” que los conquistadores utilizaron para despojar a los indígenas de sus tierras, oro y fuerza de trabajo, incluyendo su identidad cultural. La manipulación ideológica y la confiscación de la esperanza es lo que queda de una identidad desprovista de su contenido. Y todo vale, incluso las alegorías religiosas frente a una nación íntimamente identificada con tradiciones a las que se aferra para no perder su “alma”. De ahí surgirá lo que deberá ser un futuro sin estafadores, sin presdigitadoras y sin acólitos del poder y de la corrupción.

Por otro lado, cualquier medio de comunicación y opinión será un medio de expresión libre hasta que alguno en el poder decida que ciertas cosas no deben ser publicadas, difundidas o conocidas por ser peligrosas para su estabilidad política y económica. No es todavía el caso de los medios digitales y redes sociales por la escasez de acceso a esos recursos electrónicos; y aún así se les teme, previendo una avalancha social contraria como en otros países, particularmente cuando el río se termine de secar. No quedarán entonces en pie ni megarrótulos narcisistas ni árboles de lata.

Desde el autoritarismo se han acaparado medios de comunicación convencionales e inventado sitios web para tratar de contrarrestar la verdad de la expresión libre. Es la desinformación cibernética que le sigue a la represión brutal en las calles. Y cuando suceda el apagón saldrán los que dirán “yo no fui”. Otros, los cínicos que detentan el poder o son sus portavoces u operadores simplemente emigrarán con su descendencia, porque ya tienen dinero y propiedades aseguradas en paraísos fiscales o tratarán de “camuflarse” internamente como hicieron muchos somocistas en su momento o contratarán más matones y elevarán más los muros de sus casas para protegerse de la “ira del pueblo”.

¿Qué dice el encabezado en uno de esos sitios web de alguien que igualmente se desvanecerá algún día? “Las calles son del pueblo y el pueblo debe defenderlas”. O sea, defender a quien detenta el poder absoluto y la familia que ha estado colocando dineros en todo lo que puede dentro y fuera del país y depredándolo, gracias a la colaboración de Venezuela, colaboración que está llegando a su fin con el fin del régimen de allá. Es por eso que se apresuran a saquear madera y a mantener altas las tarifas eléctricas y el costo del combustible, entre otros “negocios”.

Desde hace tiempo hemos visto y entendido cómo la revolución sandinista fue desvirtuada y eso que contribuí con ella entre 1981 y 1988 en el servicio exterior y a mucha honra, año en que fui despedido por tener pensamiento independiente. Siempre creí y profesé que colaboraba con un proceso de cambio y que mi lealtad estaba con el proceso, no con las personas.

De lo dicho sobre lealtades tengo testigos, incluyendo a alguno que me expresó en Roma que estaba cuestionando a la Dirección Nacional del FSLN, lo que supuestamente no era solo inadmisible, sino que anatema. Ese individuo es ahora socio de un exclusivo club en Managua sin tener arraigo alguno en él y del que mi padre fue fundador en su época antes que el club fuese confiscado. Por otra parte ¿no son acaso millonarios ahora ciertos comandantes confiscadores de tierra que se han reapropiado de ella?

Hoy todas las instituciones del Estado y del Gobierno están al servicio de una familia que se mantiene en el poder por los mismos métodos con los que llegaron a él. No pueden cambiar. Ya está en su ADN y se siguen reeligiendo contra lo que disponía la Constitución Política, esa gran ramera, mancillada por un “tribunal de Justicia”.

Que lo escrito aquí no llame a engaños. Mis equívocos son míos y de nadie más, porque los he tenido y muy grandes, pero no con la sociedad. Y no puedo callar. Se lo debo a los muertos en este nuevamente prostituido año electoral.

El autor es doctor en Derecho, LL.M.

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