La defensiva está lista. El primer bate también. Las bases están blancas, pulcras. El césped está bien cortado y muy verde. El público se impacienta para que comience el juego y de repente, desde las gradas, se escucha: “¡Andá lavá!”, “¡Sos una marimacha!”, “¡Andá donde tu hombre porque si no te va a dejar!”… Pero no. Nadie va a dejar a Sheyla Báez, madre soltera con dos hijos y dos trabajos. Ella es la primera mujer árbitro del Campeonato Pomares de Nicaragua. Y no es cualquier árbitro. Es la del home plate. La que dice si el lanzamiento fue bola, si fue foul o si fue strike. La jefa del juego de hombres, que ignora las vulgaridades del público, alista sus pulmones y grita: “¡Play ball!”
Nacida y criada en Juigalpa, capital del departamento nicaragüense de Chontales, Sheyla lleva diez años siendo árbitro del beisbol en niveles amateur y cinco años como juez de base en el Campeonato Germán Pomares o la Primera División del Beisbol nica, donde se codean los equipos grandes del país, como el Bóer de Managua, los Indígenas de Matagalpa o los Leones de León. Y más recientemente, hace 15 días para ser exactos, Sheyla probó la experiencia de ser la jefa del home plate en la serie de dos partidos entre los Defensores de Río San Juan y el Bóer.
“¡Fue tremendo eso! Una experiencia muy linda porque la presión es enorme”, recuerda Sheyla, en su casa de Juigalpa. La buena noticia —la de ser árbitro junto al bateador y al cácher, la que condena o certifica el buen actuar del pícher, la que puede expulsar a jugadores y mánagers— se la dieron hace apenas unos días, pero la alegría fue completa: no solo iba a estar a prueba durante esa serie, sino que ahora le tocará dirigir, por vez primera en la historia del deporte nica, el Juego de Estrellas de julio.
“Me sentí orgullosa de mi trabajo y agradecí a Dios, porque soy católica”, cuenta, alegre. “Cuando terminó la serie en San Miguelito entre Río San Juan y el Bóer me llamó Carlos Reyes Sarmiento, el comisionado (director de la Comisión Nicaragüense de Beisbol Superior), me hizo una entrevista y me dijo que voy a dirigir el home plate del Juego de Estrellas el 2 de julio en Jinotega. Y pues voy a hacer lo que siempre he hecho. Dar lo mejor”.

BEISBOL EN LA CARNE
Quienes frecuentan el estadio de beisbol de Juigalpa lo saben. Sheyla lleva años en esto. A sus 38 años es árbitro profesional, pero desde que tenía 4 o 5 años se le veía con su abuela vendiendo carne asada entre los aficionados del equipo local, los Toros de Chontales.
Uno que llega puntual al estadio desde los años ochenta es Oscar González, locutor de la juigalpina Radio Centro y, según los lugareños, toda una institución en el periodismo deportivo local. Él recuerda a Sheyla como vendedora y se enorgullece por los rumbos que ha tomado su vida.
“¡Si es que la abuela tiene más de cuarenta años de vender carne asada en el estadio! Hoy sus nietos la quieren quitar de ahí, por su salud, pero ella insiste, entonces ahora hasta tiene quien la lleve en camioneta con todas sus cosas y quien la llega a traer de regreso. Y en los ochenta Sheyla ahí andaba, con la abuela. Cuando nosotros la vimos que comenzaba a arbitrar bases nos preguntamos que qué era eso, pero claro que la apoyamos, ¡nos enorgullece! Si es la primera mujer árbitro del beisbol nica. Yo en más de treinta años jamás había visto eso. ¡Y es chontaleña!”, exclama don Oscar, entusiasmado.
Pero no todos se enorgullecen. La mayoría de juegos que ha arbitrado Sheyla han sido en Juigalpa y le toca ser neutra con los dos equipos, para amargura de algunos en el estadio.
“¡Nos metiste el cuchillo!”, “¡Ideay! ¿Te está pagando el otro equipo?” “¡Mujer, sos una ladrona, estás en contra!”, reclaman los aficionados desde las gradas. Y a veces confiesa Sheyla, hasta el entrenador de los Toros le reclama y aunque lo haga en broma, ella es contundente: “No, no, no. Una cosa es que los conozca y otra es mi trabajo”.

LA VIDA NO ES FÁCIL
Ella dice que hoy está programada para ignorar los gritos del público, sean broma o sean mala educación y machismo. En ocasiones, y sí comenta que al comienzo le dolía un poco, hay mujeres que chillan: “¡Andá lavá la ropa de tu marido, ahí te va a dejar!” O exabruptos mucho más desubicados, como: “¡Esa anda buscando hombre!”
Sheyla alquila casa nueva desde hace un par de meses. Junto con su hijo Oscar Iván, de 18 años, y su niña Ileana Cecilia, de 15, viven en una morada un poco más grande que la anterior, que era de su abuelo. Oscar también es apasionado del beisbol y es pícher de nivel amateur. Su sueño es jugar para los Toros de Chontales y su mamá lo apoya, pero también lo insta a que estudie. Él, obediente, cursa el primer año de Bioanálisis Clínico en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, en Juigalpa, y su hermana le seguirá los pasos pronto, porque está por terminar la secundaria.

Además de arbitrar en el Pomares, Sheyla trabaja para el Ministerio de Salud. Fue afanadora por varios años en el Hospital Asunción, el regional del departamento con sede en Juigalpa, y desde hace poco es guardia de seguridad de la institución. Trabaja 36 horas repartidas equitativamente durante tres días y descansa otros tres. A veces le toca todo el día y a veces toda la noche, pero cuando su horario choca con algún juego de beisbol, o le dan permiso para ausentarse o ella lo repone con otro día o ella lo paga.
Hace más de diez años, cuando el beisbol no la tomaba tan en serio, le tocó vender chicles, cajetas y todo tipo de productos por Juigalpa para subsistir. Hoy Sheyla Báez siente alegría por sus hijos y orgullo por cómo los ha sacado adelante sola. Y cuando entra al campo, pisa el diamante del terreno y mira al estadio lleno, —revela— su mente aparta todas las adversidades y se distrae. Es feliz. Es el deporte que ama, aunque siempre lo ve desde el arbitraje.
—¿Qué jugada es más bonita para usted, un jonrón con bases llenas o un triple play?
—Ah, un jonrón, porque son cuatro carreras y listo, fácil. ¡Un triple play es mucho trabajo para mí y mis colegas! (y suelta una carcajada).


