El placer de ser viejo

A medida que se avanza en la vejez, ancianidad, senectud, longevidad, tercera edad, adultez mayor, como quiera usted llamar al hecho de haber completado el ciclo natural de vida y estar viviendo esta retadora y difícil etapa final, tendemos a afrontar sentimientos y realidades contrapuestas.

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A medida que se avanza en la vejez, ancianidad, senectud, longevidad, tercera edad, adultez mayor, como quiera usted llamar al hecho de haber completado el ciclo natural de vida y estar viviendo esta retadora y difícil etapa final, tendemos a afrontar sentimientos y realidades contrapuestas. Por un lado la satisfacción de una larga vida, por el otro, la inseguridad que genera la disminución de las capacidades vitales, la inexorable emergencia de las enfermedades con su cauda de dolor y costos, la certidumbre de una muerte que se ve en un horizonte cercano, la muerte de seres queridos y amigos, la desaparición generacional del mundo que hemos conocido, pérdida del protagonismo en la construcción y operación del entorno que pasa a otros actores… parecería que la contradicción se resuelve por el pesimismo. Algunos, se lamentan y preguntan: Si ya no soy lo que era antes, ¿larga vida para qué? En cambio, otros, a los cuales me sumo, piensan: Hay que vivir con la mayor plenitud posible, no añorar lo imposible, sino realizar lo viable. No conformismo, sino realismo integrador.

¿Hay alguien que se quiera morir? Estadísticas globales indican que la tasa de suicidio en ancianos, alcanza un 9.2 por ciento de la mortalidad total en los mayores de 65 años, este porcentaje es casi el mismo que el de los jóvenes de entre 15 y 29 años que presentan una tasa de 8.9 por ciento. La principal causa del suicidio entre los jóvenes sería la tensión derivada de lograr el éxito en la vida adulta; para los ancianos, las angustias derivadas de las pérdidas señaladas en el párrafo anterior. Llama la atención, que el cambio de etapa de vida con las exigencias que conlleva, parecen ser, independiente de la edad, la principal razón para el suicidio. Otro dato curioso es que el 90 por ciento de los viejos suicidas son varones; veremos a futuro si con los cambios de enfoques y roles de género a que estamos asistiendo, estas tasas entre hombres y mujeres tenderán a nivelarse. También causales importantes son las enfermedades crónicas, terminales, incapacitantes y dolorosas, situación que ha dado pie a un debate sobre la legitimidad de la eutanasia; pero incluso estas duras situaciones son circunstancias en que muchos se crecen y dan lo mejor de sí.

Volviendo al tema, vemos entonces que la inmensa mayoría de los viejos avanzan su ancianidad manejando con éxito sus crecientes limitaciones, o sea mantienen sus ganas de vivir en promedios semejantes a los grupos de edad más jóvenes. El triunfo de la vida en todas las etapas del ciclo vital.

Estos datos y la experiencia personal me indican que sí, hay un placer de vivir en la vejez, hay ganas de vivir. ¿Cómo lograr el placer en la vejez? Erikson, un conocido sicólogo social investigador del ciclo de vida, postula que lo importante es lograr la integración personal, es decir, en primer lugar reconocer y ser conscientes de la etapa de la vida que estamos viviendo, sus posibilidades y limitaciones, enfocarnos en nuestro éxito vital con el solo hecho de haber logrado llegar a viejos, estar orgullosos de lo que hemos realizado y no concentrarnos en rumiar lo que no alcanzamos, y sobre todo actuar en lo que podemos, explorar nuevas posibilidades a nuestro alcance, mantener una vida social activa en la comunidad y en la familia. Y si, es legítimo también mantener una vida sexual.

O dicho en los versos del poeta modernista mexicano, Amado Nervo:

“Porque veo al final de mi rudo camino/ que yo fui el arquitecto de mi propio destino; /que si extraje las mieles o la hiel de las cosas, / fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas: /¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!”

(En Paz, fragmentos)

Así que, a disfrutar a plenitud de la vejez.

El autor es psicólogo Social.

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