Poesía de Eugenia Toledo Renner

Bienaventurada la jaula de las distancias. Bienaventuradas nuestras ausencias y aflicciones. Bienaventurado el camino lleno de obstáculos. Bienaventurada la cordillera de Los Andes. Bienaventurados los terremotos y la polución. Bienaventuradas las injusticias y la corrupción. Bienaventurada la burocracia.

Las 13 bienaventuranzas

(Tras el poema “Prayer at Winter Solstice” por Dana Gioia)

Bienaventurada la jaula de las distancias.
Bienaventuradas nuestras ausencias y aflicciones.
Bienaventurado el camino lleno de obstáculos.
Bienaventurada la cordillera de Los Andes.
Bienaventurados los terremotos y la polución.
Bienaventuradas las injusticias y la corrupción.
Bienaventurada la burocracia.
Bienaventurada la ceguera que nos rodea.
Bienaventurado el cáncer que nos enseña dignidad.
Bienaventuradas las noches frías del que duerme sin casa.
Bienaventurados los desaparecidos de la vida y la muerte.
Bienaventurado el consumismo y la tecnología.
Bienaventurada la crueldad con que se ultraja a los animales.

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Se acaban hasta cuando se acaban

I

Tú como tantas otras
no consultaste ningún oráculo
ni estudiaste los mapas y los caminos
las palmas de tus manos
ni las luces del universo
ni viste adónde conducen y a qué
volver y volveré.
Tú como otras antes
no cuestionaste las estrellas
que se aplastaron contra el suelo
no viste si dejaron huella
tampoco indagaste
si los viajes son un tránsito
donde las cosas no siempre resultan
pero acaban hasta cuando se acaban.

II

Una vez en la calle, con los zapatos en la mano
cuando el mundo es una lavandería: lavado secado planchado
barremos los sueños de una infancia encadenada
y hablamos lo más elegantemente que podemos nuestro lenguaje
total
quién va a saber que las cosas nombradas hoy
formas magnéticas
las hemos llamado ayer de otra manera.

Home

Se ve mi casa desde lejos frente al mar
oxidados los hierros de sus ventanas
con la sal y el viento que bosteza
casa donde me esperan los míos y Maya
alas y hielo eterno serán uno en ella
el bote escucha sus pasos en el agua
y yo escucharé su pulso en las piezas
este es un verdadero regalo
mi paz y mi muerte serán uno
mi corazón boga con ella
vivimos juntas en el mundo
en su cofre he guardado todo
yo la escucho y
somos uno.

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Caleta Tubul, Chile

(A David Keyser)

Cuando los pimpollos comenzaron a abrir o
las primeras rosas tomaron la forma de una copa
y las lluvias fuertes amainaron en Seattle,
era abril y tú ibas en un tren en India
con un calor encendido, mirando el gentío
y los colores, afuera de la ventana, que te enceguecían,
aferrado a las maletas y tus dibujos de ingeniero,
escuchabas la persistencia de las ruedas sobre los rieles,
es julio y vas manejando un auto por un camino de tierra en Arauco, Chile,
y las percusiones de los neumáticos te traen visiones a la memoria
que ni las gotas en el parabrisas, tango de temporales,
pueden vaporizar ni destejer los caminos, las distancias, los planos.

La ciudad

La pobre luz que te alumbra apenas en invierno,
velos lánguidos sobre el techo de la Araucanía,
junto a tus calles no tan derechas,
pero extendidas de barro y perros vagos.
Ciudad de mentiras. El gris mojado devora tu cielo.
No duermas más sobre tu incoherencia
en la cama agrietada
de tu corriente sanguínea sin identidad.
No enmudezcas la memoria,
ni el sabor de tus membrillos,
ni las anegaciones de tu río y
la aurora fresca, el atardecer derretido,
no te quedes ciega de bosques,
ni de cardos ni copihues,
desperézate, desnómbrate y renómbrate.

Cambio de aire

Qué espacios vacíos dejaron sus guantes
qué hoyos en los codos de sus suéteres
qué tamaño de huellas calzaban
qué palabras buenas hablaron una vez sus bocas
qué detalle invisible dejó volando por ahí
qué humus quedó atrás de sus cuerpos
qué ausencias sin edad qué olvido
qué carencias que todavía no se descubren
¿qué se puede hacer?
que no se caiga la oculta levadura
que no se vayan las golondrinas
que no se seque el río
ni baje el nivel de las aguas
que no deje de crecer el pasto
ni los árboles ni la respiración de sus hojas
que el buen aire llegue a las ventanas
que abriremos de golpe para que entre
con el viento de los notros cada nueva mañana.

Cuento01

Kafka, Neruda, el padre, coincidencias

(Basado en la Carta al padre de Franz Kafka y el libro El
soñador de Pam Muñoz Ryan sobre la infancia de Neruda)

Me siento muy cerca a ellos,
me pregunto si fueron tímidos entonces,
como parpadeos de conejos detrás de un arbusto.

Kafka inseguro, Neruda rebelde,
Kafka huraño y exiliado al silencio,
ambos castigados severamente, se dedicaron
aún más a la profesión sospechosa.
Ambos exploraron en su época el mundo
desde adentro o desde afuera.
Kafka con un padre dueño de negocios y fábrica,
Neruda con un padre capitán de ferrocarriles.

(Cuando Kafka entregó uno de sus libros publicados
a su padre, él mientras jugaba a los naipes, sin siquiera
mirarlo le indicó: “¡Déjalo sobre la mesa de luz!”
Cuando Neruda emprende su primer intento poético
lee a sus padres un poema dedicado a la madrastra y
el comentario del padre fue “¿Adónde copiaste eso?”)

Uno entendió que “la vida no es un rompecabezas”
e hizo de sus obras un complicado crucigrama
y el otro escribió una cordillera y la extendió por los mapas.
Ambos en una altura donde no había oxígeno,
cantaron de una a otra orilla,
liberando las palabras de sus jaulas.
Nos quedan sus escritos.
A bordo de una botella de náufragos sigo sus pasos.
Chispas diminutas que el fuego hizo inmensas.
Y yo caliento mis letras a las orillas de su hoguera.
Aprendí como ellos.

Poemas De: Casa de máquinas.

 

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