La tragedia inconclusa

Decimos que impresiona pero no sorprende la crueldad de esos asesinatos políticos, porque como dice el filósofo argentino Marcos Aguinis el impulso de destrucción e inhumanidad “tiene un firme asiento en el alma.

La “toma de Caracas”

Los relatos sobre la extrema crueldad con la que fue asesinado el líder de los alzados en armas, Enrique Aguinaga Castrillo, alias “comandante Invisible”, es impresionante pero no sorprendente. Y lo mismo se puede decir del asesinato también atroz y ocurrido 15 días antes, de Andrés Cerrato, promotor de paz y activista del opositor Partido Liberal Independiente (PLI).

Decimos que impresiona pero no sorprende la crueldad de esos asesinatos políticos, porque como dice el filósofo argentino Marcos Aguinis el impulso de destrucción e inhumanidad “tiene un firme asiento en el alma. Procede —dice Aguinis— de instintos agresivos que rompen sus límites de contención bajo diferentes excusas. Tanto la psicología como la antropología demuestran que en el ser humano habitan tendencias destructivas que pueden superar a las de los otros seres vivos. No es falsa la aseveración de que el hombre puede ser más cruel que los lobos”.

Otros investigadores de la conducta humana en el curso de los acontecimientos históricos, explican que la crueldad que yace en el fondo del alma de los hombres emerge fácilmente en situaciones de guerra o de violencia en cualquiera de sus formas.

En Nicaragua, los revolucionarios demócratas que se sublevaban contra la dictadura somocista en su primera etapa, y después los revolucionarios sandinistas, eran reprimidos con saña por la Guardia Nacional. Algunos guerrilleros del FSLN capturados por la Guardia, y los campesinos que los apoyaban —o los acusaban de ayudarles—, eran sometidos a crueles tormentos antes de matarlos. Y el somocismo los calificaba como “delincuentes”, igual que el régimen orteguista califica ahora a los alzados en armas, como si con eso se pudiera justificar los asesinatos y las ejecuciones extrajudiciales.

La violencia política ha sido en la historia de Nicaragua una verdadera tragedia humana, social y nacional, que pareciera no tener fin. No dejó de ocurrir ni siquiera en el período de paz relativa y democracia precaria que siguió a la dictadura sandinista de los años noventa, pues a pesar de los acuerdos para la reconciliación nacional decenas de líderes de la Contra fueron asesinados.

Nadie tiene —o no debería tener— derecho ni poder para matar a otras personas y mucho menos por causas políticas. Después de tanto sufrimiento causado por las dictaduras de uno y otro signo ideológico esto ya no debería seguir ocurriendo en Nicaragua.

Enrique Aguinaga, el “comandante Invisible”, antes de que lo asesinaran explicó en un mensaje público grabado que él y sus compañeros se habían alzado en armas contra el Gobierno, porque no hay elecciones libres y limpias. Es conmovedor. Tanta sangre que se ha derramado en la historia nacional porque no se respeta ese derecho básico de los ciudadanos y todavía se sigue segando vidas humanas por la misma causa.