Perfil sobre Fabio

Me refiero a Fabio sin el don que pinta de blanco la superficie estelar de la cabeza. La venia del tiempo me libera del trámite de llamarle señor.

Me refiero a Fabio sin el don que pinta de blanco la superficie estelar de la cabeza. La venia del tiempo me libera del trámite de llamarle señor. Lo conocí como colega desde que se irguió la farándula teatral con disciplina nocturna en la Voz de la América Central hace calculados cincuenta años. Antes habíamos dejado los aleros pedagógicos del Instituto Nacional de Occidente sin prever que cada uno de los egresados posteriormente tomaría el rumbo del micrófono en la naciente juventud. La algarabía en primavera exaltaba los coloridos dibujos del humor, del teatro en vivo en el cual se presentaban las estrellas. Fabio se disparaba como el típico maestro de ceremonias, tímido y con los síntomas de una voz grave que nunca perdió la posibilidad de atiplarse. La luce aún con la carga frontal de 84 años que sintetizan la plural entrega a la comunicación y ya en la recta madura, a la política. Fabio y yo desaparecimos como novatos en la Voz de la América Central. De sopetón nos juntamos en Radio Mundial, la catedral del arte, el templo también de la política que desempeñó con holgura en las cumbres de la dignidad, víctima de la tiranía somocista, herida por los puñales de la Nicolasa Sevilla, sancionada por las multas infladas en miles, por los cierres arbitrarios. Y casualidades de la vida, sin haberlo presentido fuimos narradores del cuadro dramático de Radio Mundial en novelas como El Derecho de Nacer transmitida en dos versiones y en tiempos diferentes. Hizo de locutor, de periodista en La Prensa en el aire que él fundó en compañía de Francisco Ruiz Zapata, hizo de publicista al lado de Pepe Barrantes, auxiliados los dos por la generosidad mecánica de una “moto”. Compartió con fray Narciso de Arenis un programa que el capuchino promocionó para ser la piedra inaugural de lo que posteriormente se llamó Radio Católica.

La mirada tuvo un buen pulso. Fabio de animador religioso se convirtió en gerente de la comunicadora. En el transcurso de tantos avatares supo tallar en efigie campesina el talante de Pancho Madrigal, humanamente representado por Rodolfo Arana Sándigo (Tío Popo), el dios de la niñez y de la ruralidad folclórica. Y de toda esa creación el amigo hizo consonancia protagónica con un concurso llamado Los portales de la suerte, al lado de los mismos socios con los cuales fundó Radio Corporación. El brinco en lo trágico fue espectacular: de la danza infernal de la tierra en 1972 a la neurosis política “revolucionaria” de 1979. A partir de entonces vi a Fabio en compañía de Francisco Carranza Chamorro en una estancia rural despidiéndose de Nicaragua para luego volver. Lo demás ya no lo puedo puntualizar en detalles. Las gotas empaparon de hiel al destino.

Lo que sí asevero es que con el transcurrir del tiempo aquel Fabio con el apoyo de su medio de comunicación se convirtió en un líder indispensable en ese momento hasta que por decisión propia decidió renunciar. No quisiera emitir ninguna opinión sobre la posición asumida. Solo recordarlo como el amigo que fue —respetuoso y prudente— en aquellos tiempos inolvidables ansiosos de superación. Honra a la radiodifusión tener vigente a un valor que salió de las entrañas de la extroversión pública para convertirse en la opción más sólida y estimada de la unidad opositora.

El autor es periodista.

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