¡Si Dios creó el universo!, ¿quién creó a Dios? Nos preguntamos cuando nos sumergimos en letargos existenciales, o por qué no decirlo, ateos. Pero, ¿qué lógica tendría la existencia de un dios creado? Aunque si así fuera, cuestionáramos: Y al “creador” de Dios, ¿quién lo creó?, y se repetiría la misma pregunta hasta nunca culminar.
Y no es que sea un apologético religioso, ya que cuando me refiero a Dios no es al de los griegos, egipcios, judíos, cristianos, romanos, etc., sino a ese mega arquitecto que diseñó la tierra sobre el vacío; al Dios einstiano. Una deidad incaracterizable, el cual no existiendo tiempo —comprendido como la magnitud física en la que se transforma la materia— espacio, oscuridad, silencio, e incluso la nada, pudo manifestarse. Ese ser que tuvo una razón más que una causa para formar la “bola incandescente”, de la que nos habla Darwin, para que explotase y formase el universo, entelequia (desde el punto aristotélico) del Big Bang.
Sin embargo, el hombre ha imaginado y representado a Dios de distintas formas, figuras ante las cuales luego se inclina. Curiosamente, al hacer un análisis de estas creaciones confirmo lo dicho por Feuerbach: “Toda religión es una antropología”, ya que los dioses inventados no son más que cosmovisiones culturales del ser humano: Si en Europa le preguntásemos a cualquier ciudadano ¿cómo es Dios?, responderá que “lo cree” alto, blanco, conquistador, fuerte, el rey del mundo, inteligente, etc. Observaremos que todas estas características no son, sino descripciones del fenotipo de un europeo. Ahora, si se le preguntase a un judío ¿cómo es Dios?, dirá que tiene una cara lisa, un poco alargada, fuerte, celoso, genocida —como Jehová—, bueno a la guerra, entre otras particularidades que son meramente del hombre oriental. Es más, si los gatos pudieran hablar y se les preguntase, dirían que tiene orejas puntiagudas, dice miau, posee garras, caza, es manso, se la pasa durmiendo, en sí como todo un gato.
Pero, ¿cómo es posible describir lo incognoscible, aquello que jamás se ha visto, que posiblemente esté más allá del límite de la muerte? ¡Es a través de la fe! —me dirán algunos. Y, ¿qué es la fe? ¡Certeza de las cosas que no son como que fueran! —afirmarán otros. ¡Momento! Veamos. “Yo creo”, ¿qué pasa con este verbo (“creer”)? Se ha asociado a un conocimiento firme, cuando creer es exactamente lo contrario. Uno cree en aquello que no sabe, en aquello frente a lo cual no tiene certeza, ya que si se tiene certeza no se cree, se sabe.
Por eso, Nietzsche en un fascículo de La Gaia Ciencia culpa al hombre, mediante un fabuloso aforismo filosófico, del asesinato de Dios, el que realizó al inicio de la historia, cuando al no poder responder dudas acerca del cosmos, atribuyó a un dios/es los vacíos cognitivos, imaginándoselo y formándolo con elementos de la naturaleza, como los egipcios, que adoraban dioses con cabeza de animales y cuerpo de humanos; los griegos, que veneraban deidades humanas casi perfectas, etc. Allí el hombre vació a Dios de su esencia y lo fundamentó a través de la religión. Lo mutiló de su divinidad y lo formó a su imagen y semejanza. “¿Cómo hemos podido vaciar el mar?”, —pregunta el alemán—. ¿Acaso que al momento de vaciar el mar este no deja de ser? ¿Se le puede seguir llamando mar? Obviamente no. Entonces, ¿cómo se le podría seguir llamando Dios a un ser vaciado de su esencia?
El autor es Filólogo y Comunicador