El efecto en las encuestas

Apelo a la afirmación categórica y eminente del cardenal Leopoldo Brenes. Ha dicho en una descripción ajena a la dualidad “que las encuestas no son la palabra de Dios”

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Apelo a la afirmación categórica y eminente del cardenal Leopoldo Brenes. Ha dicho en una descripción ajena a la dualidad “que las encuestas no son la palabra de Dios”. Esa definición orienta y pone en su lugar a la especulación para entender que cualquier versión —en voz y en papel— sobre estrategias acomodadas, son el eco de la tierra y no el fruto eterno de la deidad. El efecto breve de una emanación.

Ejecutivos de ventas en el mercadeo moderno, basado en la investigación a través de la consulta no pocas veces en convivencia con determinados intereses, saltan los muros de la profecía para persuadir a la ingenuidad en el sentido de que el sistema de la encuesta se asemeja a una fotografía de la población aunque se tomen fragmentos del “flash” adjudicándose a eso la estabilidad del rostro que no cambia cuando lo que se expresa es el criterio del abordado sin ninguna garantía de que sea sincero en su posición en el momento crucial de desnudar sus simpatías ante las urnas.

Y así en el desenlace de la exploración una estrella con dominio del “80 por ciento” aparece en el firmamento de la popularidad: Daniel Ortega.

Los expertos dan como un hecho representativo el efecto de una reunión de opinantes en proporción global a la de los nicaragüenses. Una muestra de mil doscientos o mil quinientos consultados es suficiente para obtener semejante acreditación, acompañada la cifra por “un margen de error” para escapar del desacierto.

Se puede anotar en la factible maniobrabilidad el peso político olfateado de un sector de la población, barrio o municipio, la capacidad de influencia que tienen en sitios donde haya preferencia partidaria susceptible de ser estratégicamente seleccionada. Puede figurarse entre otros factores la pusilanimidad emotiva del paciente o la transgresión que se haga del parto de la incógnita. Las encuestas siendo objeto de la referencia, del cálculo, de la aproximación, no pueden consagrarse en el altar de la verdad plena como la que está esculpida en las páginas imperecederas de la biblia. Desde luego uno no debe ser incrédulo con el sistema de las encuestas, pero una cosa es padecer de ceguera y otra es digerir la lógica aplicación en obediencia a la veracidad, a la objetividad y otros requisitos circundantes. Menudean las consultas coyunturales con sabor y olor a campaña electoral, es el momento propicio para abrir las cortinas del teatro político, del escenario en cruda competitividad: correas de fácil transmisión en la creencia de que son la síntesis inequívoca del panorama. Bien que digan “según la encuesta” señalada la cifra de los participantes en la opinión, pero que no se pronuncien en nombre de la palpitación nacional. El verbo debe suponer, conjugarlo a tono con la posición del indagado en la esquina donde se esparció su voz sin la mínima incitación.

El señor Raúl Obregón en representación de su feudo ha resultado ser la fuente más apetecida de los medios de comunicación para informar sobre los resultados de la última sensacional novedad. Se expresa eufórico y vertical como si fuese el “dios de turno” de la claridad meridiana, como si fuese “la palabra de Dios”. Bien puede leerse en el fondo de la pizarra diocesana aquella frase: “Las encuestas las ganan los que las pagan”. Los recursos y el poder las legitiman.

El autor es periodista.

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