El magistrado de la Corte Suprema de Justicia, Francisco Rosales, criticó el miércoles a la Conferencia Episcopal y en particular al obispo auxiliar de Managua, monseñor Silvio Báez, porque según él tienen un “sesgo político” y demuestran que “sí son políticos” (los obispos).
El magistrado Rosales dice que monseñor Báez “hace actividad política” cuando critica el fallo de la Sala Constitucional que de hecho ha reducido el régimen político de este país al de partido único, sistema que Ortega alabó durante una entrevista en Cuba recién regresó al poder en 2007.
Creo que un error que hemos cometido los nicaragüenses es pensar que la participación en política es algo tóxico y propio de zánganos y vividores, cuando en realidad es al contrario.
Tener una opinión política, cuando el concepto de política es la búsqueda del bien común, es un derecho ciudadano; y expresar esa opinión en tiempos en que ese bien común se ve amenazado —como ahora— es un deber ciudadano.
No hace mal la Conferencia Episcopal ni monseñor Báez, ni ninguna persona —natural o jurídica— en tener y expresar una posición política, ni siquiera es malo tener una posición partidaria si se ejerce con ética, responsabilidad y transparencia.
El problema es que nos hemos metido en la cabeza que adoptar una posición que coincida con la de un político nos mancha (o peor aún, que no es conveniente).
Pero no es así. El ciudadano debe adoptar posiciones políticas claras y tener la suficiente convicción para defenderlas dentro de un actuar ético. Y para eso debemos estar claros que la verdad, o el bien común, no necesariamente está en el punto medio entre dos posiciones.
La verdad puede mostrar un “sesgo” o inclinación y no por eso se falta a la ética. Es más, quien se cuida de mantenerse en el “centro”, en el punto “neutro” de un debate en la mayoría de los casos no está tomando una posición “imparcial” o “inmaculada” como está de moda pensar. La verdad que con mucha frecuencia esa posición es más bien pusilánime.
Esa imagen de que un “ciudadano respetable” no tiene opinión política, o peor aún, que no puede tener una posición partidaria, ha sido alimentada por funcionarios que durante décadas han vivido del erario.
La forma en que han operado es esta: cuando un ciudadano, sea un religioso, un empresario, un trabajador, un desempleado o un estudiante expresa una posición política contraria a la del funcionario, este por lo general lo descalifica diciendo que “si quiere opinar que forme su partido político”.
Pero la realidad es que la característica principal del ciudadano, si se precia de serlo, es tener una opinión, una posición y una acción en los temas que afectan a su comunidad y a su país. Y eso lo puede hacer el ciudadano individualmente, desde una posición gremial, sindical, estudiantil, religiosa y si le viene en gana desde un partido político.
Para descalificar a los obispos, el magistrado Rosales recurre al pueril argumento que la Iglesia es una institución “antidemocrática por excelencia”, como que si la naturaleza de toda institución es ser democrática. Eso es tan absurdo como pedirle a la Corte Suprema que falle de manera “democrática” y no apegada a las leyes y al debido proceso. Es peor la desfachatez cuando la Corte Suprema a la que Rosales pertenece no falla democráticamente —pues no es su naturaleza— pero tampoco apegada a derecho, como es su deber.
Finalmente, el magistrado Rosales pretende hacer gala de sus doctos conocimientos al recordar que la Iglesia “ya no unge al gobernante desde que el Estado moderno y la República pusieron fin a la monarquía” (monarquía absoluta supongo que quiso decir).
Pero el doctor Rosales queda mal, porque en este caso no es la Iglesia sino la Corte que él integra la que está al servicio de quien ha impuesto el absolutismo y ha abolido la República.
En resumen, la participación activa en política —incluso en política partidaria— no debe ser motivo de vergüenza siempre que busque la verdad, el bien común y el progreso de la gente.
Censurable es la mal llamada “habilidad” que tienen algunos de vivir del erario por décadas, cambiando de posición como cambiar de traje, según les convenga y a expensas de su comunidad o su sociedad.
@guayoperiodista
