Tacho Somoza y su poder o la relación entre literatura e historia

El libro de Jorge Eduardo Arellano, Tacho y su poder (1933-1956), si bien es de género histórico, nos proporciona información importante sobre la relación contemporánea entre historia y literatura.

LAPRENSA/ARCHIVO

El libro de Jorge Eduardo Arellano, Tacho y su poder (1933-1956), si bien es de género histórico, nos proporciona información importante sobre la relación contemporánea entre historia y literatura. Dos estudios sobre la época le anteceden: la obra de Knut Walter, The regime of Anastasio Somoza, 1936-1956 y las puntualizaciones económicas de Oscar-René Vargas. También agradece dos fuentes de inspiración: la perspectiva internacional de los hechos de Aldo Díaz Lacayo y el ensayo Cultura política nicaragüense de Emilio Álvarez Montalván (1919-2014).

Este último fundamental para su visión contemporánea. Arellano enfatiza al individuo y la cultura como agentes de cambio. Su práctica historiográfica se apega a la teoría de Foucault y sus discípulos, denominada el nuevo historicismo, que relaciona los cambios del discurso con los cambios de poder, entiende las convenciones lingüísticas empleadas por el autor y a partir del texto producido se puede establecer el momento particular que lo originó, lo que permite utilizar la literatura como narrativa ficcional y como fuente histórica.

La inclusión en su bibliografía de dos novelas fundamentales que describen la época somocista dan cuenta de ello: Cárcel criolla de Hernán Robleto (1955) y La cobra de Agenor Argüello (1958). Su acierto es tratar a las fuentes históricas como textos y convertir las fuentes literarias en fuentes históricas.

MOSTRAR TODAS LAS CARTAS

Consciente de que no se puede representar la verdad histórica en forma objetiva, verídica y lineal, una nueva estrategia asoma desde la primera página, Arellano la denomina “la apoliticidad de la inteligencia”. Se trata de un válido intento por mostrar todas las cartas: enseñar la pluralidad de los hechos y la pluralidad de sus interpretaciones; colocar los acontecimientos con su luz y su sombra.

Así, “la ejecución de Somoza García fue considerada por sus enemigos como un ajusticiamiento y una necesidad histórica, pero sus partidarios creyeron que Rigoberto había perpetrado un asesinato” .

Asimismo, Arellano deja al descubierto que, a pesar de ser un gobierno de élite, el fenómeno populista lo lleva a la inclusión de las clases bajas, base en apoyo al régimen, pero también estas clases desposeídas permean el somocismo. La extinción del Partido de los Trabajadores y coaptación del Movimiento Obrero lo involucra en reformas y hasta en trabajo de género.

Se menciona a las intelectuales del ala liberal femenina, antes marginadas por su condición, logran el derecho al voto y asistir a la universidad a cambio de apoyo a Somoza. Sin embargo, no hay que olvidar a las mujeres de clase baja, las denominadas turbas nicolasianas, prostitutas lideradas por “La Nicolasa” Sevilla.

Por otro lado, sin la explicación de la época dorada del capitalismo y el crecimiento de todas las economías después de la Segunda Guerra Mundial, incluyendo las centroamericanas, el milagro económico parece surgir de las manos de Somoza García, una luz en demasía.

A pesar de esta escasez de sombra en algunos lugares, la propuesta de Arellano debe considerarse seriamente en el sentido de dar prioridad a la explicación del argumento formal por medio de la transcripción de fuentes primarias e históricas de la época, reducir la explicación por implicación ideológica desde el autor y dar paso a un texto que genere en el lector un pensamiento y una elección propia.

El autor atiende al llamado urgente de la narrativa en donde la organización es descriptiva más que analítica. De esta forma trata tanto lo particular como lo colectivo: lo estadístico, lo político, lo económico, lo social y lo cultural.

DEL EVENTO A LA CCONSTRUCCIÓNDE LA HISTORIA

La transformación del evento en historia creíble es la medida del éxito y no hay duda de que Arellano lo ha logrado, constituyendo su mayor logro historiográfico. Un solo desacierto se sale de todo contexto en el libro: la propuesta de lectura de un Rigoberto cuya hazaña de ajusticiar a Somoza está inspirada por la expiación de culpa de su condición homosexual.

No hay que olvidar que este pensamiento reivindicativo o “expiatorio” nace del fenómeno político gay que surge en Estados Unidos hasta 1960 y llega a Nicaragua tardíamente. A pesar de la preferencia sexual de Rigoberto, no se puede inscribir en la imaginación de un individuo lo que todavía no es posible desde su época o comunidad imaginada. Su lucha es libertaria, antidictatorial.

El libro parece responder a la pregunta si puede existir progreso en una dictadura: la obra responde positivamente, también narra la violación de los derechos humanos, la corrupción, los encarcelamientos, los asesinatos, la enajenación o pérdida de la libertad y del derecho inalienable de elegir a un gobernante.

Finalmente la obra de Arellano me recuerda a Andrés Pérez Sepúlveda y su doble lectura: La relación entre la historia y la literatura es una (con)fusión para (re)presentar la experiencia (des)humana.

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