La muerte de un héroe

“Me inclino reverente ante vos y te rindo el mejor tributo de admiración y respeto. En la época más dura de la guerra civil de Nicaragua, segundo semestre de 1984, el estudiante universitario Roberto Sarria Icaza, 20 años, que había sido alumno de secundaria del Instituto Manuel Ignacio Lacayo Terán y del Colegio Calasanz de […]

LAPRENSA/THINKSTOCK

“Me inclino reverente ante vos y te rindo el mejor tributo de admiración y respeto.

En la época más dura de la guerra civil de Nicaragua, segundo semestre de 1984, el estudiante universitario Roberto Sarria Icaza, 20 años, que había sido alumno de secundaria del Instituto Manuel Ignacio Lacayo Terán y del Colegio Calasanz de León y de Managua, se encontraba acantonado en Mulukukú, junto con sus compañeros del pelotón de ligero-cazadores de la escuadra Julio Buitrago.

Habían tenido poca acción militar, labores casi rutinarias de vigilancia diaria, una que otra salida a recorrer el breve vecindario para constatar y asegurarse que los enemigos, es decir, la Contra, no habían hecho incursión todavía cerca de las bases militares.

Roberto, nacido el 24 de marzo de 1964 era un muchacho de origen conocidamente burgués, aunque sin gran fortuna. Su padre, Edgard, un abogado reciente, más aficionado a la burocracia bancaria y a las artes escénicas, que a los sofocantes juzgados había levantado un hogar digno y decoroso con Silvia, una querida dama de la aristocracia local. Habían logrado educar con éxito a cuatro ciudadanos, dos varones y dos mujercitas, siendo Roberto de los menores de esa prole.

Todos los hijos, como casi todos los jóvenes de esa generación estaban ofreciendo su apoyo a la causa revolucionaria, en especial si tenían formación religiosa, como los Sarria Icaza, familia católica de misa dominical y celebración de los ritos creyentes.

Metido de cabeza en el Servicio Militar y casi empujado por sus compañeros, más por anhelos espirituales, que por convicciones políticas, Roberto había recibido una mínima y deficiente formación castrense. La preparación era visiblemente muy poco adecuada para afrontar los riesgos inherentes a ese imprevisto oficio militar ajeno a sus elevadas aspiraciones de convertirse en médico, o sea, guardián de la salud de su pueblo.

Había hecho la Cruzada de Alfabetización en San Nicolás de Oriente y decían de él sus alumnos que era sencillo, disciplinado, humilde, entregado y de gran sensibilidad. Heredó de su padre la afición al teatro y en el colegio se inscribió en el movimiento cultural Leonel Rugama, participó en la fundación de la Asamblea de Artistas Aficionados, fue miembro del grupo de teatro Nicaraocallí, y fue parte del elenco de la Cantata a Rubén Darío.

En 1982 se fue a los cortes de café a la Sexta Región, luego se metió a la Reserva del alto mando militar y lo movilizaron por seis meses como experto en artillería antiaérea. Se desmovilizó en 1983 y de inmediato se inscribió en el Servicio Militar. Dijo

Roberto en carta a una de sus hermanas, ‘en cuanto me apunté, me sentí el joven más dichoso’. Asignado al BLI Santos López fue enviado al norte como artillero antiaéreo y se encontraba en Yalí sufriendo el intenso frío de esa alta región montañosa.

En las contiendas militares, es decir, en las guerras, los eventos brotan a veces, de la manera menos prevista y casi siempre sin aviso. Así fue, una mañana regresando de tomar un baño en el riachuelo cercano, con otros tres compañeros, escucharon y casi sintieron el sonido clásico de las balas que pasaban silbando sobre sus sorprendidas cabezas.

La Contra hacía su aparición de manera poco amistosa. Todos al suelo, a tomar posiciones y preparar sus fusiles para tratar de repeler la agresión. Así pasó la primera media hora sin mayores sorpresas, los disparos contrarios tampoco eran copiosos y no fue muy difícil mantener el intercambio.

Pero una sola bala maldita, escapada de un francotirador bastó para quitar la vida útil y sagrada de Roberto, murió peleando y defendiendo a su pueblo. Al recibir el disparo fatal para él todo había terminado.

Recogieron su cuerpo, lo cubrieron con parte de su misma ropa, lo llevaron a la base y fue transportado su cadáver a Managua donde está sepultado.
Silvia, su madre, escribió a Roberto una sentida carta en la eternidad, que dice así:

‘Negro lindo, de pronto te fuiste lejos, oculto en el misterio de la existencia del hombre, pero en mi alma siempre estarás presente llenando esta tu casa de alegría, color y fiesta. Sé que estás en el cielo, todavía desempacando tu mochila llena de amor y servicio.

Es bien duro, Roberto, mi dolor me quiebra a ratos, pero trato de ser fuerte y vivir la esperanza. Te recuerdo tierno, paciente, abnegado, sereno, estudioso, firme en tus decisiones, inclaudicable en tu lucha, humilde y justo como Cristo. Hiciste tu opción preferencia por los desposeídos y luchando por ellos llegaste hasta las últimas consecuencias.

Tu cristianismo comprometido no te permitió ser espectador de la injusticia y dolor de nuestros pueblos explotados y fuiste militante vanguardia de todas y cada una de las tareas que conducen a la dignificación de nuestra raza, nuestra sangre y nuestras conquistas.

Vivirás por siempre en nuestro suelo, en tu facultad, en tu grupo de teatro, en las fiestas que tanto animabas, entre tus hermanos de sangre y de lucha, muy dentro de tus padres y de todos los que te conocimos tu vida, siempre dedicada al servicio y querer a los demás.
Combatiente por amor, héroe de tu patria, hijo adorado, me inclino reverente ante vos y te rindo el mejor tributo de admiración y respeto.

Te beso con amor, tu mami’.

“Su carta no lleva fecha, posiblemente porque ya es eterna”, dice monseñor Pedro Casaldáliga, de Brasil, quien la reprodujo en un libro sobre una visita a Nicaragua.

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