A las seis de la mañana Sabina López, viuda, en su casa del vecindario del mercado Boer, bañada y vestida está lista para iniciar su escogida agenda laboral. Ha desayunada muy bien con una ración de frijolitos fritos, dos huevos revueltos, una tortilla tostada, cuatro onzas de queso fresco y una jícara de café negro caliente.
Madre de familia de varios cachorros laboriosos había sido la amante esposa del coronel Getulio Vanegas, hombre de empresas y político calificado en las filas del Partido Conservador, para ese entonces en la llanura. Se sabía que el general Chamorro, caudillo de ese Partido lo diferenciaba como uno de sus incondicionales seguidores, su casa era lo que se conocía en el barrio, en los meses de las elecciones, como Cantón conservador, o lugar donde se manejaba y dirigía la logística partidaria del barrio y alrededores.
Temprano de cada mañana, despuntando el alba, Sabina se había metido en la bolsa del delantal cuatro o cinco mil pesos en billetes de varias denominaciones, contaditos y asegurados con una gacilla o alfiler de gancho, lo que ella llamaba mi capital de trabajo. Acompañada de Filomena, sirvienta de confianza caminaban la poca distancia hasta el Boer donde tenía su clientela ya establecida, recorría callejón por callejón dentro del mercado y se detenía donde cada interesado que la esperaba.
Primer cliente, Tito Gutiérrez, vendedor de papas, tomates, ajos, cebollas y otros. -Buenos días, cómo amaneciste hoy Titó?, -bien niña Sabina, trabajando para ganarme los frijolitos del día. -Cuánto vas a necesitar? -Sólo quinientos. -Aquí están, espero que te vaya bien hoy, regreso después de las cuatro. Y la empleada Filomena, quien dicho sea de paso, apenas sabía leer y escribir, apuntaba en la libreta, 500 Tito Gutiérrez.
Cuatro minutos después otro cliente, Bayardo Cuadrado, vendedor de plátanos, 400, cinco tramos adelante se repetían escenas similares. En el tramo de las fruteras, con la Auxiliadora, a quien le desembolsaba trescientos. Y la secretaria asentaba, Chilo Salinas, 300. Seguía el de las carnes, un poco más alto, Adolfo Morales, 1400. Y el de los quesos, J. Carlos Ampié 350. El de los granos, Iván Selva, 600. El del azúcar, Eduardo Pérez su ahijado, 1200. Y así seguía la Sabina financiando plátanos, verduras, pollos, comiderías y otros, regando su capital de trabajo hasta ajustar los cuatro o cinco mil pesitos diarios, entre sus nueve o diez cliente del mercado Boer.
Terminaban como a las siete y media de la mañana, la Sabina todavía tenía tiempo para ir a golpearse el pecho y comulgar en la iglesia de San Antonio.
Al regresar, pasadas las cuatro de la tarde, la pareja hacía el mismo recorrido recogiendo el capital regado. Cada cliente solventaba el saldo más el diez por ciento valor del alquiler del dinero que hizo posible el negocio. La secretaria, Filomena ponía cancelado y anotaba el monto del alquiler percibido: Tito Gutiérrez 50 pesos en verduras. Bayardo, el de plátanos, 40. La Chilo pagó 30 por sus frutas, Adolfo Morales, carnes 140, Juan Carlos compró 35 para quesos. Selva 60 en granos. Chipiona Pérez pagó 120 a los de la azucarera. En fin, todos los clientes del Boer se retiraron satisfechos y agradecidos con Sabina quien les hizo posible un negocio productivo, sin firmar papeles, ni dar garantías, ni ofrecer fiadores, ni otros avales tan fastidiosos.
