Imaginemos por un minuto que mañana, al celebrar Ortega el aniversario de la revolución sandinista, en lugar de la multitud que suele llevar —empleados públicos, estudiantes entusiasmados por la algarabía, etc.— tuviesen en su lugar, recién salidos de sus sepulturas, los 20 o 30 mil combatientes que perecieron luchando por la revolución. Imaginémoslos vivos, aunque con sus ropas raídas, sus vendajes, sus huesos rotos y sus heridas. ¿Lo aplaudirían o abuchearían?
Conviene reflexionar sobre el tema. La revolución sandinista costó mucho. Muchas vidas. Mucho dolor. Muchos lutos. Mucha destrucción física, emigraciones masivas y otros costos que nunca podrán ser contabilizados. Si pudiesen volver a la vida las decenas de miles que la perdieron en la flor de su juventud, y vieran el panorama actual, ¿qué nos dirían? ¿Sentirían el consuelo de ver que el gigantesco sacrificio produjo la Nicaragua que anhelaban?, ¿o rabiarían decepcionados?
El respeto a quienes murieron en la lucha revolucionaria exige tratar de responder estas preguntas con honestidad. El primer paso para hacerlo es replantearse cuáles sus objetivos; pero no los de los dirigentes del FSLN, que eran secretamente comunistas, sino los que bullían en los millares de estudiantes y en la muchachada de los barrios, que un día empuñaron el fusil por una Nicaragua mejor.
Como ocurre en toda lucha social, sus aspiraciones no eran homogéneas; a unos los movía más el resentimiento y a otros el altruismo. Tampoco eran iguales sus ideologías —en general poco elaboradas. Pero salvando las diferencias puede hablarse de un conjunto de aspiraciones básicas que, con distintos grados de intensidad, compartía la inmensa mayoría—.
Una de ellas era la búsqueda de un gobierno que no estuviese al servicio de una familia sino de todo el pueblo. El resorte dominante de la rebelión era el antisomocismo. Los combatientes podían tener ideas vagas e imprecisas sobre el tipo de gobierno que debía sustituirlo, pero eran unánimes y tajantes en conceptuar al régimen como algo malvado o intolerable. Entre los rasgos más odiosos que le atribuían sobresalían su talante dictatorial, el uso del poder para enriquecer la camarilla gobernante, y el afán de perpetuarse en el mismo recurriendo a golpes, manipulaciones constitucionales, trampas electorales y represión.
Como reacción al somocismo, la mayoría de los alzados asumió ideales de signo contrario. No eran estos muy precisos o específicos, pero puede decirse con justicia que apuntaban a la consecución de una Nicaragua democrática donde hubiese alternabilidad en el poder, cero corrupción, y plena libertad para manifestar, sin temores o presiones, sus preferencias políticas y electorales. También solían coincidir, aunque con más matices, en el anhelo de una justicia social que acabase con las grandes desigualdades sociales y los privilegios, y mejorase los ingresos y educación de las mayorías pobres.
Podrían añadirse otras aspiraciones. Una tarea interesante para los estudiantes de secundaria sería revivir la lista de los objetivos del pueblo rebelde del 1979. Luego habría que completar el ejercicio evaluando la medida en que se han cumplido: ¿Responde la Nicaragua actual a las aspiraciones de los héroes y mártires de la revolución? ¿Se ha logrado en lo político y en lo social, un modelo nuevo, democrático, libre de los vicios del somocismo? ¿Terminó el abuso del poder? ¿Tienen los pobres de hoy mejores oportunidades de prosperar que los de 1978? ¿Hay menos brecha entre ricos y pobres?
Comparar objetivos con resultados permitiría saber qué tanto valió la pena la inmensa cuota de sacrificios que implicó la revolución. Igual permitiría imaginar, con propiedad, si hoy los resucitados aplaudirían o abuchearían.
El autor fue ministro de Educación en el gobierno de doña Violeta Barrios de Chamorro.
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