El tema de la abstención electoral se ha puesto en el centro del interés público, en Nicaragua, después de que la principal fuerza de oposición (el PLI que era presidido por Eduardo Montealegre, y sus aliados de la Coalición Nacional por la Democracia) fue despojada de su derecho a participar en las votaciones que tendrán lugar el 6 de noviembre de este año.
Casi 800 mil ciudadanos votaron por ese PLI y sus aliados en 2011, según el Consejo Supremo Electoral, que les reconoció 27 diputados y los instituyó legalmente como la segunda fuerza política del país y la primera de la oposición. A esa gran cantidad de ciudadanos el régimen orteguista la ha dejado sin opción electoral.
En realidad, al negársele a la principal fuerza opositora el derecho de participar en las elecciones, ¿qué opción le puede quedar a sus partidarios que ya tenían la intención o la decisión de votar por Luis Callejas para presidente y Violeta Granera para vicepresidenta de Nicaragua?
Hay quienes alegan que el hecho de que un partido o alianza sea excluido de la contienda electoral, no significa que no haya por quién votar. Allí están los otros partidos —dicen— para que los ciudadanos voten por ellos y ejerzan su derecho al sufragio. Sin embargo, aún suponiendo que algunos de esos otros partidos son de oposición, como dicen sus representantes, por ninguna razón se puede obligar a que voten por ellos, a aquellos ciudadanos que no son sus partidarios y que más bien dudan, cuando menos, de su autenticidad opositora.
Además, ¿qué elecciones pueden ser esas en las cuales se excluye a la primera fuerza política de oposición y segunda nacional? ¿Podrían ser auténticas unas elecciones en Estados Unidos, en las que el gobierno no permita la participación del Partido Republicano porque no le gusta Donald Trump? ¿O en la vecina Costa Rica, en el hipotético caso de que los gobernantes de ese país se volvieran locos o totalitarios, e impidieran la participación del Partido Liberación Nacional?
Las elecciones, por su propia sustancia son para elegir, no solo para votar. Y a fin de que sirvan para elegir tienen que ser democráticas, abiertas, inclusivas y pluralistas. Y sobre todo las elecciones tienen que ser competitivas, o sea que sirvan para cambiar gobierno, o para mantener al mismo siempre y cuando esta sea la voluntad de los electores, no la imposición totalitaria de un gobierno que recurre a argucias judiciales espurias para excluir al mayor partido de oposición y el que representa una alternativa de gobierno y de poder político.
10Un verdadero proceso electoral es aquel a través del cual “se pueda escoger libremente a quien el ciudadano escoja para regir los destinos del país”, expresó en un editorial de LA PRENSA su director histórico, el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. Y si eso no se puede hacer, precisó el Mártir de las Libertades Públicas de Nicaragua, entonces no estamos hablando de elecciones sino de una farsa o mascarada electoral.
Farsas o mascaradas electorales, y no elecciones, son todas aquellas donde las personas pueden votar pero no pueden elegir. Como ocurre en Cuba, y seguramente ocurrirá en Nicaragua en noviembre del presente año.