Crítica de cine: Cazafantasmas

Nuestro crítico de cine, Juan Carlos Ampié, ya vio la nueva entrega de Cazafantasmas, que reemplazó al famoso elenco de hombres por mujeres.

Cazafantasmas

Rehacer los éxitos del ayer para venderlos de vuelta es la base del plan de negocios de Hollywood. Sin embargo, la nueva versión de Cazafantasmas fue recibida con una sorpresiva ola de aversión magnificada por las redes sociales. El foco de hostilidad fue la decisión del director Paul Feig de cambiar el género de los personajes principales. Los uniformes ocupados originalmente por Bill Murray, Dan Aykroyd, Harold Ramis y Ernie Hudson ahora serían vestidos por Kristen Wiig, Melissa McCarthy, Kate McKinnon y Leslie Jones. La “controversia” solo sirve para poner en evidencia el machismo latente que infecta a la cultura popular, y como este se amplifica en el internet.

Erin Gilbert (Wiig) es una científica luchando por conseguir una posición permanente en una prestigiosa universidad, pero sus planes se vienen a pique cuando un oscuro secreto de su pasado se manifiesta: cree en fenómenos paranormales. O al menos, creía en ellos cuando escribió un tratado sobre fantasmas con su amiga Abby Yates (McCarthy). Las dos reanudan su amistad y su misión de comprobar científicamente la existencia de los fantasmas, cuando confrontan a un legítimo espectro en una vieja mansión newyorkina. Les acompañan la Dra. Jilliam Holtzman (Kate McKinnon), hábil inventora, y Patty Tolan (Leslie Jones), veterana trabajadora del metro y fuente inagotable de sabiduría sobre la historia espectral de la ciudad. Una genuina epidemia de apariciones se conecta con los planes de Rowan North (Neil Casey), científico fracasado con tendencias antisociales.

Juan Carlos Ampié
Juan Carlos Ampié.

La película es una historia de origen, pero incluye varios guiños a los dos filmes anteriores; sus dos fantasmas más reconocibles, el glotón “slimer” y el gigantesco “Stay Puft” hacen apariciones. Más significativo aún es el espaldarazo de los veteranos. Las estrellas de los 80 ocupan pequeños papeles. De estar vivo, Harold Ramis habría hecho lo mismo —a manera de homenaje—, un busto con su efigie es visible en una escena. Las comediantes principales son como una orquesta tocando diferentes notas de excentricidad, la interacción entre ellas es mucho más divertida que los despliegues de efectos especiales, que poco a poco terminan monopolizando la película. Pero son ineludibles. Después de todo, estamos ante un producto taquillero que debe venderse como espectáculo.

Anticipando la controversia, Feig y su coguionista, Kate Dippold, comentan sobre el machismo destilado en los esquemas narrativos del cine comercial. Le dan el protagonismo a cuatro mujeres que desafían los parámetros convencionales de belleza, imbuyendo a los personajes con inteligencia y sensibilidad. También le asignan un papel tradicionalmente “femenino” a Chris Hemsworth. El mismísimo “Thor” es el recepcionista, tan bello como tonto. Como la muchacha bonita en tantas otras película, eventualmente es necesario salvarlo de los malvados. El actor tiene espíritu deportivo y se divierte en el proceso. Lástima que los realizadores sepultaron un número musical en los créditos finales. Habría sido la pincelada perfecta para completar su fórmula revisionista. Por una vez, el objeto de deseo desvalido es un hombre. Y baila.

Quejarse porque traten así “al hombre” solo refuerza la denuncia implícita en la película de Feig. Si esto les ofende, ¿por que no se ofenden igual cuando el mismo tratamiento se le prodiga a una mujer? Pues, porque se ha normalizado a través de décadas de contenido. Y esta es apenas una película, frente a décadas de contenido que reduce a las mujeres a papeles decorativos. En ese contexto, Cazafantasmas no es culpable del mismo crimen sino que denuncia la asimetría. En términos de volumen, los machos siguen gobernando el juego. Los que se atrincheran en la misoginia se están perdiendo una de las comedias más efectivas del año.