Entre la emoción, las tormentas y la calma

A veces lleno mi mente de argumentos, palabras, teorías, doctrinas, ideas… sobre todo. Sobre Dios, sobre mí, sobre lo que hago o lo que quiero hacer, sobre mi gente...

Jesús, vida

En estos días de lluvia, rayos, truenos, calma, me conducen a ver, sentir, a tener emociones, a ver la tormenta y a vivir también la calma.

A veces lleno mi mente de argumentos, palabras, teorías, doctrinas, ideas… sobre todo. Sobre Dios, sobre mí, sobre lo que hago o lo que quiero hacer, sobre mi gente…

Pero cuando dejo el corazón desnudo, allá donde las palabras ya no saben pronunciarse, allí siguen latiendo el calor, la pasión, el desasosiego, el miedo, la dicha, el temblor… Es también un momento donde Dios me habla.

No quisiera quedarme apático, indiferente a todo, frío, ajeno a Ti, a los otros y a mis propias fuerzas. ¿Qué sería una vida así? Sin tormentas ni remansos de paz. Sin dificultades y contrariedades, en las que parece que el mundo da vértigo, o sin momentos de quietud en los que todo vuelve a su sitio.

¿Qué sería mi vida si no hubiese en ella ilusiones, zozobra, instantes de dicha y otros de desasosiego? ¿Qué sería mi historia sin lágrimas ni risas? ¿Qué sería cada día sin amor o desamor?

Por otra parte, la tormenta asusta. En esos momentos creo que me voy a hundir. Y me desinstala. Pero también me despierta. Me hace vivir, luchar, revolverme si algo no me gusta o me duele. Me hace levantar la cabeza, el corazón, los brazos, preparado para defenderme de lo que amenaza, o para afrontar lo difícil.

La tormenta es el momento difícil, el problema o enfermedad que llega, las relaciones complicadas, las discusiones familiares, el agobio de los estudios, la incertidumbre sobre mi vida o mi futuro y tu evangelio cuando se me vuelve espinoso. Todo eso es la tormenta… Pero en ella no estoy solo, porque sé que el Señor está conmigo.

Y por supuesto, luego de la tormenta viene la calma, que son esos momentos en que el sentimiento es más cálido. Es el abrazo anhelado que se recibe y se convierte en bálsamo que aquieta y sosiega. Es la palabra que acuna, arropa e ilusiona. Es la alegría tranquila cuando me parece encontrar respuestas.

Es el momento de perdón, de enfrentar los cambios y asumir la vida de manera diferente… Y en la calma no estoy solo, porque el Señor está conmigo.

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