Los grandes asesinatos de Nicaragua

Las historias truculentas que está a punto de leer son reales. En su tiempo, los años 30, 50 o 60, estos asesinatos enmudecieron a Nicaragua por su salvajismo.

El asesino triple, «Chacal de Tacaniste», yace muerto tras la aplicación de la «ley fuga» por parte de la Guardia Nacional. LA PRENSA/Archivo.

El papá de Nahúm entra a casa. El hijo lo saluda, lo conduce a la cocina y Jairo, un amigo, lo acuchilla. Entre los dos lo asfixian, esconden sus restos y vuelven a sus posiciones. Entra la hermana de Nahúm. Este la saluda, la conduce a la cocina y Jairo la recibe a batazos. Nahúm la sostiene con fuerza hasta que la matan, esconden el cadáver y vuelven a sus puestos. Ahora la madrastra de Nahúm ingresa al hogar. Este la saluda, la lleva a la cocina y Jairo la asesina a tubazo seco. ¿Qué fue eso? Uno de los asesinatos más salvajes que Nicaragua ha conocido en tiempos recientes.

El triple homicidio ocurrió el 26 de marzo de 2015. Nahúm Bravo y Jairo Ugarte asesinaron uno a uno a los familiares del primero en su casa-taller automotriz de Managua, según confesó Nahúm en el juicio. Los veinteañeros pretendían usurpar una supuesta fortuna con la que jamás dieron. El caso enardeció a la nación y Nahúm entró a una exclusiva liga que vaya si conoce ejemplos.

Agobiada a ratos por el calor inhóspito, el polvo de sus calles o la pobreza de su pueblo, Nicaragua ha visto desfilar asesinatos que superan a cualquier novela. Casos que se volvieron leyendas, como el de Paco León; libros de ficción, como el de Oliverio Castañeda (Castigo divino, de Sergio Ramírez); o materia de estudio en Derecho, como el de los Campuzano.

“Es un morbo universal. No hay lugar en el mundo donde estos casos no atraigan la atención. Y no quiere decir que la persona es enferma”. Quien lo dice es Anuar Hassan, otrora notable periodista de nota roja y autor del libro Grandes crímenes del siglo XX en Nicaragua.

Gracias a periódicos antiguos, documentos, memorias de Hassan y del reconocido historiador Bayardo Cuadra, Revista Domingo le invita a leer cuentos reales tan impactantes como el de Nahúm. Historias que Nicaragua no olvida y tal vez jamás lo haga.

LOS CAMPUZANO: VENGANZA Y LIBERTAD

Santiago Campuzano roncaba plácidamente el miércoles 24 de mayo de 1950. El alcohol era su fiel sedante desde hacía algún tiempo y esa noche cayó redondo sobre la cama no más entrar a su casa, en el centro de León. Su esposa, doña Gertrudis Sequeira y su hija Blanquita, entreabrieron la puerta para confirmar que el hombre dormía. Hicieron señas a dos hombres para que ingresaran a la alcoba y cada uno se posicionó a un lado del ebanista Campuzano.

“¡Ay, Mamita!”, exclamó sobresaltado don Santiago con el primer martillazo que le clavaron en la frente. Y ya no habló más. La cabeza del martillo subía y bajaba en la mano de uno de los hombres. El puñal de seis pulgadas en la mano del otro le seguía el ritmo, enterrándose hasta el mango en la garganta de la víctima.

Gertrudis Sequeira, apodada “Tulita”, declarando con lujo de detalle cómo mató a su esposo ebanista. LA PRENSA/Archivo.
Gertrudis Sequeira, apodada “Tulita”, declarando con lujo de detalle cómo mató a su esposo ebanista. LA PRENSA/Archivo.

Esa misma noche, Gertrudis cambió la ropa destrozada de su marido con la ayuda de su hija, y se encargó de acomodar el cadáver afuerita de la casa, haciendo creer que don Santiago se había desplomado cuando llegaba al zaguán, herido quién sabe cómo. El plan no funcionó.

Durante la vela, el jueves, los invitados más perspicaces notaron extraño que el ebanista llevara sus vestimentas impecables y su cabeza picada. Algo no cuadraba, y lo descubrieron en el baño: la ropa ensangrentada.

Al día siguiente, 26 de mayo de 1950, el Diario LA PRENSA escribió: “La ciudad entera se halla horrorizada ante el que probablemente sea el más atroz asesinato cometido en León, y uno de los más atroces de que hay memoria en todo el país. (…) Las desalmadas mujeres confesaron que habían concertado de antemano la muerte de su marido y padre”.

Los asesinos a sueldo de Santiago Campuzano. Francisco Solís González (izquierda) y Francisco Morales pagaron el acto con 20 años de cárcel cada uno. LA PRENSA/Archivo.
Los asesinos a sueldo de Santiago Campuzano. Francisco Solís González (izquierda) y Francisco Morales pagaron el acto con 20 años de cárcel cada uno. LA PRENSA/Archivo.

 

Para 1950 no eran pocas las familias adineradas de León que podían presumir de tener en su sala algún mueble hecho por el maestro de la madera de origen chinandegano. Santiago Campuzano, como relató Anuar Hassan en su libro, era tan pulcro a los ojos de la sociedad como su vestimenta, siempre blanca. Pero la verdad es que pocas personas han sido más aptas para el dicho “candil de la calle, oscuridad en la casa”. Y oscuridad es piropo.

Esto se supo con las declaraciones de Gertrudis y Blanquita:

Santiago Campuzano era un devoto del alcohol y se convertía en una fiera cuando tomaba. Mantenía a su esposa y su hija prácticamente secuestradas en la casa. Golpeaba a Gertrudis ferozmente con una regla de madera. Violaba sexualmente a Blanquita desde que ella tenía 11 años enfrente de su madre. A veces las sujetaba a las dos con sogas en la misma cama y las violaba de forma alterna. Su placer —según el archivo del caso que posee el escritor Sergio Ramírez y que compartió con Revista Domingo—, era que la madre viera lo que le hacía a la hija y viceversa.

Y lo peor: Blanquita, de 19 años para mayo del 50, llevaba en su vientre, desde hacía seis meses, a su hijo y hermano, fruto de las violaciones del “pulcro” ebanista. Esa fue la gota que derramó el vaso.

Según lo que doña Gertrudis y Blanquita dijeron a las autoridades, ellas ofrecieron la entonces pequeña fortuna de mil córdobas a cada asesino para vengarse, o más bien liberarse de las ataduras de su esposo y padre.

El juicio fue comidilla de todos. LA PRENSA tituló: “¡¡TODO LEÓN ESTÁ PENDIENTE POR LAS DOS CAMPUZANO!!” A los hombres implicados en el asesinato los condenaron por 20 años y a Gertrudis le cayó la misma suerte. Ella y su hija fueron víctimas del machismo de la época, para el historiador Bayardo Cuadra, pues ningún abogado quiso “manchar” su hoja de vida defendiéndolas. Blanquita dio a luz a su hermano en la cárcel de mujeres La Candilera y salió libre, el tierno en brazos.

Blanquita Campuzano Sequeira cargando a su hijo y hermano, producto de la violación de su padre. LA PRENSA/Archivo.
Blanquita Campuzano Sequeira cargando a su hijo y hermano, producto de la violación de su padre. LA PRENSA/Archivo.
PACO LEÓN: EL DOCTOR MATA-MUJERES

En la Managua de principios del siglo XX pudo materializarse el cuento de la literatura folclórica francesa, Barba Azul, donde un hombre noble y feo tiene por hábito asesinar a sus mujeres. A su aparente contraparte nicaragüense no se le recuerda con barba, pero se le atribuyen las muertes de cuatro de sus parejas.

El aludido era el doctor esteliano Francisco León Rodríguez o Paco León, y cuando quiso unirse afectivamente con Yolanda Cabrera Lacayo, su última pareja, la abuela de esta lo amenazó de muerte por la larga cola que el doctor pisaba.

“La abuela de Yolanda, Emilia, advirtió al médico que si su nieta moría, él lo pagaría con su propia vida”, indica la obra de grandes crímenes de Anuar Hassan.

En Estelí, al norte de Nicaragua, quienes conocían a la familia de don Paco se aventuraban a afirmar que él era hijo de un cura y que eso lo marcó para siempre. Y tiene sentido.

Francisco León Rodríguez. LA PRENSA/Archivo.
Francisco León Rodríguez. LA PRENSA/Archivo.

Nelson García Lanzas, médico psiquiatra forense, explica que los asesinos “pueden formar su personalidad y sociopatía desde la niñez, con vivencias traumáticas”. Y asegura que cuando se conjugan elementos como “abandono emocional, maltrato, superprotección, abusos, drogas, entre otros, la mente asesina se va formando”.

El alma máter de Paco fue la Universidad de León. Allí, en la década de los 30, conoció a Rosa Tercero, a quien hizo su novia y primera víctima, presuntamente, pues es clave precisar que en ninguna de las muertes que se le achacan hubo autopsia y, por ende, escasearon pruebas que lo señalaran como autor de precisas sobredosis de insulina, su método predilecto, según Anuar Hassan, Bayardo Cuadra y los diarios de la época.

El doctor Paco León ante el juez, explicando la muerte de Isolina Leiva. LA PRENSA/Archivo.
El doctor Paco León ante el juez, explicando la muerte de Isolina Leiva. LA PRENSA/Archivo.

Superada la muerte de Rosa y con título de cirujano en mano, Paco, de rostro larguirucho y no muy agraciado, contrajo nupcias con una guapa mujer llamada Margarita Espinoza, quien murió algún tiempo después de forma fulminante.

La tercera víctima se llamó Susana Pérez. A ella le tocó gozar, por un tiempo, del éxito financiero de su nuevo marido, quien ya vivía en la prominente Calle 15 de Managua, en su casa-consultorio de dos plantas. Cuando falleció Susana, también de forma fulminante, fue imposible acallar el rumor de que, o el hombre las mataba o estaba maldito. Y por si fuera poco, en paralelo a esta muerte, don Paco enfrentó una querella legal por el fallecimiento de una paciente llamada Isolina Leiva, quien, horror de horrores —en la época, al igual que ahora, abortar era ilegal—, ¡se había hecho un aborto clandestino en la Clínica Rodríguez!

La clínica y casa del doctor Paco León, descrita en LA PRENSA como un lugar maldito. LA PRENSA/Archivo.
La clínica y casa del doctor Paco León, descrita en LA PRENSA como un lugar maldito. LA PRENSA/Archivo.

Según el historiador Bayardo Cuadra, en Managua era sabido por quienes tenían que saberlo, que en esa clínica se practicaban abortos contra la ley.

Con todo, el doctor Paco ganó el juicio en apelación y en los años 50 sedujo y se casó con Yolanda Cabrera Lacayo, heredera de una rica familia poseedora de cines y haciendas de café.

En el cénit de 1967, Yolanda murió de súbito y don Paco no asistió al funeral. La abuela Emilia hizo efectiva su promesa 10 meses después: dos hombres entraron al consultorio de Paco, preguntaron si él era Francisco León Rodríguez, estiraron sus brazos y sacaron humo por sus pistolas.

 

LA MENTE DEL ASESINO

Matar a un ser humano deliberadamente. Dedicarle esfuerzo y neuronas a la tarea de liquidar a un igual y pensar que haciéndolo la vida propia será mejor. El procedimiento ha fascinado a la psicología y la psiquiatría por igual.
¿Son enfermos mentales los asesinos? ¿Cómo piensan? El doctor Nelson García Lanzas, conocido psiquiatra forense y psicoterapeuta nicaragüense, lo explica.
“Nos referimos a sociópatas. Son personas frías, no tienen remordimientos por lo que hacen, no tienen la mínima empatía por el dolor de los demás. En algunos casos se deleitan con ese dolor. Pueden llevar sus vidas sin ningún problema y continuar con sus actividades”, explica el experto, quien trabajó en el Hospital Psiquiátrico de Managua y en el Instituto de Medicina Legal de Nicaragua.
Pero, ¿se les puede llamar “locos”? García Lanzas dice que no. Piensa que actúan en sus cinco sentidos.
“Es un mito que los asesinos en serie son enfermos mentales. Los que tienen graves trastornos son los menos involucrados en estos tipos de asesinatos”, explica el médico. Pero añade, no obstante, que se pueden encontrar casos de homicidas con patologías mentales mayores como la esquizofrenia. “Hay asesinos con esquizofrenia, trastornos bipolares, trastornos delirantes, patologías mentales combinadas, pero son casos muy específicos”.

POMPILIO: EL GUAPO “CHACAL” DE TACANISTE

El nombre de chacal, ese mamífero carnívoro familia de los perros que vive en manada, se ha relacionado con los asesinos más despiadados, pero en su defensa los hábitos oportunistas del can a veces carroñero, están a universos de distancia de la saña con que, por ejemplo, el “Chacal de Tacaniste” sorprendió a Nicaragua en septiembre de 1957.

A la Hacienda Tacaniste, ubicada sobre el kilómetro 19 de la carretera que sale de Managua en busca de la frescura de El Crucero, comenzó a llegar un joven campesino boaqueño a mediados de los años 50, de nombre Pompilio Ortega Arróliga y de ocupación jornalero. Él trabajaba en una finca vecina llamada Los Placeres, pero adquirió una fijación con la nieta de los propietarios de Tacaniste: Celina.

Pompilio Ortega Arróliga, conocido como "El Chacal de Tacaniste". LA PRENSA/Archivo.
Pompilio Ortega Arróliga, conocido como «El Chacal de Tacaniste». LA PRENSA/Archivo.

La adolescente de 16 años, sin embargo, no le hacía caso al peón. Fiel a las enseñanzas de su abuelo Juan Campos, pastor evangélico, Celina no dedicaba tiempo a pensar en noviazgos y rechazó a Pompilio, un “muchacho de buen ver”, según las descripciones periodísticas de la época.

El joven de 23 años, ni flaco ni recio, de tez y ojos claros, boca y nariz finas, se convenció de que la única forma de atraer a la joven era convirtiéndose al protestantismo cristiano, pero cuando tampoco eso dio frutos, Pompilio estalló y el 7 de septiembre de 1957 impartió su juicio:

“Llegué a la casa y encontré a Celina en la cocina. Le dije que quería que fuera mi novia. Intenté abrazarla pero me rechazó y escapó, gritando. Los abuelos, que se encontraban dentro, salieron armados de garrotes. Doña Eloísa —abuela de Celina— logró asestarme un golpe en la espalda, entonces la cargué a machetazos. No sé cuántos le dejé ir . Yo veía una nube roja ante mis ojos. Cuando don Juan quiso también golpearme, le dejé ir el machete”, declaró Pompilio a la Policía de Camoapa, una semana después, como quien dice la hora, sin inflexión alguna en el hilo de su voz.

Celina corrió por su vida, cruzó el campo de la hacienda pero se resbaló en un barranco. Su enamorado la alcanzó en el despeñadero y ella le espetó: “¡Ya mataste a mis abuelos, ahora matame a mí!” La nube roja no se apartaba de los ojos del asesino, según él mismo contó a las autoridades, y también le “cayó a machetazos” hasta matarla. Inmediatamente después, en un acto de enfermiza necrofilia, “El Chacal de Tacaniste” —como lo bautizaron los medios— abusó sexualmente de los restos de Celina y con el machete le arrancó los senos.

Portada de LA PRENSA del sábado 14 de septiembre de 1957, día en que capturaron al asesino triple Pompilio Ortega. LA PRENSA/Archivo.
Portada de LA PRENSA del sábado 14 de septiembre de 1957, día en que capturaron al asesino triple Pompilio Ortega. LA PRENSA/Archivo.

Pero eso no fue todo. Después del 15 de septiembre, fecha en que lo capturó la Guardia Nacional, muchas mujeres fueron a visitar al triple asesino a los juzgados, cautivadas por sus rasgos finos.
“Ah, no, ¡‘El Chacal de Tacaniste’ es una novela!”, expresa el historiador Bayardo Cuadra. “¡Tiene ribetes de esos en que el malo de la película es el héroe! Aparecían las mujeres que querían verlo y abrazarlo porque el tipo era bien guapo”, recuerda.

Una empleada del popular Teatro Margot, quien respondía al nombre de Berta Fonseca, perdió su trabajo por declarar a los periódicos que deseaba casarse con Pompilio por “guapo y por sufrido”. Posteriormente apareció un abogado diciendo que defendería a Pompilio por cuenta de una “señora rica que prefería permanecer en el anonimato”.

“El Chacal” fue condenado a 30 años de prisión en el Fortín de Acosasco, en León, pero logró escapar junto con otros 9 reos en 1964. Al poco tiempo fue ultimado por la Guardia, que le aplicó la “ley fuga”.

Pompilio yace muerto sobre un camión mientras la gente que pasa se alegra con la noticia. LA PRENSA/Archivo.
Pompilio yace muerto sobre un camión mientras la gente que pasa se alegra con la noticia. LA PRENSA/Archivo.
ÓSCAR ESPINOZA: MASACRE EN REPARTO SCHICK

Lo que hizo Óscar René Espinoza Martínez el 21 de agosto de 1998 revivió el debate de si era oportuno volver a instaurar la pena de muerte en el país. E hizo, al menos, que se viera ridícula la pena máxima de 30 años que por ley cumplen los peores criminales nicas.

Cuando Óscar conoció a Ruth Polanco, ella tenía dos hijos de una relación pasada: Miurel McFields, de siete años, y Wálter Polanco, de apenas un añito. Óscar fue novio de Ruth por tres felices años hasta que decidieron casarse. Ahí comenzó el infierno.

El hombre insultaba a los niños, se paseaba desnudo por la casa con ellos mirando y les llegó a atribuir la culpa de que su relación con Ruth conocía momentos malos. Ruth, ante las desesperadas quejas de Miurel —quien ya tenía 11 años y se daba cuenta del maltrato gratuito del que eran objeto ella y su hermanito—, le dijo a Óscar que ya era suficiente, que se fuera de la casa, en el Reparto Schick de Managua.

La respuesta de Óscar Espinoza fue una manipuladora amenaza de suicidio con una sábana por la que terminó ingiriendo calmantes en el hospital Bautista, y por la que se ganó una prolongación de estadía en la casa de Ruth. Entonces planeó el asesinato. En su mente, su vida y la de Ruth serían mejores sin Miurel y Waltercito.

Foto familiar de Ruth Polanco, Óscar Espinoza y los niños Miurel y Wálter. LA PRENSA/Archivo.
Foto familiar de Ruth Polanco, Óscar Espinoza y los niños Miurel y Wálter. LA PRENSA/Archivo.

Ruth trabajaba como gerente de calidad en la Zona Franca de Carretera Norte, mientras Óscar era asesor financiero en una empresa que vendía piezas automotrices. El día del asesinato comenzó como uno cualquiera. Ruth dejó a sus hijos en el colegio María del Socorro Ponce Chavarría y fue a trabajar. Óscar hizo lo mismo. Media hora después del mediodía, sin embargo, Óscar se apareció por la casa, eligió un cuchillo grande de la cocina y fue al cuarto de los niños, donde miraban televisión. Óscar degolló primero a Miurel sin que pudiera gritar y se abalanzó sobre el niño de cinco años para callarlo. Lo levantó de la silla y le clavó el arma en el estómago. Lo degolló y se dirigió al patio, donde estaba Alba, la empleada salvadoreña de 35 años que lavaba la ropa. Tomó un machete y se lo clavó en la nuca. Y luego, como explica una detallada reconstrucción del caso que hizo Revista Domingo en 2014, “acomodó los cuerpos boca arriba, con los brazos abiertos en cruz y las cabezas juntas, como formando un trébol que en lugar de hojas tenía cadáveres”. Y regresó a su trabajo.

En la tarde-noche llegó a la casa con Ruth, en bus, y fingió extrañeza al ver las luces apagadas. Los violentos latidos de Ruth le impedían encontrar sus llaves y Óscar, siempre actuando, entró por la puerta sin cerrojo y corrió a ver los niños. Ruth lo siguió y lo supo: “¡Vos mataste a mis niños!”, profirió cuando pudo pronunciar algo a través del llanto.

El asesino triple no supo qué hacer ante la obviedad y se dejó llevar por la Policía. Lo condenaron a 30 años de cárcel, pero salió libre en 2009 por buen comportamiento y horas de trabajo. Estuvo cinco años en libertad condicional pero en 2014, ante la indignación del país, se logró encarcelarlo nuevamente. Dicen que ahora es un hombre religioso. Un pastor evangélico.

Un agente policial muestra las armas que usó Óscar René Espinoza en su triple asesinato. LA PRENSA/Archivo.
Un agente policial muestra las armas que usó Óscar René Espinoza en su triple asesinato. LA PRENSA/Archivo.

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