Doña Rosario

Ahora es la “compañera Rosario”, un reflejo del irreal lenguaje populista. Yo prefiero llamarla —respetuoso de la jerarquía— doña Rosario.

Motivo de gozo constructivo es leer a Jorge Eduardo Arellano. Cada vez que asisto al feliz espectáculo de su palabra crece en mí el honor personal de haberlo conocido —décadas hace— en su natal Granada.

Influido por la publicación de uno de sus artículos titulado La Rosario que yo conocí, me ubiqué en los años en que yo también la conocí en el Diario LA PRENSA, durante el periodo 1967-1977 como secretaria de los directores del histórico rotativo, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal y Pablo Antonio Cuadra. No imaginaba el poder que ahora tiene oficializado por los ascensos jerárquicos. A esos privilegios que la teoría define como “el arte de servir”, no deseo referirme y solo señalar cómo trasciende la evolución de los giros sorprendentes. El tiempo no existe. No se le toca. No se le ve. Pero vuela…

Dos medios de comunicación juntaron sus brazos para combatir a la tiranía somocista sin haber disciplinado ningún tipo de acuerdo y solo porque las circunstancias consolidaron sus ideales. Se alzaron en dúo cargado de esencia y de patriotismo para ser las repúblicas tanto en las ondas como en el papel. Tinta y garganta con vibración indómita.

Resultaron ser vecinas cercanas. LA PRENSA sobre la calle El Triunfo y Radio Mundial en el bravío barrio San Sebastián. El doctor Pedro Joaquín Chamorro solía recorrer a pie ese trecho para llevar su editorial.

A partir de 1965 —creo— inicié mi función espontánea como colaborador de la página de Opinión con precisión semanal al lado del Mártir de las Libertades Públicas con mayor y más agresivo ahínco cuando dos corazones políticos —los de Agüero y Somoza— se hicieron uno. Dejando de ser ocasional la colaboración el editor instituyó la columna de El Momento con ilustración del inolvidable caricaturista Alberto Mora. Pedro Joaquín me envió primero donde José Francisco Borgen y luego a Rosario Murillo. Siempre ella desde el comienzo tuvo el vocacional sentido de la comunicación. El encuentro no se limitaba a la entrega mecánica sino a una deliberación provechosa del contenido y de otras adyacencias coyunturales que ponían en el tapete las penas que llovían sobre el crepúsculo. Había un intercambio de opiniones incluso con el doctor Chamorro con la circunspección indicada y la tendencia humana de variar de acuerdo con las antinomias circunstanciales. Eso produjo una reacción satisfactoria. Un día de tantos en la afición por los versos llevé a su consideración varios de ellos y vaya que por su gestión facilitadora tuvieron cabida en el suplemento literario, la Universidad de Bolsillo bautizada así por Pablo Antonio Cuadra con una proclama escrita por el propio poeta.

Pero todo tiene su final y la asistencia del colaborador se vio interrumpida por el desenlace que convirtió en pedazos la tranquilidad nacional: la guerra. Hasta que volvieron a prenderse las lámparas ausentes. Volví a verla en el año 2007 siendo ya la primera dama con motivo de ser invitada por ella la nueva Junta Directiva del Colegio Nacional de Periodistas presidida por Mercedes Rivas y yo. Luego de una sesión de trabajo se dirigió al suscrito con estas palabras: “Joaquín tanto tiempo ha pasado desde que recibía tus artículos en LA PRENSA”. Todo ha cambiado. Todo es distante de aquella época.

Ahora es la “compañera Rosario”, un reflejo del irreal lenguaje populista. Yo prefiero llamarla —respetuoso de la jerarquía— doña Rosario.

El autor es periodista.

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