En Letra Pequeña

Este es el país de las historias inconclusas. Las grandes novelas nacionales nacen, crecen y... ¡desaparecen! Desde lo trivial hasta lo trascendental se maneja como secreto de Estado.

Película,

SECRETOS DE ESTADO

Este es el país de las historias inconclusas. Las grandes novelas nacionales nacen, crecen y… ¡desaparecen! Desde lo trivial hasta lo trascendental se maneja como secretos de Estado. No sabemos, por ejemplo, por qué el Popo mató a Xiomara Cruz, la muchacha de Estelí. No sabemos tampoco qué pasó con el meteorito. Y si no era meteorito ¿qué demonios era? ¿Cuál fue el móvil de la masacre del 19 de julio? ¿Solo fue que un grupo de sujetos se organizaron, se armaron y emboscaron para matar porque les dio la gana hacerlo? ¿Quién hizo estallar la mochila bomba de Pantasma? Si fueron narcotraficantes, como dijo la Policía, ¿quiénes son esos grupos que operan aquí con tan sofisticada tecnología? ¿Qué peces gordos eran esos aparentemente pobres campesinos que merecieron un plan así de elaborado para matarlos? ¿Dónde están los carros robados en OcupaINSS? ¿Quiénes y por qué mataron a Andrés Cerrato, el campesino de Ayapal que sujetos vestidos de militar sacaron de su casa y ejecutaron a sangre fría?

COVENIENTE

El asunto es que nos estamos acostumbrando a que nos apaguen el televisor a la mitad de la película. Nos estamos acostumbrando a las historias sin final, o a imaginar el final que queramos, y es un problema grande, porque así nadie responde por nada. Es posible que no sepamos nunca qué fue lo que ocasionó la quema de los tanques en Puerto Sandino o quién supuestamente financiará el llamado Gran Canal o por qué Daniel Ortega ha decidido convertirse en el Donald Trump centroamericano, dejando morir a los migrantes que ni quiera buscan quedarse en este país. Y ojo: si las novelas se están quedando sin final  no es porque a alguien le dio pereza contárnoslo, sino porque lo están ocultando. A alguien le conviene.

CASO CERRADO

Se han  puesto de moda acá los crímenes sin móvil. Hay un delito. La Policía atrapa a uno o varios  sospechosos. Los lleva a El Chipote, y llegan al juez declarándose culpables. El juez cierra rápidamente el caso sin que se sepa por qué sucedió lo que sucedió. Fin de la historia. Hay preguntas. No hay respuestas. Caso Cerrado.

MÉTODO CHIPOTE

La Policía ha encontrado en El Chipote un buen método para que los sospechosos acepten la culpa de los crímenes por los que se les acusa. Entran ahí sin que nadie sepa de ellos, desaparecen, la Policía niega a sus familiares tenerlos detenidos para sorpresivamente sacarlos días después, generalmente con lesiones «autoinflingidas», listos para confesar su culpabilidad. El problema es que con este método de «investigación» terminan confesando su culpabilidad hasta los inocentes, como aquel muchacho de Villa El Carmen, que según la Policía ya había confesado ser el asesino de su novia y a los pocos días salió libre porque encontraron al verdadero asesino.

MISIONEROS

¿Por qué el gobierno de Daniel Ortega la ha agarrado contra los misioneros? Es un misterio. A lo mejor, como todas estas historias sin final, nunca sabremos qué mosca le picó. Lo que tenemos hasta ahora es que Ortega dictó una orden haciéndole imposible el ingreso a los misioneros, y algunos de sus empleados han salido oficiosamente a hacer el ridículo tratando de justificarla. Miren nomás: alguien en el 19 Digital, el periódico oficialista,  comenzó a hablar de  ¡mareros que se hacen pastores! y el asesor para asuntos del exterior, doctor Denis Moncada, salió diciendo sin prueba alguna que el «crimen organizado» se camufla en organizaciones religiosas para entrar en el país. Y a veces, doctor, de empresarios, otras de revolucionarios, otras de turistas y así. ¿Van a poner restricciones especiales a todos?

CARAS DURAS

Pero lo más vergonzoso de esta situación fue ver a pastores políticos, aliados de Ortega, justificando como necesarias las restricciones que les ponía el gobierno a su propio gremio. Pero los evangélicos protestaron fuerte contra las medidas. El gobierno cedió a medias y redujo las restricciones. Y vimos nuevamente a  estos pastores políticos, aliados de Ortega, alabar la sensatez del gobierno al aflojar un poco la soga al cuello. ¿Y no era que les parecían correctas las medidas así como las dictó inicialmente Ortega? Pero los evangélicos no están conformes aún y piden la derogación total de esas medidas discriminatorias. Y estoy seguro que el gobierno terminará cediendo. Y también estoy seguro que veremos a los mismos pastores que defendían como necesarias para la seguridad nacional las restricciones a los misioneros, celebrando que «el buen  gobierno oyó a su pueblo». Así son ellos de cara dura.

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