El esperpento como interpretación histórica

La España de 1920, cuando Valle-Inclán publicó Luces de bohemia, tenía muchas semejanzas con nuestra situación actual. Bajo la Restauración borbónica funcionó un sistema bipartidista

La España de 1920, cuando Valle-Inclán publicó Luces de bohemia, tenía muchas semejanzas con nuestra situación actual. Bajo la Restauración borbónica funcionó un sistema bipartidista, en el que las elecciones amañadas, el “pucherazo”, eran también una farsa que servía para legitimar la repartición del poder entre conservadores y liberales; sistema que se fue agotando, hasta desembocar en la dictadura de Primo de Rivera. En los espejos combos del esperpento los personajes de la obra se mueven como marionetas en una tragicomedia, agigantados y desfigurados con el propósito de poner al descubierto los vicios de la sociedad de la época. Sociedad en la que no era el mérito lo que se premiaba, sino el robar y ser sinvergüenza, como crudamente expresa, en la escena penúltima, uno de los sepultureros. Época ridícula y absurda, “deformación grotesca de la civilización europea”, como decía el poeta Max Estrella, su protagonista trágico.

Antecedentes del esperpento, como reconoció Valle-Inclán, son Cervantes, Quevedo y Goya. Cervantes, cuyo Rinconete y Cortadillo describe una Sevilla dominada desde abajo por una cofradía de truhanes, que conviven en un mundo con el sentido de los valores invertido. Quevedo, que satiriza los males de una sociedad opulenta con pies de barro, injusta y banal, encerrada en el espejismo  de un imperio condenado a la implosión y la decadencia. Goya, que con los aquelarres y monstruosidades pinta los fusilamientos de mayo de 1808, cuando el imperio había alcanzado su ocaso. Y también el temprano conocimiento directo que el marqués de Bradomín tuvo de México; que, en sus palabras, le abrió los ojos y le hizo poeta, y le sirvió de base para escribir Tirano Banderas, la novela que inaugura esa gran tradición literaria sobre dictaduras y dictadores que continuarían Asturias, Roa Bastos, García Márquez, Carpentier, Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Sergio Ramírez.

La ruptura con España, que conllevó la independencia, nos empujó a copiar los modelos revolucionarios de la Europa ilustrada, constituyéndonos en reflejos esperpénticos de esa realidad inalcanzable. Las semillas de la dominación violenta y el nepotismo, presentes desde el principio, llevaron a que del fondo de aquel espejo combo surgiera una larga lista de tiranos que, a semejanza de Napoleón, estaban dispuestos a hacerse explotar con un barril de dinamita en la Casa Presidencial, antes que entregar el poder conquistado por las armas.

El liberalismo de nuestras élites, como en España, era de vocación monárquica y clerical, tradición compartida con los conservadores y la población indígena mayoritaria. Dos experimentos imperiales, Iturbide y  Maximiliano, fracasaron en México. El sueño absolutista, al hervor de la retórica constitucional, encarnó finalmente en la figura  de los caudillos y dictadores; monarcas seglares, sin la corona del derecho divino pero con el poder absoluto de las bayonetas, que suplantaron con sus delirios, caprichos y perversiones la voluntad general que Rousseau había proclamado el siglo antes.

El problema sucesorio, congénito a las dictaduras, buscó una solución biológica: la dominación familiar, que tuvo sus expresiones más claras en el Haití de los Duvalier y la Nicaragua de los Somoza. Mientras las monarquías en Europa se hicieron democráticas y constitucionales, nosotros inventamos un sustituto, la dictadura dinástica, epítome del esperpento, una mezcla de sultanato y de mafia. Solución falsa, como ha demostrado la historia, y que, bajo la figura de un obsceno  pacto matrimonial, pretende hoy regresar a Nicaragua; un país donde también, como en el teatro valleinclanesco, muchos héroes terminaron deformándose hasta convertirse en caricaturas de lo que fueron originalmente.

Tras la reencarnación del Barón Samedi y Maman Brigitte, y su esperpéntico mundo de vudú y santería, se esconde una sociedad hipócrita, escéptica, cínica y desmoralizada, interesada únicamente en el negocio o la sobrevivencia, y que ha perdido el sentido de solidaridad. “Sociedad di-sociada”, atomizada e indiferente, de que nos habla Serrano Caldera; con una juventud adormecida por la diversión y el consumo, concentrada en sus proyectos personales, y una población que, en su conjunto, aborrece la política y a los políticos, mientras estos se burlan y hacen millonarios a costa de sus bolsillos cada vez más escuálidos. Sociedad sin pasado ni futuro, en la vorágine de un presente de avaricia o necesidad que la hunde en el pantano del atraso y la miseria.

Uno de los personajes de Luces de Bohemia, Rubén Darío, desde un rincón del bar, con “un gesto de ídolo, evocador de terrores y misterios”, atestigua el drama de la época. Un hilo trágico recorre las vértebras del esperpento: a los rostros desquiciados se suman las ejecuciones, la calavera se esconde tras lo ridículo y bufo, el aquelarre conlleva un rito de sangre. En la escena penúltima, tras el entierro de Max Estrella, Rubén reaparece en el cementerio, acompañado de don Ramón, el marqués de Bradomín. Al retirarse, meditabundo, escribe unas palabras en el sobre de una carta.
—¿Son versos, Rubén? ¿Quiere usted leérmelos? –requiere el marqués.
—Cuando los haya depurado —se excusa, avergonzado, el Príncipe de las Letras Castellanas—. Todavía son un monstruo.
—…los versos debieran publicarse con todo su proceso, desde lo que usted llama monstruo hasta la manera definitiva… ¿Pero usted no quiere leérmelos?
—Mañana, marqués –responde el poeta de Nicaragua.

El autor es escritor y jurista. Valencia, septiembre de 2016.

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