Las voces del silencio

La vida política nicaragüense se caracteriza por la estridencia en los sectores involucrados en esta actividad y por un relativo pero creciente silencio en el resto de la sociedad.

Giovanni Sartori

La vida política nicaragüense se caracteriza por la estridencia en los sectores involucrados en esta actividad y por un relativo pero creciente silencio en el resto de la sociedad.

Pareciera que una cierta indiferencia cubre y encubre la conducta colectiva, que un cierto dejar hacer dejar pasar se ha convertido en hábito; y que esta actitud nos lleva hacia un pragmatismo en el que se sobrevive a partir del sálvese quien pueda; que un proceso de ausencia de la solidaridad se está dando y que están adormecidos los ideales no siempre realizables, pero siempre estimulantes desde los anhelos de superación del ser humano.

Pareciera que se está viviendo una época de devaluación de los fines y de los principios, y ese es un mal signo. Los ideales y objetivos son parte constitutiva del ser individual y colectivo. Un utilitarismo inmediato, y lo que parece ser un desencanto colectivo, envuelve a buena parte de nuestra sociedad.

¿Se ha perdido la noción de los valores? ¿Nos encontramos situados en un medio estéril incapaz de animar y estimular la voluntad de construir una sociedad más justa, humana y solidaria? No lo sé, pero hay que dejarlo planteado como una pregunta que a mi juicio caracteriza uno de los problemas actuales. Me atrevería a más todavía; a señalar que este fenómeno podría estar afectando a una parte de la juventud nicaragüense, que comienza a desentenderse de objetivos que trascienden a sus intereses inmediatos, y que esta actitud podría estar haciéndola utilitaria e indiferente. No obstante, el solo hecho de estar conscientes de las acechanzas de ese utilitarismo y esa indiferencia, es un buen punto de partida para buscar parámetros de valor social y ciudadano.

Si debemos valorar nuestra sociedad por la impresión inmediata que nos produce lo que vemos y escuchamos a diario, podríamos extraer como conclusión que estamos situados ante dos conductas: la una de indiferencia y la otra de polarización.

¿Qué hacer entonces frente a esta circunstancia? Creo que se requiere una educación fundamental en Derechos Humanos, en la que se prioricen valores como la paz, la democracia, la libertad, la tolerancia y el respeto a la diferencia.

Nuestro país enfrenta una severa crisis de la política. Esta se produce cuando esa tarea humana, esa condición natural de toda sociedad pierde sentido, y en cierta forma, deja de ser necesaria. Creo que algo de esto es lo que hoy está ocurriendo en la sociedad nicaragüense.

La política, tal como se le ha entendido siempre, es una función imprescindible de la sociedad. La sociedad es en esencia política y la política es en esencia social. Todo lo político es social y todo lo social es político, en el más amplio sentido de la palabra.

Por ello, suponer que una comunidad humana, cualquier esta sea, puede prescindir de la política, o suponer que la política pueda darse al margen de la voluntad social, significa incurrir en una contradicción en los términos, pues la política es la expresión de esa voluntad colectiva en la prefiguración de los objetivos comunes y de los procedimientos y mecanismos para alcanzarlos.

A pesar de lo anterior y de la percepción que pueda producir el silencio ante la actuación del poder, es posible que la ausencia de la palabra y la acción, sean actitudes que más que indiferencia, expresen un momento dentro del proceso de toma de conciencia de la situación, una reafirmación latente, aunque no patente, de la convicción íntima de cada uno y de la sociedad en su conjunto, de los valores y principios que deben sustentar su acción; una reflexión acerca de los medios cívicos a utilizar en una forma efectiva que elimine toda posibilidad de violencia, y que más bien contribuya a prevenirla y evitarla mediante la participación activa de la ciudadanía en la vida política.

Las voces del silencio pueden también decirnos que en lo esencial la idea de la política consiste en un movimiento de doble vía: la voluntad social, fuente de la soberanía, que da origen y legitimidad al poder; y el poder, así constituido, que debe, aunque con frecuencia no lo haga, tratar de resolver los problemas de la sociedad y alcanzar sus objetivos comunes.

La política, así vista, es la encargada de responder y realizar las aspiraciones de la comunidad. Es la más alta expresión de la voluntad colectiva y, a la vez, la posibilidad concreta de su realización.

Por eso, el reto de hacer política en la circunstancia actual, en el mejor sentido de la palabra es el reto de hacer la política restaurando sus numerosas fracturas y, sobre todo, es el desafío de reconocer en ella su finalidad y trascendencia orientada al bien común, lo que implica superar la idea de la política como el arte del poder por el poder.

Por todo ello se puede considerar que la crisis de la política que se enfrenta en estos momentos, es, principalmente, una crisis ética, en el sentido en que su práctica utilitaria, coyuntural e inmediata, significa la exclusión del ser humano en la construcción de su propia realidad, y, en consecuencia, la supresión de todo sentido y trascendencia de la acción política.

Las voces del silencio pueden tratar de decirnos también que el esfuerzo político debe orientarse a una visión estratégica del futuro de la sociedad nicaragüense y de un sentido de identidad constructor de horizontes particulares y universales, y no de entendimientos, ajenos a los verdaderos intereses sociales, fabricados para distribuirse el poder y los beneficios entre los protagonistas.

Hay que hacer énfasis en una ética política que permita a cada uno de los nicaragüenses ver lo que puede hacer por el país, cuál es el papel de la educación y las instituciones respectivas, orientado al fortalecimiento del pensamiento crítico, imprescindible para una adecuada práctica de la política y un verdadero ejercicio de la democracia.

Podría ser que sean esas las voces del silencio, el mensaje que reside en  la palabra no dicha y en la acción aún no realizada, pero que existe en la conciencia individual y en el pensamiento y convicción de cada quien. Confiemos que sea eso lo que ocurre en nuestro país y que las voces del silencio sean un mensaje de libertad, de paz y esperanza, un ideal compartido que habrá de transformarse en una realidad concreta construida por la acción cívica y democrática de los nicaragüenses.

El autor es jurista y filósofo nicaragüense.

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