Los juguetes de los niños

Al comienzo de los años setenta cuando recibía mis clases para educarme como médico en la Escuela de Medicina de León, Nicaragua, un día de tantos se nos apareció el estimable pediatra, escritor y prestigioso lingüista nicaragüense, Fernando Silva.

Al comienzo de los años setenta cuando recibía mis clases para educarme como médico en la Escuela de Medicina de León, Nicaragua, un día de tantos se nos apareció el estimable pediatra, escritor y prestigioso lingüista nicaragüense, Fernando Silva.

“Les vengo a hablar sobre los juguetes de los niños”, nos dijo con su elocuente postura que lo caracterizó durante toda su vida.

Para entonces me encantaban sus escritos y aunque nunca lo había visto en persona, lo conocía por sus cuentos y dichos populares.

Jamás me imaginé que ese escritor tan nicaragüense en su forma de decir las cosas —quizás el más nicaragüense en su hablar del que había leído— pudiera darnos una charla magistral de Medicina, Psicología y Pediatría que me dejó con la boca abierta, tanto que después de cuarenta años, todavía resuena en mis oídos.

Demás está decir que esa hora que habló con sus manerismos y decires y una permanente sonrisa en sus labios, marcó en mí para el resto de mis días una admiración y respeto hacia él que siempre me ha llenado de orgullo. Sobre todo en el ámbito internacional cuando al compararlo con muchos otros profesionales de altura, he realizado aún más, que Fernando estaba en el podio de los grandes. Me hizo llegar a la conclusión de que escribía cuentos y otras cosas de literatura no porque era un excelente escritor, sino porque era un sanador, un sanador que lo elevaba más allá de la naturaleza humana.

Usaba el folclor e imaginación narrativa como un método de curación haciéndonos reír, pensar, meditar y aprender.

Al salir de Nicaragua, al exilio forzoso, alejado ya de la patria nunca más lo pude volver a ver en persona y lamento no haber podido agradecerle su gesto noble de maestro.

La profundidad de sus obras que ahora nos hereda para gloria de Nicaragua, traspasa las fronteras.

Ya habrá otros más duchos e intelectuales que dirán de él esto o aquello, de sus güegüenses con “c” y de sus maravillosos dibujos lingüísticos y creativos, pero sin resquemor puedo hoy decir que era un gran médico, humanista y didacta que lo coloca, ajeno a su grandeza de escritor, en el altar de los inmortales de nuestra patria.

Hoy cuando ya viaja entre los campos asfódelos aprovecho este espacio para decirles a aquellos jóvenes que se forman en la Medicina y aún en la aulas sencillas de nuestras escuelas pobres que en Nicaragua han habido no solo hombres de guerra y violencia, como Sandino y Rigoberto, que en Nicaragua además de deportistas invencibles como Alexis y poetas encantados de cisnes blancos y rayos de oro que emanan del sol, como Rubén, Salomón, Alfonso Cortés y Azarías Pallais, han habido también hombres humildes de ríos y lagos que con su medicina y cantares han curado corazones enfermos  de amor y corazones tristes de dolencias poniéndose al lado de los inmortales Asclepio y Apolo dioses del Olimpo.

Granada y Río San Juan le merecen un monumento y Nicaragua entera un aplauso.
Muchas gracias maestro.

El autor es médico y cirujano.

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