Fotógrafos de la historia

¿Quién tomó estas fotografías? Grandes fotógrafos de la vieja Nicaragua se reúnen con nosotros para contar sus historias. En ellas desfilan sismos, dictadores y mártires.

¿Quiénes se esconden tras las legendarias imágenes de Arlen Siu, Anastasio Somoza, Carlos Fonseca y el terremoto de 1972? El público se sorprende por sus legados y vaya si tiene por qué, pero ellos casi le restan importancia. “El de Arlen fue un retrato más y ni siquiera es uno de mis mejores”, “yo jamás escogí ser el fotógrafo de Somoza, ¡me escogieron!”, o bien, “pocos creían cuando les decía que estaba tomando fotos de Managua por si la destruía un terremoto”. Estos señores de 76, 81 y 86 años saben ser humildes, pero plática adentro, sus ojos se iluminan y sus ánimos se exaltan anécdota con anécdota y se nota lo conscientes que están de cuán único fue su trabajo. Son tres maestros de la fotografía. Tres retratistas de su tiempo que comparten una tarde de memorias y asombros con nosotros. Bienvenidos al pasado.

El retratista de Arlen Siu

Américo González junto a su fotomontaje de la madre de Tomás Borge. LA PRENSA/Oscar Navarrete
Américo González junto a su fotomontaje de la madre de Tomás Borge. LA PRENSA/Óscar Navarrete

Tiene 86 años pero sube al trote las gradas de la casa de su hija, donde condujimos la entrevista. Su cabello gris un poco chirizo recuerda al de Einstein, lleva camisa celeste de botones manga larga, pantalón de vestir negro y porte de gentleman. Trae consigo los retratos de dos muchachas: Vera Luz Sigmund y Chalía Guerrero. No olvida sus nombres porque son los mejores ejemplos que conserva de su talento. “Estas son mejores que la de Arlen Siu”, indica el autor de la famosa fotografía de la guerrillera sandinista.

Don Américo González lleva el gen de la fotografía en sus venas, pero si fuera posible, activaría una máquina del tiempo para regresar a su juventud y estudiaría Medicina, Química u otra carrera afín. “Nunca disfruté de la fotografía. Me sentí siempre pequeño con ella, yo quería más para mi vida”, lamenta el nieto de nadie menos que Guillermo Alaniz Callejas, mentor de José Santos Cisneros, al que se le conoce como el “Padre de la fotografía nicaragüense”.

El barrio San Juan de León de los años treinta vio los primeros pasos de Américo en el seno de una familia respetada. Y vio también cómo a los 7 u 8 años Américo robaba mangos en un patio vecino y una niña llamada América Labern lo delataba a gritos y trataba de repelerlo a mangazo limpio. Trece o 12 años más tarde, Américo se casaría con América y tendrían siete hijos. “Era una muchacha preciosa, de ascendencia inglesa”, recuerda el fotógrafo de ascendencia española.

Retrato de Arlen Siu, por Américo González.
Retrato de Arlen Siu, por Américo González.

El papá de don Américo era también artista —escritor—, pero cayó en las sombras del mundo bohemio y paulatinamente el licor le quitó todo. Desde muy joven Américo tuvo que anteponer el trabajo a sus ambiciones académicas y la opción más lógica fue aprender del discípulo de su abuelo Guillermo: José Santos Cisneros.

“Luego vinieron los hijos uno tras otro y ya no pude estudiar lo que quería”, dice, a la vez que su hija, Celeste, lo interrumpe riendo: “¡Ah, pero los hijos no vinieron solitos! Ve vos qué lindo…”.
Los consejos de Cisneros fueron valiosísimos, pero el joven Américo no callaba cuando tenía una idea. Hacia finales de los años cuarenta o comenzando la década de los cincuenta, don Américo recuerda que Cisneros fotografiaba una erupción del volcán Cerro Negro, de día, y al ver los resultados, el estudiante señaló al profesor:

—¿Por qué no esperar mejor las seis o seis y media de la tarde, cuando todavía hay luz pero el fuego sale encendido?
—Muchacho —lo corrigió Cisneros— ¿Que no ves que el rojo sale negro?
—¿Y cómo se hacen las fotografías de las candelas encendidas, entonces?

Fue la última vez que se hablaron. Américo comenzó a trabajar por su cuenta improvisando estudios fotográficos en León, después en Managua y posteriormente en Carazo, pues su esposa tenía asma y los médicos apuntaron al calor como la posible causa.

Retrato de Chalía Guerrero, por Américo González.
Retrato de Chalía Guerrero, por Américo González.

“Yo tuve una clientela envidiable fuera adonde fuera, pero en Jinotepe le trabajé a las mejores familias”, recuerda orgulloso don Américo. La de los Siu Bermúdez era una de esas familias. La famosa foto de Arlen Siu fue un regalo para sus 15 años, en 1970, pero por esa clase de retratos don Américo cobraba 900 córdobas de la época. La fotografía la tomó en un estudio improvisado en la casa de un amigo apodado “Chico Chaqueta”. La hizo con luz ciento por ciento natural, como en todos sus retratos, que fueron miles.

Desde los años sesenta, vale mencionar, don Américo entabló amistad con los miembros originales del Frente Sandinista. Su hogar de Managua fue casa de seguridad y su hija, Celeste, quien también es fotógrafa, recuerda “los ojos clarísimos de Carlos Fonseca Amador, cuando se asomaba y preguntaba: ‘¿Niña, está tu padre?’”

El vínculo más grande de amistad lo tejió don Américo con el comandante Tomás Borge, quien en los años ochenta lo llamó para que trabajara en el Ministerio del Interior como interrogador de criminales. Don Américo se espantó y rechazó el puesto sin más. Su labor fue, entonces, fotografiar las cárceles. Registrar en imagen a los presos amontonados unos sobre otros. Ahí tomó algunas de las más horroríficas fotografías de su vida.

 

El maestro Cisneros

Fotógrafo de Rubén Darío y Anastasio Somoza García, don José Santos Cisneros se ganó el título de “Padre de la fotografía nicaragüense” por su maestría en el uso de la luz y su dominio de la fotografía para toda ocasión: bodas, comuniones, funerales, graduaciones, retratos, etc. Su maestro fue el abuelo de Américo González, don Guillermo Alaniz Callejas, quien, en palabras de la historiadora de arte, María Dolores Torres —consultada para un reportaje de la revista Magazine—, fue “un fotógrafo de grandes méritos, experimentado con químicos y emulsiones para preservar fotografías”. Cisneros, como buen discípulo, tomaba fotos de calidad superlativa con su caja Kodak automática. Tenía un salón que permanecía iluminado y funcionaba como galería, con varias de sus tantas fotos en exposición. El maestro Cisneros murió en 1977 a los 90 años.

El fotógrafo del dictador

Porfirio Berríos. LA PRENSA/Luis Gutiérrez
Porfirio Berríos. LA PRENSA/Luis Gutiérrez

Don Porfirio Berríos bajó “todos los santos del cielo” para no trabajar con Somoza. Desde hacía un par de años era fotógrafo del periódico Novedades, pero cubría sucesos y deportes, no las reuniones de los dueños del rotativo. Un sábado de comienzos de los sesenta, sin embargo, Anastasio Somoza Debayle tenía un evento en la explanada de Tiscapa y requería de alguien que tomara fotos inmediatamente. A un Porfirio de unos 25 años de edad le entró miedo y nervios, pero era sábado y él era la única opción, así que ni modo, a envalentonarse. Ese día su vida cambió para siempre.

“¡Me pagaban 10 córdobas por foto, me pagaban bien! Y ese día salí chineado porque salieron como 20 fotos en bisagra del periódico. Compré varias ediciones para regalarlas”, recuerda don Porfirio, a sus 81 años, en el porche de su casa de Managua. Esta, su casa, es el siguiente tema de conversación.

“La gente que me conoce me pregunta que por qué no vivo mejor, si trabajé tanto tiempo tan cerca de los Somoza, pero yo me siento honrado diciéndoles: Porque yo tenía mi salario normal, yo nunca robé un peso ni pedí regalos”.

De izquierda a derecha: Anastasio Somoza Debayle, Porfirio Berríos, Jean-Claude Duvalier (presidente de Haití). LA PRENSA/Cortesía
De izquierda a derecha: Anastasio Somoza Debayle, Porfirio Berríos, Jean-Claude Duvalier (presidente de Haití). LA PRENSA/Cortesía

Su hogar no es muy grande pero es acogedor y cómodo. La pregunta, eso sí, la hacen porque don Porfirio Berríos fue el primer fotógrafo oficial de la Presidencia. Aquel trabajo suyo en la explanada de Tiscapa gustó al jefe de prensa de la cúpula del Ejecutivo y le valió para ser el retratista designado de los presidentes Luis Somoza Debayle, René Schick, Lorenzo Guerrero y después su amigo, Anastasio Somoza Debayle.

“Nos fuimos conociendo poco a poco y había una amistad. No una amistad fuerte, pero sí una amistad. Yo nunca escuché una grosería de él. Era una buena persona, lo que pasa es que la gente que habla no lo conoció”, relata.

Don Porfirio es un señor delgado que, pese a sus 81 años, camina rápido y muestra un entusiasmo contagioso al hablar de su pasado. Ya no tiene aquella cámara alemana Rolleiflex con la que comenzó a trabajar, pero conserva una Minolta de los años setenta en óptimas condiciones.

Luis Pallais, director de Novedades en los sesenta, lo dejó “dobletear” salario como fotógrafo presidencial y del diario, aunque las actividades del mandatario de turno, por obvias razones, iban primero. Así fue que don Porfirio conoció los Estados Unidos, México, toda Centroamérica y algunos países de Suramérica, como Venezuela. “Adonde fuera él iba yo. Él se montaba a su avión y yo me montaba tras él”.

Su extenso archivo para Novedades se perdió, según dice, el 19 de julio de 1979, con el triunfo de la Revolución Sandinista. Las fotos que nos enseña las tomaron amigos suyos que después se las regalaron. En dos aparece con Anastasio Somoza Debayle, en son de cercanía, y en una de ellas se encuentran en Haití junto al presidente Duvalier (hijo).

La tarde con don Porfirio podría seguir por horas. Sus memorias de los 13 años como fotógrafo del dictador Anastasio Somoza, dan la impresión, han estado guardadas por mucho tiempo, y al sacarlas a la luz su narración toma laberintos que se desvían en nuevos relatos.

“A Somoza solo lo vi llorar cuatro veces en mi vida”, cuenta de repente, y enumera: “Cuando murió su hermano Luis, cuando firmó la abrogación del Tratado Chamorro-Bryan, cuando despidió al embajador Shelton, de los Estados Unidos, y el 18 de julio de 1979, cuando se fue en helicóptero y se despidió de su chofer”.
A los pocos días de este último episodio, los sandinistas encerraron a Porfirio Berríos y trataron de acusarlo “de cualquier cosa”, pero él siempre se declaró inocente y a los meses obtuvo la libertad. Lo liberaron el 5 de diciembre de 1979, el día del cumpleaños de Somoza. “¡Este sí que es un día liiiindo!”, se atrevió a decirle don Porfirio al oficial que firmaba su salida. “¡Callate esa boca que si no volvés para adentro!”, le contestaron.

El ojo del terremoto

Nicolás López Maltez. LA PRENSA/Lissa Marie Villagra
Nicolás López Maltez. LA PRENSA/Lissa Marie Villagra

Cuando don Nicolás López Maltez expone sobre la Managua preterremoto, el público escucha, suspira y hasta llora. Él se “adueñó” del siniestro que derrumbó Managua el 23 de diciembre de 1972 con una cantidad amplísima de buenas fotografías del antes, durante y después del caos.

“Pocos creían, casi nadie, cuando les decía que estaba tomando fotos de Managua por si la destruía un terremoto como había ocurrido en 1844, en 1855 y en 1931. Cuando he presentado exposiciones públicas de las fotos de la vieja Managua antes de su destrucción, he visto a gente llorar, como el caso de una señora cuando vio a su padre caminando en una acera de la vieja Managua, cargando unos cachorritos de perro, un personaje que llamaban ‘Veguita’, que vendía perritos”, comenta don Nicolás.

Él nació en 1940, cuando Managua era “una ciudad pequeña o un pueblo grande” que no superaba los 80 mil habitantes. Su padre, Justo Pastor López Rivera, fue pionero de la fotografía a color en Centroamérica y en la producción de postales a color en la región. Es decir, Nicolás, que literalmente nació en la Galería del Arte de Estudios Fotográficos, no pudo tener a un mejor maestro.

“En el mismo tiempo y forma que aprendí a hablar y caminar, aprendí fotografía: en casa. Y aprendí fotografía integralmente, es decir, no solamente el uso de las cámaras, sino la preparación de los químicos y el proceso en el cuarto oscuro”. De hecho, su monografía de graduación en la Escuela de Periodismo de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua incluyó las fórmulas químicas y usos de los reveladores, detenedores, blanqueadores y fijadores para la fotografía y películas de cine.

Fotografía del terremoto de 1972, por Nicolás López Maltez. Cortesía
Fotografía del terremoto de 1972, por Nicolás López Maltez. Cortesía

Don Nicolás fue un trabajador sin descanso. Incluso hoy muchos acuden a él como historiador. En 1963 fundó el “primer noticiero de televisión en la historia de Nicaragua”: Teleprensa, que estuvo al aire desde mayo de 1963 hasta junio de 1979. También filmó películas, introdujo el videotape y hasta fue nombrado presidente de la Asociación de Noticiarios de TV de Centroamérica. Eso sí, nunca dejó la fotografía. Tomaba gusto en inmortalizar paisajes de Nicaragua y fotos urbanas, pero extrañamente no se reconoce como un cazador de lienzos artísticos.

—¿Usted se preocupaba por tomar fotos artísticas, diferentes? —le pregunto.
—No en mi caso, pero mi esposa Nora (q.e.p.d.) fue, indiscutiblemente, la mejor retratista fotográfica de Nicaragua. Fue invitada a exponer sus retratos en la Exposición de Fotógrafos Profesionales de América en Washington —responde.

A las 7:00 de la mañana del 23 de diciembre de 1972, don Nicolás López Maltez tomó una foto del drama del terremoto que luego fue publicada en numerosas oportunidades. Anastasio Somoza Debayle ilustró su libro Nicaragua Traicionada con ella y durante el gobierno de Roberto Bolaños se hizo una estampilla con la misma imagen. También retrató la abrogación del tratado Chamorro-Bryan en 1970 y tomó diversas fotos a Carlos Fonseca Amador en Costa Rica cuando estaba preso, en 1969. Una de esas terminó en un billete que usaron luego los sandinistas y aún hoy puede verse reproducida en incontables murales del país.

Para don Nicolás, el trabajo del fotógrafo se condensa en una palabra: “Apasionante”. Pero dice que lo más justo es otorgarle una frase completa: “Ser fotógrafo es saber ver la vida, la luz, el color, la naturaleza, lo especial, lo raro, lo espectacular y congelarlo en imagen para la posteridad”.

Fotografía de Carlos Fonseca Amador, por Nicolás López Maltez. "Es de las fotos que le tomé a Carlos Fonseca Amador en Costa Rica cuando estaba preso y me mandó a llamar con su esposa María Haydee Terán de Fonseca. Fuimos juntos y le tomé una serie de fotos con una cámara Rolleiflex", dice don Nicolás.  Cortesía
Fotografía de Carlos Fonseca Amador, por Nicolás López Maltez. «Es de las fotos que le tomé a Carlos Fonseca Amador en Costa Rica cuando estaba preso y me mandó a llamar con su esposa María Haydee Terán de Fonseca. Fuimos juntos y le tomé una serie de fotos con una cámara Rolleiflex», dice don Nicolás. Cortesía

Los López, familia fotógrafa

La calle 15 de la vieja Managua pudo presumir en un momento de tener dos de los mejores estudios fotográficos que hubo en Nicaragua: el Luminton y el Foto Técnica. Ambos provienen de la misma familia. Un linaje de expertos en tomar fotografías, desde retratos posados hasta portadas de periódicos.

Quien comenzó la tradición fue Felícito López Narváez. Un amigo suyo de Alemania le enseñó la técnica de la fotografía y él abrió su estudio en el primer cuarto del siglo XX. Sus hermanos se hicieron minuteros, esos conocidos fotógrafos de cajón y trípode que iban de festejo en festejo ofreciendo fotos listas en un minuto (que en realidad se prolongaba a unos tres minutos).

El hijo único de don Felícito, Orlando López Salgado, continuó la tradición, empapando a sus hijos Jorge y Mario en el negocio, y estos a los suyos, Jorge y Douglas. Entre todos han trabajado para agencias de noticias internacionales como Reuters, EFE, AP; para diarios y semanarios como LA PRENSA o El Semanario, y hasta para asuntos oficiales del gobierno sandinista durante los años ochenta. Jorge López, quien ahora tiene su foto estudio en Carretera Norte, aparece en fotografías junto a Daniel Ortega y Sergio Ramírez, el presidente y vicepresidente de Nicaragua en la época, respectivamente.

Hoy Jorge López guarda en una vitrina de exposición un sinnúmero de cámaras antiguas de los años cincuenta, sesenta, setenta, hasta más recientes.

Jorge López con su hijo, Jorge Torres. LA PRENSA/Oscar Navarrete
Jorge López con su hijo, Jorge Torres. LA PRENSA/Oscar Navarrete