Confianza y desconfianza

Los nicaragüenses tenemos todas las razones para desconfiar de Daniel Ortega. Él se ha encargado de decirlo. Recientemente, personas que le han conocido muy cercanamente

Los nicaragüenses tenemos todas las razones para desconfiar de Daniel Ortega.  Él se ha encargado de decirlo. Recientemente, personas que le han conocido muy cercanamente, han recordado que él suele decir que no confía en nadie. Y una persona que no confía en nadie es, por definición, desconfiable.

Pero los hechos avalan esa desconfianza: él hizo todo lo posible para decir, durante quince años, que no volvería a ser el mismo de los ochenta, pero en lo fundamental ha vuelto a lo mismo, bajo nuevas circunstancias. Ya no es viable una economía alternativa a la de mercado, pero sí la perpetuación antidemocrática en el poder, aunque ello haga colapsar en algún momento la economía. Entonces, está ensayando una versión tropical del capitalismo autoritario de China, pero con la variante también tropical de perpetuarse personal y familiarmente en el poder, cuestión inimaginable en China  en que hay una renovación periódica y relativamente competitiva al interior del partido único, del liderazgo.

Tengo una experiencia personal y política de esa desconfianza. En las elecciones del 2006, en que Ortega regresó al gobierno y habiendo Mario Valle, infiltrado orteguista y candidato a diputado de la Alianza MRS, y a su vez responsable del tendido electoral en Managua donde la Alianza era más fuerte, retirado de las Juntas Receptoras de Votos (JRV) a todos los fiscales en los distritos más populosos, nos quedamos sin saber que había pasado en esas JRV. Como en adición el Consejo Electoral se negó a dar el resultado del 8 por ciento de los votos totales, como candidato presidencial de la Alianza MRS me negaba a aceptar el triunfo de Ortega.

Habiéndolo hecho el resto de contendientes, el presidente Carter y su delegación me urgieron una reunión en la cual, entre otros argumentos, me dijeron que Ortega se había comprometido con Carter y su delegación a que inmediatamente, después de tomar posesión, iniciaría un diálogo nacional con todas las fuerzas políticas para acordar el perfeccionamiento del sistema electoral, evitando la partidización (acordada con Alemán) y establecer un proyecto nacional que respondiera a los grandes objetivos del desarrollo nacional.

De mala gana llamé a Ortega, aunque nunca le visité, y la Alianza MRS sacó un comunicado reiterando su desconfianza con los resultados electorales. Ese es un documento público.

Obviamente, Ortega nunca convocó al diálogo que había comprometido con Carter. Ni siquiera, tengo entendido, le tomó las llamadas. Incluso vino en enero de 2007 una misión del Centro Carter para ayudar a organizar el diálogo. No recuerdo que esa delegación del presidente Carter haya tenido un interlocutor importante del gobierno de Ortega, y desde luego el diálogo nunca se convocó.
Lo anterior es solamente una historia parcial de las razones que tenemos los nicaragüenses y en cierta forma la comunidad internacional para desconfiar de Ortega.

Es entendible, entonces, la desconfianza con la cual se ha visto la sorpresiva apertura de Ortega hacia la OEA y el inicio de un diálogo hasta ahora privado entre Ortega y su detestable OEA, y los aún más detestables instrumentos de la misma, entre ellos su Carta Constitutiva, la Convención Interamericana contra la Corrupción, la Convención Americana de Derechos
Humanos y la Carta Democrática Interamericana.

Esa desconfianza procede de nuestra desconfianza en Ortega, no en el secretario general Almagro, quien se ha ganado la confianza del hemisferio a partir, desde su discurso de presentación como candidato a la secretaría general, en que habló de los derechos democráticos como la esencia de la convivencia civilizada, hasta su posición frente a Venezuela.

Almagro es parte de un organismo intergubernamental que tiene normas y organismos de gobierno y cuyos socios principales son los gobiernos. Es fundamental entender que en el Acuerdo que dio inicio al diálogo con el gobierno de Ortega, este explícitamente acepta en el mismo la vigencia de los instrumentos que cautelan el sistema democrático, incluyendo la Carta Democrática Interamericana y la Convención contra la corrupción.

Entonces, en definitiva, está la desconfianza probada en Ortega, con la confianza que inspira Almagro y esperamos que las circunstancias hagan que prevalezca la confianza en el secretario general, pese a que hasta ahora la natural desconfianza en Ortega haya contaminado, en la percepción de algunos, ciertas iniciativas que ha tomado.
El autor es excandidato a la Vicepresidencia de Nicaragua.