¿Trump o Clinton?

Ni Trump ni Clinton parecen ser buenos candidatos, pero al menos, como me decía mi amigo y excanciller Norman Caldera, los gringos pueden elegir entre el malo y el pésimo.

Ni Trump ni Clinton parecen ser buenos candidatos, pero al menos, como me decía mi amigo y excanciller Norman Caldera, los gringos pueden elegir entre el malo y el pésimo. Nosotros no.

Ellos tienen pues esa dichosa potestad; veremos cómo la usan para decidirse entre los dos. Hasta la fecha muchos han dado gran peso a las fallas de carácter o moralidad de ambos —que él es mujeriego o, que ella mentirosa— o a sus planes respecto a la economía, la inmigración y otros temas. Más han dejado fuera del tapete dos inevitables.

Uno es la Corte Suprema de Justicia. En noviembre los estadounidenses no solo elegirán su presidente sino a la Corte que regirá las próximas décadas. Existe una vacante y tres, de los siete magistrados, son muy ancianos. Actualmente tres son de tendencia conservadora y tres liberales.

El próximo presidente postulará sus reemplazos y con ello decidirá la inclinación de la corte por muchos años. Esto tendrá grandes consecuencias, pues bajo el impulso de jueces liberales la corte ha dejado de ser un tribunal que se limita a juzgar la correspondencia de las leyes con la constitución, convirtiéndose en legislador; un hacedor de leyes nuevas, aunque esa potestad está legalmente confinada a las legislaturas estatales y federales.

Trump ha dicho que elegirá jueces similares al recién fallecido Scalia, un constitucionalista estricto. Clinton que buscará quienes protejan las viejas sentencias en pro del aborto y del matrimonio gay.

El segundo tema es, precisamente, el del aborto. Para Clinton debe ser irrestricto; por ser un derecho de la madre que amerita, además, apoyo financiero del estado. Para Trump es repelente la idea de destrozar un feto en estado avanzado de gestación e inaceptable que el estado financie hacerlo.

El peso que debe darse a este tema no depende de las creencias religiosas sino de cómo se defina la naturaleza del feto o del no nacido. Si es un mero tejido, como una muela o un absceso, debe conceptuarse como parte del cuerpo de la madre y ella tiene derecho a extirparlo. Pero si es una vida o ser humano, si bien en formación, entonces tiene derecho a la vida y destruirlo es homicidio.

¿Quién determina si el feto es un tejido o mucho más? Contrario a un prejuicio muy extendido, no son las convicciones personales o filosóficas sino las conclusiones de la ciencia. Biológicamente el no nacido es un ser distinto a la madre, si bien depende y está hospedado en ella: tiene su propio ADN, sexo y tipo de sangre.

Es en base a este hecho, ajeno a cualquier teología, que grandes sectores han asumido la defensa de la vida del no nacido y reclamado la protección del estado y las leyes. La iglesia católica, que ha insistido mucho en la sacralidad de toda vida humana y más aún la de los más débiles, llega incluso a exhortar que no se vote por candidatos que promueven el aborto.

Si este tema no pesa mucho en la consideración de tantos votantes, es posiblemente por el silencio e indefensión de las víctimas, y por los callos morales que han adormecido muchas conciencias. Imaginemos por un instante que un Trump u otro candidato propusiese que se ejecutaran un millón de musulmanes para reducir el peligro de radicales peligrosos. ¿No causaría repugnancia y revuelo mundial? Más no lo produce quien avala la muerte de millones de criaturas inocentes.

Son temas que incomodan a muchos. Pero es inevitable encararlos y votar, consciente de la gran responsabilidad moral que se adquiere al elegir a quien impulsa una u otra alternativa.

El autor fue ministro de Educación en el gobierno de doña Violeta Barrios de Chamorro.
hbelli@cablenet.com.ni

×

Apoye el periodismo independiente. Lo invitamos a compartir este contenido.

Comparte nuestro enlace: