¿Qué pasará en el Congreso?

Estas elecciones generales estadounidenses han sido quizás las más agrias y menos decorosas desde que la Unión Americana se fundó.

Estas elecciones generales estadounidenses han sido quizás las más agrias y menos decorosas desde que la Unión Americana se fundó. Y han despertado un inmenso interés global, incluyendo en nuestro pequeño rincón del planeta.

Yo he aportado mi grano de análisis sobre estos fascinantes comicios en el ágora de ideas que es la sección de opinión de LA PRENSA. He escrito cuatro ensayos remontando a febrero de este año. Y no pensaba escribir más sobre las elecciones hasta después del próximo martes, fecha de la votación. Pero recientemente me preguntó un amigo, ¿y qué pasará en el Congreso?  Se refería a los comicios para los 435 diputados en la Cámara de Representantes y para los 34 escaños en el Senado, la cámara alta del parlamento estadounidense.

Su pregunta es válida porque en Nicaragua hemos fijado nuestra atención en la contienda para la Presidencia. Pero en el vibrante sistema de separación de poderes que impera en Estados Unidos (EE. UU.), el Congreso —que cuenta con dos cámaras una de 100 senadores electos por seis años y otra de 435 diputados electos por dos años— es un poder independiente y poderoso. Recientemente vimos el “músculo” del poder legislativo cuando los diputados aprobaron el proyecto de ley conocido como el “Nica Act”.

Entrando en materia, en la cámara baja los republicanos tienen una fuerte mayoría de los escaños: 247 de los 435. Esta ventaja la lograron después de un excelente desempeño en las elecciones de medio período de 2014. Para retomar control de la Cámara de Representantes, los demócratas tendrían que sumar 30 escaños a los 188 que ahora tienen. Esto es posible pero no será fácil por dos razones. Primero, porque la historia demuestra que los votantes suelen reelegir al 85 por ciento de sus  diputados, y la mayoría de los que no repiten es porque deciden jubilarse. La segunda razón por la cual no es fácil remplazar al diputado de un partido para uno del otro es porque una buena parte de los distritos estadounidenses son configurados para que su perfil demográfico favorezca al partido a que pertenece el que ocupa el curul. Esta práctica se llama  “gerrymandering” y remonta a los primeros años de la república.

Conclusión: salvo que la secretaria Clinton ganase la Casa Blanca con un tsunami de votos, resultado que parece improbable —sobre todo después de la reciente y sorprendente decisión del FBI de reabrir el tema de sus correos electrónicos en vísperas de las elecciones— los republicanos probablemente mantendrán su control de la Cámara de Representantes aunque con una mayoría reducida. Según FOX News, un medio conservador, los demócratas captarán aproximadamente 15 de los 30 escaños que necesitarían para controlar la cámara baja.

En 2014 los republicanos también lograron tomar control del Senado y ahora cuentan con una mayoría de 54 a 46. Los 46 escaños demócratas incluyen a dos independientes que son miembros de su bancada. O sea que los demócratas tienen que ganar cinco curules para alcanzar una mayoría en la cámara alta. Y si sale electa presidente la secretaria Clinton, bastaría que los demócratas aumentasen en cuatro su representación en el Senado ya que el vicepresidente, en este caso Tim Kaine, estaría facultado constitucionalmente a votar en el Senado en el caso de empate.

¿Cuán factible es que el Senado pase a manos de los demócratas? El consenso es que las probabilidades son altas. Hay varios senadores republicanos, como los señores Kirk de Illinois y Toomey de Pennsylvania, que fueron electos en estados tradicionalmente “azules” o demócratas, y sus candidaturas están en “alas de cucarachas” a como decimos en nuestro vernáculo.

O sea que cualquiera de los dos candidatos a la Presidencia probablemente contaría con al menos una de las dos cámaras del congreso en manos de la oposición. Continuaría una suerte de “cohabitación” política en los EE. UU. con una importante diferencia: si ganara la secretaria Clinton, probablemente tendría una mayoría en el senado que le permitiría nombrar jueces de su persuasión ideológica a vacantes en la Corte Suprema, el tercer poder del gobierno estadounidense. Esto es crucial porque la Corte Suprema tiene un poder real en el esquema norteamericano, y sus fallos inciden poderosamente en espinosos temas sociales en las guerras culturales que están convulsionando a la política estadounidense.

Cierro con un último punto. Sospecho que el amigo que me preguntó sobre las elecciones parlamentarias quería formarse una mejor idea de lo que podría pasar con la “Nica Act” después de las elecciones. Tengo dos respuestas. Primero, considero que el parlamento no experimentará un cambio radical después de estas elecciones. Seguirá estando altamente polarizado y dividido en dos fuerzas aproximadamente iguales, a como lo está ahora. Y, segundo, en cuanto a los congresistas que apadrinaron la “Nica Act” —los diputados Ros Lehtinen, Sires, Yoho, Duncan y Wassermann Shultz y los senadores Cruz y Rubio— la mayoría ocupan escaños seguros o, como en el caso de Cruz, no les toca reelección este año. Las excepciones son Ros Lehtinen y Rubio, ambos de la Florida. Este estado es el “campo de batalla” por excelencia en estos comicios y los escaños de ambos cubano-americanos están en juego. Pero, para lo que valga, el senador Rubio lleva una ligera ventaja contra su contrincante demócrata. Y la diputada Ros Lehtinen, creo yo, también tiene una buena posibilidad de ganar a pesar de que representa a un distrito que fue recientemente “reconfigurado” y que es mayoritariamente demócrata. Pero esto no impidió que Ileana lo ganase en 2012 aunque Obama también lo ganó. Esto porque Ros Lehtinen es una abogada incansable para los intereses de sus electores y porque es centro izquierda en temas domésticos aunque es un halcón en temas internacionales.

El autor es ex embajador en Estados Unidos