La soledad del poder

Unos participaron de lleno, heroicamente en los combates contra ejércitos opresores en pueblos y montañas, otros siempre escurrieron el bulto y fueron apareciendo con sus uniformes enlodados

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Querida Nicaragua: Un hombre nunca llega solo al poder. Llega convertido en jefe y a ese jefe lo siguen una serie de individuos que se metieron en la lucha, unos por convicción patriótica, otros por puro aventurerismo.

Unos participaron de lleno, heroicamente en los combates contra ejércitos opresores en pueblos y montañas, otros siempre escurrieron el bulto y fueron apareciendo con sus uniformes enlodados pero sin un solo rasguño en el cuerpo. En fin que cuando llega la revuelta final y todo es anarquía y desorden hay uno más vivo que los otros dando las voces de mando sin que nadie lo haya escogido. El más astuto y calculador y que tenga méritos reconocidos, desde ese momento será el jefe provisional, luego el jefe nombrado por sus compañeros y es quien impone las reglas momentáneamente. Se le consultan hasta los más pequeños detalles.

Una vez en el poder se organiza el gabinete comenzando por el jefe del ejército que aprovechará todo el material bélico abandonado por el dictador derrocado que ya está o muerto o en el exilio. Todo lo demás viene cayendo por su propio peso. El jefe no está solo, nunca está solo. Hombres armados custodian la oficina donde despacha y tiene reuniones diarias con sus compañeros más cercanos, esos son los más importantes miembros de la cuadrilla que está gobernando.

El fin de la lucha del dictador, o líder, o caudillo futuro no ha terminado, apenas está comenzando. Hay presiones por parte del pueblo que participó apoyando la lucha por derrocar al dictador, hay presiones internacionales que están sugiriendo y señalando a los triunfadores como autoritarios, enemigos de las libertades y reticentes cuando se les reclama que permitan la organización de partidos políticos y que propicien elecciones libres en un plazo prudencial. Es otra etapa de la lucha en la cual hay que usar mucha prudencia, una hábil diplomacia y cumplir con las promesas hechas cuando se recibía ayuda de todas partes.

La cuadrilla que acompaña en el poder al nuevo dictador organiza bajo su dirección unas elecciones que el contrincante no pueda ganar. Así el jefe y su cuadrilla ganan por abrumadora mayoría y legalizan el mandato de su presidente por los primeros años de gobierno. La lucha tampoco termina aquí. Surgen guerrillas en las montañas, emboscadas y atentados cada semana, inseguridad en el campo y la ciudad, poca producción de alimentos, militarización en calles y caminos.

Gracias a Dios hay muchos países interesados en la paz. El jefe se somete a elecciones libres y supervigiladas. Pierde las elecciones y la administración, pero no el poder. El ejército y la policía son suyos. Pasan años y el jefe vuelve al poder. Está en la cúspide y ya no puede subir más.

Es aquí cuando comienza para el monarca o presidente, o dictador, o caudillo o sultán, una dramática soledad. Ya están cubiertos todos los escalones del poder y no se puede subir más. El jefe deja de ser en cierta forma un hombre libre, está atado al poder. No podrá como cualquier hijo de vecino ir solo con su señora a un restaurante. Si lo hace habrá un inusitado movimiento militar alrededor del establecimiento y el jefe estará tenso.

No podrá disfrutar tranquilamente de un café en la Plaza Mayor o en la Puerta del Sol en Madrid, tampoco lo podrá hacer en un elegante café de los Campos Elíseos en París porque siempre habrá un paparazzi que lo detecte para tomarle una foto.

El poder debe ser agradable porque se tiene a centenares de funcionarios siempre listos para servirle al jefe, pero tiene el alto costo de la soledad, del retraimiento, del no poder hacer siempre lo que uno quiere hacer. En cierta forma, el poder se paga a muy alto costo, cuando el jefe sube a una cima inalcanzable, paga el precio de una enorme soledad.

El autor es gerente de Radio Corporación y excandidato a la Presidencia de la República en 2011.

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