El espectro de una deidad. Relato de Alí Sobalvarro

El poeta solo tenía 17 años y en su poema de iniciación no sabía por qué sentía más que su existencia e intuía que su inmensidad futura declinaba levemente

Julio cabrales. LA PRENSA/ O.NAVARRETE

A Julio Cabrales, con gratitud

Fue en la revista El Pez y la Serpiente de marzo de 1962. Entonces, el poeta solo tenía 17 años y en su poema de iniciación no sabía por qué sentía más que su existencia e intuía que su inmensidad futura declinaba levemente. El poeta mayor, el exigente Pablo Antonio Cuadra, cuando lo valoró en su real presente vislumbró lo prometedor y no dudó de la novedosa semilla creativa que llegaría a sorprender a coetáneos y futuras generaciones.

Yo supe de Julio en 1952, siendo él un chavalito, cuando su familia vivía en una de las unidades de la Colonia Lugo, contiguo al Club Managua, enfrente del costado noroccidental de la —en aquella época— Catedral Metropolitana, en un hogar modesto, ordenado y decente que mantenía con pulcritud su madre, doña María Venerio. Más tarde, en 1963, Julio viajó a estudiar, leer, escribir, investigar y crear a España donde permaneció por varios años.

Fue en los tiempos que también andaban por allá Horacio Peña, Luis Rocha y otros. Ya para 1967, con solo 23 años de edad, Julio era considerado por la crítica especializada y autorizada uno de los dos mejores poetas de su generación en el país.

Estuve fuera de Nicaragua por algunos años y cuando regresé al país, un día haciendo una gestión en El Nuevo Diario, me encontré en el parqueo con un hombre-espectro, desaliñado y con evidencias de haber extraviado la razón, era él con la mano extendida y fumando sin cesar. Desde entonces lo he visitado algunas veces en su hogar —ruinas del Barrio Hilario Sánchez— la última hace unos días (aparentemente atendido en sus necesidades básicas por una señora de nombre Aura Luz Tablada Hernández, quien dice obtiene algún ingreso del alquiler de dos cuartos de la ruinosa casa) viviendo en una miseria y abandono absoluto, donde falta todo hasta una almohada para reclinar su cabeza.

Ahora Julio es un hombre mayor, tiene 72 años y con su mente totalmente perturbada. La rifa de la vida le fue extrañamente adversa y se ensañó en él implacablemente. Le pregunté si le servirían para algo C$500 y me contesto dame C$10 y me pidió cigarrillos que le conseguí en una pulpería del barrio.

La Revista Literaria El Hilo Azul del Centro Nicaragüense de Escritores, lo distinguió dedicándole su edición del Verano del año 2010 y el Festival Internacional de Poesía de Granada le dedicó el conversatorio-conferencia denominado El Autor y su Obra, en junio de 2016.

El profesor Duncan Lyle solía decir, en mi muerte dirán muchas tonterías acerca de mí y yo tendré que soportarlas callado y sin moverme. Ojalá que este año de la Misericordia que está por terminar y la grande y dulce luna de diciembre que está por venir, alumbren las mentes y los corazones de aquellos que fueron premiados en la Rueda de la Fortuna de la creación literaria y generosamente ayuden en los últimos tiempos de Julio a cerrar el ciclo de su vida en una forma más digna y más humana.

La nobleza siempre ha sido cualidad de seres superiores.

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