Retrato de una noche en Granada

Cuando el sol da paso a la noche, Granada se viste de fiesta. Nos internamos en sus calles y le contamos cómo es una noche completa en La Gran Sultana.

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Vista oeste desde el campanario de la iglesia de La Merced, en Granada. LAPRENSA/Fabrice Le Lous

Granada es tan preciosa a ojos extranjeros que hasta ha sido llamada “El París de Centroamérica”. En Nicaragua hubo hasta risas cuando el Huffington Post publicó su gentil reseña, pero la ciudad colonial se defiende, atrayendo cada vez a más turistas y posicionándose, según datos oficiales, como el atractivo turístico número uno del país.

En Revista Domingo decidimos sacar una noche cualquiera y conocer, hora con hora, cómo es la ciudad nica más visitada cuando el sol alumbra la otra parte del mundo. Es un relato de tragos, bailes, lluvia, prostitutas, amigos, calles desoladas, motorizados y paisajes quita aliento.

5:00 p.m.

Parque Central. Decenas de personas degustan esa tradicional boda de chancho con yuca llamada vigorón. Un matrimonio extraño, donde a veces el novio no es chancho sino chicharrón, y al cual casi siempre se le añade ensalada. Unos la comen para resolver, llenar sus estómagos con algo rápido y rico; otros están en modo descubrimiento, explorando los encantos de un plato para ellos tan exótico como imperdible. Se trata, en ambos casos, de los últimos vigorones que se venderán esta tarde, pues el cielo oscurece y los quioscos cierran temprano. Y yo, de hecho, que no como nada y acabo de entrar a la ciudad, debería estar en otra parte.

Dejo el Parque Central y casi troto, apurado, al filo de un muro en la Calle Real Xalteva. Una cuadra, dos cuadras. Llevo prisa porque conozco un lugar obligatorio para atestiguar los crepúsculos granadinos: el campanario de la iglesia de La Merced. Si fuera claustrofóbico me pensaría dos veces la subida por la angosta escalera de caracol, pero como no es el caso, pronto recorro, junto a un puñado de turistas, la suerte de azotea multibalcón que saluda a los cuatro puntos cardinales de La Gran Sultana.

Somos siete los que buscamos la mejor imagen posible para los lentes de nuestras cámaras. A veces, por la estrechez, entrechocamos. Cuando sucede, lo mejor es que uno de los dos aproveche el ángulo y tome sus fotos, mientras el otro aguarda y disfruta la vista con sus ojos, como en los viejos buenos tiempos.

Desde lo alto de esta iglesia, construida a comienzos del siglo XVI, se observa del lado este la Catedral de la ciudad con el lago Cocibolca a sus espaldas, que se mezcla al fondo con un cielo que no sabe si quiere ser celeste o rosado. Al sur, por encima de los techos de tejas, descansa el majestuoso volcán Mombacho, de cráter quebradizo y ríos de neblina acariciando sus faldas. Y al oeste, el sol se despide dejando un contraluz que divide la postal en dos horizontes: en la parte superior un cielo amarillo con chispas de nubes azuladas, y en la inferior el resto de La Merced y la ciudad de Granada, toda en sombras, salpicada por las luces centelleantes de la municipalidad y los focos móviles de los vehículos. La noche y su relato, oficialmente, han comenzando.

Fachada de la iglesia de La Merced, del siglo XVI, con su campanario. Foto: LA PRENSA / Fabrice Le Lous.
Fachada de la iglesia de La Merced, del siglo XVI, con su campanario. Foto: LA PRENSA / Fabrice Le Lous.

6:00 p.m.

El parque Xalteva está alegrísimo. A las luces artificiales, casi no hay turistas, pero abundan jóvenes granadinos absortos en sus actividades. Por un lado unos adolescentes patinan e intentan hacer trucos con sus tablas para impresionar a curiosas muchachas que los observan sentadas sobre un muro. Por otro, niños pedalean en sus bicis siguiendo a un hombre que lleva “manzanas de miel a diez”. También hay raspados, helados y chucherías, y hay bancas que se convierten en confidentes de parejas graduadas en besos interminables.

La iglesia naranja con blanco y su jardín frontal rinden honor —al igual que la calle adyacente— al antiguo grupo indígena que cohabitó con los españoles durante la Colonia. El parque no es muy grande pero está muy bien cuidado y por la época del año lo han decorado con luces rojas y verdes, ideales para bonitas fotografías. Su rincón más fotogénico es tal vez el camino que bordea la calle, decorado por pérgolas y acompañado por bancas a ambos lados.

Camino de pérgolas en el parque Xalteva, Granada. Foto: LA PRENSA / Fabrice Le Lous.
Camino de pérgolas en el parque Xalteva, Granada. LA PRENSA/Fabrice Le Lous.

 

Ciudad histórica

Granada fue fundada en 1523 o 1524 por Francisco Hernández de Córdoba. La precisión de la fecha aún está sometida a debate. 52 extranjeros, incluyendo a conquistadores españoles y sus esclavos, fueron los primeros en instalarse en la ciudad. Y un total de 65 vecinos, entre ellos 35 comendadores, vivían en Granada para 1578, rodeados de unos ocho mil indígenas. En 2016, la ciudad tiene más de 105 mil habitantes, incluyendo a foráneos.

Entre los granadinos más destacados en la historia del país encontramos a Fruto Chamorro Pérez (1804-1855), nacido en Guatemala pero establecido en Granada y primer presidente de Nicaragua; Sor María Romero (1902-1977), religiosa y beata salesiana cuya obra se aprecia en Nicaragua y Costa Rica; Pablo Antonio Cuadra (1912-2002), ensayista, poeta e intelectual nicaragüense, exdirector del Diario La Prensa; Carlos Martínez Rivas (1924-1998), considerado el mejor poeta nicaragüense después de Rubén Darío, según un reportaje de la revista Magazine, recordado como genio y ermitaño.

La Plaza de la Independencia es, con la calle La Calzada, uno de los principales atractivos de la ciudad colonial. Foto: LA PRENSA / Fabrice Le Lous.
La Plaza de la Independencia es, con la calle La Calzada, uno de los principales atractivos de la ciudad colonial. LA PRENSA/Fabrice Le Lous.

7:00 p.m.

El oficio acaba de concluir en la icónica Catedral de Granada —Catedral desde la creación de la Diócesis en diciembre de 1913. Turistas entran al recinto y feligreses salen. Una señora, en el umbral principal, habla por teléfono, y cada vez que dice algo separa el auricular del oído y acerca el micrófono a su boca. “Sí, ‘perate’, que estoy en la iglesia. Un beso”, vocifera sin cuidado. Tira un onomatopéyico “¡Muaaah!”, guarda el dispositivo en su bolso y entra a la nave principal pisando la alfombra roja. Cerca del altar, varios adultos mayores se congregan para orar.

Afuera, el Parque Central o Parque Colón y la Plaza de la Independencia están llenos. Una patrulla policial vigila la zona y hay docenas de puestos de venta ambulantes para todos los gustos. Unos comen, otros solo cruzan, se toman selfies con las decoraciones de la época, se sientan. Es un ambiente sano. Se siente la tranquilidad de sacar las cámaras al gusto sin miedo a que algún pillo las robe y desaparezca corriendo por un callejón.

Las decoraciones de diciembre llaman la atención de los habitantes. Foto: LA PRENSA / Fabrice Le Lous.
Las decoraciones de diciembre llaman la atención de los habitantes. LA PRENSA/Fabrice Le Lous.

8:00 p.m.

El año pasado los centros turísticos administrados por el Instituto Nicaragüense de Turismo recibieron a 2.3 millones de visitantes nacionales y foráneos, según datos oficiales, y de estos, el 53.5 por ciento pasó por Granada. Debido a este fenómeno, que no ha hecho sino crecer en el último lustro, la ciudad —y sobre todo su centro— se ha ido reinventando a sí misma con restaurantes y negocios que ofrecen opciones para toda clase de paladares. En mi caso, cuando el hambre sonó el timbre de mi noche, elegí The Garden Café.

Se trata de una casa esquinera cercana a la Catedral que es tienda y restaurante a la vez. Tiene un tradicional jardín rectangular en el medio, circundado por tres pasillos; uno es cocina y dos son parte del restaurante, con mesas y sillas de madera por aquí y por allá.

El menú va más o menos así: tabbouleh, humus, couscous, paninis de queso brie, feta, especias y tomate; tablas de quesos europeos, variedad de ensaladas y otra multitud de opciones. Una paleta de sabores extraída del Mediterráneo. Hay un poco de Italia, de Francia, de Grecia, del Magreb, y se los acompaña perfectamente con alguno de los muchos batidos de fruta y vegetales marca de la casa, con vinos o con cervezas artesanales.

A las ocho y media, volviendo a mi noche, no había mucha gente. Apenas tres o cuatro mesas ocupadas por turistas solitarios o en pareja, pero de pronto, un risueño grupo de ocho personas de variopintos rostros, tonos de piel, tamaños y edades entró cantando y se acomodó ruidosamente en dos mesas del lugar. Si celebraban un cumpleaños, el reciente éxito de alguno de ellos o si simplemente visitaban Granada porque sí, no lo supe, pero sus cuchicheos y risas acompañaron al dedillo el sonido del agua de la fuente y a la música ambiente, en ese instante un jazz suave con voz femenina en inglés.

En uno de los muros, una pizarra reza: “Forever is composed of nows”, (Para siempre está compuesto de ahoras), un verso de la poetisa estadounidense Emily Dickinson, siglo XIX.

Muchos restaurantes guardan la arquitectura colonial que caracteriza la ciudad. Aquí, una cerveza artesanal en The Garden Café. Foto: LA PRENSA / Fabrice Le Lous.
Muchos restaurantes guardan la arquitectura colonial que caracteriza la ciudad. Aquí, una cerveza artesanal en The Garden Café. LA PRENSA/Fabrice Le Lous.

9:30 p.m.

Pasar una noche en Granada sin sentarse a comer o tomar algo en La Calzada es un crimen. No exagero. A esta hora, el primer cuarto de la coqueta calle está llenísimo. Las mesas están distribuidas sobre aceras y calles, porque la demanda de clientes así lo exige. Es una antigua vía de piedra que va desde el costado norte de la Catedral hasta el gran Lago de Nicaragua. El camino va acompañada por faroles y restaurantes, posadas, tabernas, bares y agencias de turismo. Cada parcela de local exporta su música sobre su acera y los visitantes caminan a pie o van en bici, porque el acceso vehicular está restringido.

Como yo acabo de cenar, decido que solo tomaré algo, y como me gusta el tenis, escojo el Hotel Darío. Hace un año, el mejor tenista de la historia después de Roger Federer, el español Rafael Nadal, almorzó en el patio de este mismo local. Pero por compartir el ambiente de “Rafa” me aislé un poco de los rumores que llegan de La Calzada… No importa, ya habrá tiempo de volver. Además, es hora de echar un vistazo en Reilly’s, un pub irlandés que, según dicen, tiene los poderes de transformarse en discoteca.

Café "carajillo" en el restaurante del Hotel Darío, Granada, donde el tenista Rafael Nadal almorzó. Foto: LA PRENSA / Fabrice Le Lous.
Café «carajillo» en el restaurante del Hotel Darío, Granada, donde el tenista Rafael Nadal almorzó. LA PRENSA / Fabrice Le Lous.

10:00 p.m.

La barra del Reilly’s no parece sacada de alguna esquina dublinesa. Hay unos cinco tipos que luchan por hacerse escuchar sobre el reggaetón latino que no tiene clemencia por nadie y junto a ellos hay tres mujeres, una sentada sobre la barra de madera oscura con una pierna a cada lado. “Hoy es noche de sexo”, repiten los parlantes. Es un pub tropicalizado. Los clientes bailan en una pequeña pista con un cálido show de luces coloridas, y, para refrescarse, las cervezas salen de un refrigerador que indica -7.6 grados centígrados en su termómetro electrónico. La escarcha que se forma no deja ver las etiquetas de las botellas, pero de eso ya se encargarán los casi 30 grados de temperatura ambiente.

Paulatinamente, y ya con salsa reemplazando al reggaetón, la pista se va poblando. Y poco después, el bar-pub-restaurante-disco admite que no tiene un gusto musical preciso. Ahora suenan ondas de reggae caribeño que ralentizan la cadencia de baile pero pega los cuerpos de los bailarines. Distraído, un perro de pelaje amarillezco cruza la pista y llega hasta mi mesa. Lo acaricio y una muchacha morena, delgada, que lleva un llamativo enterizo blanco, hace lo mismo. Nos sonreímos. El perro se marcha… ¿Y ahora? Nada, que Míster Boombastic se cuela por el dance floor y un treintañero que podría tener más bien 40 aprovecha el ritmo alocado y baja su mano derecha por la parte trasera del vestido rojo aterciopelado de su pareja, mientras sostiene con asombroso cuidado un cigarrillo encendido con su mano izquierda.

—¿Estás cansada? —le pregunta con marcado acento extranjero.

—¡Nooooo! —exclama la morena teñida de rubio.

¿Qué clase de pregunta fue esa? Si el reloj apenas marca las 11:00 y es el turno de que Fat Joe cante junto a su Terror Squad.

A unos metros, la barra sigue siendo ocupada como silla de caballo cuyo jinete es una joven guapa que ayuda a un señor a terminar su cerveza. Mientras lo hace, esboza una espléndida sonrisa que no juega mal con su largo cabello castaño y el corto vestido azul que contorna su cuerpo delgado. Él, gorra verde olivo, camisa ajustada de botones celeste, panza incipiente, le hace caso. Posiblemente la duplica en edad, pero mejor no adivinemos. “Lean back, motherfucker, lean back”, grita el coro de la canción de Fat Joe. Dicho y hecho. El señor se inclina hacia atrás y la cerveza se llamaba. A los segundos, al Fat Joe lo releva una especie de batido cultural sónico. Los parlantes lanzan una samba con sonidos electrónicos, un rap en inglés y un refrán de lo más romántico en español. Vamos, que estamos en 2016, y todavía falta que Rihanna cante su “work work work work work, work”.

Hace un par de tragos dudaba del Reilly’s. De si eso de pub irlandés era su esencia o solo un artificio. Pues importa muy poco. La gente, entre sus gruesas paredes de adobe, sobre su antiguo piso de cerámica y piedra, bajo su tradicional techo de hilos de bambú sujetos por planchas de madera sólida, es feliz.

En el pub irlandés Reilly’s, desde tempranas horas los clientes “transforman” el lugar en disco y bailan hasta el cansancio. Foto: LA PRENSA / Fabrice Le Lous.
En el pub irlandés Reilly’s, desde tempranas horas los clientes “transforman” el lugar en disco y bailan hasta el cansancio. LA PRENSA /Fabrice Le Lous.

Medianoche

De regreso a La Calzada. Parece que la noche recién comienza. Las cocinas siguen abiertas, los cubetazos de media docena de cervezas van y vienen como en desfile patronal y yo escojo una mesa de metal, en la calle de una taberna cuyo menú dedica cinco páginas a bebidas, tragos y cócteles.

A unos metros, un nutrido grupo de enchaquetados rodean tres mesas juntas. Las chaquetas tienen bordada la palabra “Legionarios”. Son quizás parte de algún club de motocicletas pandilleras tipo Harley Davidson. Ya saben, de esos barbudos barrigones que hacen rugir los motores de sus caballos metálicos aunque vayan a 20 kilómetros por hora. Solo que, en honor a la verdad, en la mesa redonda de los rudos hay jóvenes que no cuadran en el estereotipo. Unos no están gordos y un veinteañero hasta salió de la reunión para hablar con una chica de larga falda azul y camisa floreada con escote.

Cualesquiera sean los motivos que hagan pensar que la vida es dura, en La Calzada mueren. El calor de tanta gente feliz es un amable virus que se contagia casi de inmediato. Cada uno tendrá su jornada habitual, su trabajo, sus enredos, sus días grises, pero no esta noche. Hoy, bajo un cielo sin Luna de una noche sacada casi al azar del calendario, la dopamina está en el aire.

Un aullido, de súbito, cruza la calle y me distrae:

—¡Venííí! ¡Vos! ¡Tengamos sexo aquí mismo!

Ocio para unos, trabajo para otras. La prostitución, en Granada, está a la orden de la noche. Los granadinos lo saben, los turistas lo saben, la Policía lo sabe. Es tan común que los gritos no surten efecto alguno en el momento. Quizás lo harán luego, pero los usuarios de las mesas por ahora se aferran a sus coloquios. Hombres, mujeres, negros, blancos, morenos, trigueños; rostros de adolescentes, caras rayadas por arrugas, comensales que resisten al alcohol y otros sin tanta entereza que ya cabecean en los primeros minutos del nuevo día. También hay, entre toda esta fauna, un joven que no suelta su teléfono. Lo mantiene horizontalmente y da la impresión de estar “enllavado” en la imagen y los ruidosos disparos impulsados por sus dos pulgares. Un gamer nocturno que bebe algo en La Calzada. Cada cabeza es un mundo, indica el trillado dicho. Pues sí, lo es. Cada grupito de personas es un micro universo autosostenible. Así tiene que ser una ciudad pequeña pero cosmopolita, que cada año tiene más y mejores valoraciones en páginas web turísticas como Trip Advisor, y que tiene una calle que no duerme, por ahora.

La calle La Calzada es el máximo referente de la fiesta, baile y buena comida de Granada. Foto: LA PRENSA / Fabrice Le Lous.
La calle La Calzada es el máximo referente de la fiesta, baile y buena comida de Granada. LA PRENSA /Fabrice Le Lous.

1:45 a.m.

No recuerdo haber visto el cielo nublado o tengo rato de no levantar la vista, pero de pronto cae una lluvia torrencial sobre Granada. Entre todos juntamos las mesas y las sillas bajo los toldos y yo espero que escampe para darme otra vuelta por Reilly’s. Ya es una hora decente para regresar y apuntar cómo va eso de la disco, pero no puedo ni poner un pie en la calle por los riachuelos que se desbordan en las cunetas. El sistema de acueductos le daría una calurosa bienvenida a una mejora.

20 minutos después, la pista en el Reilly’s está llena. Hay más mujeres que hombres. Cerca de mi mesa tres muchachas bailan con frenesí. Una de ellas, de falda rayada y camisa negra ajustada se acerca a mí, moviéndose sensualmente. Toca mi brazo con su cadera como sin querer, me pide “perdón” y se ríe. Sí, lo sé, quizás fue una invitación, pero algunos estamos trabajando y desconcentrarme a las dos de la madrugada sería irresponsable. Mientras, las otras dos amigas están perdidamente encariñadas. “¡Amigaaaa!”, grita una cuando comienza La Macarena. Y se dan un beso en la boca. Pero no son las únicas. Dos rubias, blancas, besan alocadamente a dos delgados morenos a unos pasos. Es una noche intensa para algunos.

 

¿Por qué llaman a Granada La Gran Sultana?

Quien le puso el apodo fue una noble española del siglo XIX. Se llamaba Emilia Serrano García y era la baronesa de Wilson. Se encontraba en Granada en 1882 y le puso “La Gran Sultana”. Quizás por el parecido de la arquitectura con la Granada española, en Andalucía, una región ocupada durante siglos por los musulmanes, civilización para la cual el príncipe o gobernador es el sultán. Pero se dice, también, que pudo ser porque para la fecha, de acuerdo con un reportaje de la revista Magazine, “el volcán Mombacho era conocido como el sultán”.

Serrano García también le puso a Masaya “La Ciudad de las Flores”.

Vista este desde el campanario de la iglesia de La Merced. En el centro, la Catedral de Granada. Foto: LA PRENSA / Fabrice Le Lous.
Vista este desde el campanario de la iglesia de La Merced. En el centro, la Catedral de Granada. LA PRENSA / Fabrice Le Lous.

3:00 a.m.

Poco a poco, en la pista del pub Reilly’s, las parejas abandonan sus puestos. El local se va vaciando y pregunto si no hay otra discoteca.

“Sí, la Kelly. Está cerca”, me grita un buenhombre en la barra, haciendo aspavientos con un brazo. “Aquí de la esquina seguís recto para allá y son dos cuadras, no te perdés”.

A la primera cuadra hay un tope, en realidad, pero ya llevo un tiempo en Nicaragua y sé que a veces las direcciones hay que interpretarlas. Cruzo La Calzada, más vacía después de la lluvia, y me detengo para tomar una fotografía de la calle mojada. No pierde su encanto. Sigo, recorro la parte trasera de la Catedral despacio. Mi único recelo antes de abrazar esta noche de experimento casi etnográfico, era la seguridad. Estoy solo y es de madrugada, pero al parecer la lluvia no solo guardó mesas, sillas y turistas, sino también a delincuentes. Pocas veces me he sentido tan solo en una ciudad. Llego a la esquina y no veo señales de discoteca alguna. Sí retumban los bajos de parlantes, provenientes de algún lado, pero no hay forma de saber dónde está la disco Kelly. Tomo el camino de la izquierda, sigo dos cuadras por la calle El Caimito y de nuevo un callejón a la izquierda. Mis pies regresan a La Calzada. Decido volver a subir la calle hasta la Catedral, pues no puedo irme sin conocer Kelly. Abro Google Maps y me doy cuenta que estuve a media cuadra del lugar. Sigo caminando y al pasar por una tienda-restaurante llamada Tercer Ojo, una joven de piel muy clara, leggins negros y camisa rosada se levanta de una grada, camina a mi lado con su brazo extendido por unos metros, esperando que le tome su mano, y me dice: “¡Vamos!, ¿ya te decidiste? ¿O no querés sexo?”

La Calzada, luego de una lluvia de madrugada. Foto: LA PRENSA / Fabrice Le Lous.
La Calzada, luego de una lluvia de madrugada. LA PRENSA /Fabrice Le Lous.

Río… Es una aproximación original. “No, gracias”, le digo. Ella también ríe. Es joven. Tendrá quizás 20, 22 años… Sigo mi paso, deseándole en el fondo la mejor de la vidas, y dos minutos después llego a la iglesia amarilla. Ahora sí encuentro la famosa disco Kelly. La entrada está incrustada en un largo muro y no hay un rótulo iluminado que atraiga a interesados. Hay que saber que está ahí o preguntar y obtener una dirección adecuada o consultar a Google Maps o entrar de día. Subo las graditas de acceso y el portero, un señor entrado en años, muy moreno y canoso, me da la noticia: “Ya está cerrado, doctor. Solo esperamos que salgan los que quedaron”.

Si hoy fuera viernes quizás abrirían hasta más tarde, o quizás me daría una vuelta por el Weekend Beach Club, una disco fiestera, según dicen, que está a orillas del Cocibolca. Pero esta es una noche cualquiera, y Granada a las 3:00 a.m. está en silencio.

Regreso al Reilly’s como para despedir la noche. Solo tres tipos resisten, sentados en la barra, junto a sus cervezas. Decido no pedir nada y enrumbo mis pasos al hotel donde reservé una habitación con el deseo de no tener que utilizarla.

5:00 a.m.

El sol ha salido con ganas de colorear. Sus rayos sonrojan las ondulaciones del lago Cocibolca, que a esta hora es una manta rosada. El Mombacho asoma su cabeza por entre la neblina matutina y el sol sube deprisa, deseoso de pintar las tejas de los techos, calentar el adobe de los muros y acariciar más calles de piedra. Es tiempo de estirarse para muchos y entonar sus labores. Mientras los turistas aún se reponen, en sus camas, de la fiesta nocturna, los granadinos ya abren sus puertas y salen a trabajar. Ya va siendo tiempo, también, de que este relato descanse.

La Calzada vista desde la Iglesia de Guadalupe, en Granada. Foto: LA PRENSA / Fabrice Le Lous.
La Calzada vista desde la Iglesia de Guadalupe, en Granada. LA PRENSA /Fabrice Le Lous.

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