Franklin Caldera

El traje viejo del emperador

Tres predicciones he escuchado insistentemente desde mi niñez: la inminente segunda venida del Mesías; el fin del capitalismo y la muerte de Castro (nadie me pronosticó la desintegración de la URSS).  La primera me aterrorizaba. La tercera me pareció siempre remota.

Para comprender la justificación política del poder ilimitado de Fidel Castro es necesario evocar la figura del Rey Filósofo de Platón, ligada al concepto de un Estado ideal cimentado en una rigurosa estructura filosófica.

Teóricamente, el Rey Filósofo es la persona más capacitada para comprender e interpretar esta compleja red ideológica (tratándose del castrismo-guevarismo, es la filosofía marxista-leninista). Por eso su ejercicio del poder es vitalicio y su sabiduría desplaza la opinión pública.

Si bien nadie es realmente Rey Filósofo, para perpetuarse en el poder, todo tirano que pretenda serlo debe actuar como si lo fuera y convencer a muchas personas de que lo es. Pero ningún tirano, en el sentido griego del término (dos de los siete sabios de Grecia fueron tiranos), ni siquiera Mao, ha incorporado mejor la figura del Rey Filósofo que Fidel en la segunda mitad del siglo XX.

A los latinoamericanos nos enorgullecían sus apariciones estelares en la arena internacional: acaparando la atención de los medios en la sede de las Naciones Unidas, con estampa de señor feudal que baja de su castillo para mezclarse con la plebe; o avanzando con aire imperial entre religiosos apresurados que competían por lucirse mostrándole los tesoros artísticos del Vaticano.

Y su magistral dominio del histrionismo: En un documental el máximo líder consulta con las masas el nombre que debe dársele al Partido. Desde su balcón, pregunta a “los de allá… los de acullá” y todos responden: “¡Comunista!” Con gesto de impotencia, extiende los brazos ante un clamor popular que no puede desoír.

Castro fue pieza clave en el expansionismo soviético. Sin la implementación de la revolución a escala mundial, la dictadura del proletariado (el Estado como patrón de todo el mundo), no podrá evolucionar a la sociedad sin clases y sin gobiernos: el fin de la historia (concepto de origen bíblico).

La URSS garantizaba la pureza ideológica de la Revolución Mundial, algo similar al papel de la Iglesia católica durante la propagación del cristianismo (por eso, los activistas sandinistas en el poder, arremetían contra el “diversionismo” ideológico —término acuñado por Raúl Castro—). La consigna del Che Guevara: “¡Un Vietnam, dos Vietnam… muchos Vietnam!” sintetizó la llamada estrategia del dominó (Nicaragua fue uno de esos “Vietnam”, aunque teñida exclusivamente de sangre de hermanos).

El escritor cubano Guillermo Cabrera-Infante (borrado de Cuba por decisión del Comandante en Jefe —nadie tiene derecho a ejercer tanto poder—) señaló que la derecha tiene el “mal histórico” en su contra y la izquierda (que significaba, como señaló Jorge Luis Borges, una idea de fraternidad universal), el “bien histórico” a su favor.

Bajo el manto del izquierdismo, son aceptables en un dirigente revolucionario cosas imperdonables en dictadores tradicionales: el continuismo, el dinastismo, las torturas, los crímenes. Y siempre habrá un cajón de excusas para las crisis económicas que generan las soluciones radicales.

En el caso de Cuba, la justificación por la izquierda se reforzó con el magnetismo personal del Jefe (mezcla del Che, Muhammad Ali y Marlon Brando) que reflejaba una inteligencia excepcional, atemperada por una megalomanía que le impidió desarrollar la flexibilidad necesaria para evitar que el control social absoluto restringiera el élan vital de las nuevas generaciones (no se puede vivir eternamente en un internado, por más magnífico que sea el rector o buena la comida).

Por supuesto que cincuenta años de poder incontestado tienen que producir algunos beneficios, y las sociedades latinoamericanas (donde las clases sociales funcionan como castas, en un engranaje social bastante anquilosado) pueden aprender algo de ese sistema, especialmente en las áreas de medicina preventiva y la relación campo-ciudad.

El legado más difundido del castrismo, además de la visión mesiánica de la izquierda (que de ser una fuerza defensora de los trabajadores, se convirtió en una fuerza destructora y divisionista orientada hacia un futuro lejano), fue la idea —empotrada en el lóbulo frontal del cerebro de millones de latinoamericanos— de que la desestabilización de la economía de mercado beneficiará a los trabajadores.

Con este fin se implementan medidas drásticas que producen beneficios a corto plazo, mientras el deterioro (provocado desde el poder) del área privada paraliza la economía: los supuestos beneficiarios de esta política terminan pagando los platos rotos.

La desaparición física del líder carismático necesariamente generará cambios en Cuba. Esto exige una apertura hacia la isla que implique el fin del embargo impuesto por EE.UU.: un fósil de la Guerra Fría que, en los últimos 25 años fomentó, sin proponérselo, la atmósfera de enclaustramiento necesaria para que los hermanos Castro mantuvieran el sistema intacto (con algunos cambios cosméticos), en un mundo en que China, Europa del Este y Vietnam, abrieron sus economías con resultados sorprendentes.

La reorientación económica en China tuvo éxito porque los chinos implementan sus decisiones entregándose a ellas sin reservas. Los latinoamericanos tendemos a deshacer con la mano izquierda, lo que hacemos con la derecha y viceversa.

La política no es un escenario poblado por Angelotes y diablos mayores ni tiene que ser una guerra eterna. Es una herramienta que debemos aprender a manejar para construir la única Calípolis que no necesita explicaciones ni excusas: una sociedad donde la gente quiera vivir y que atraiga a los que viven lejos.

El autor es  poeta y ensayista.

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