Cayó el telón

Al volver Luis Almagro a Washington, dos cortinas se desplomaron: la longevidad patriarcal de Fidel Castro y el testimonio dejado por Luis Almagro y los sectores de la oposición nicaragüense.

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Dos telones cayeron en el escenario de la palpitación política y de la ceremonia luctuosa. Al volver Almagro a la cuna de la burocracia cuya sede está en Washington, dos cortinas se desplomaron: la longevidad patriarcal de Fidel Castro cuyas cenizas dejaron de ser “secreto de Estado”, deceso que de alguna manera repercute en América Latina y otras latitudes del orbe con menos énfasis, y el testimonio dejado por Luis Almagro y los sectores de la oposición nicaragüense la que siempre llevó su protesta en sesiones maratónicas ante la imagen del secretario regional.

Apagadas las luces en el altar, se erigió la estampa de Castro entre las flores y las letanías del círculo. Con su tendencia de apelar a la sátira, el escritor Jaime Bailey atribuyó la oratoria a las viudas de Fidel en una concentración de visitantes extranjeros donde lloró la palabra, siendo uno de los más lacrimosos el actor genérico Nicolás Maduro. El alba hizo quinta esencia de un espectáculo saturado de historia.

Apagadas las luces para volver a la envolvente rutina, el cortinaje político en Nicaragua estuvo más abierto de lo previsto por la ansiedad de conseguir el equilibrio en el balance institucional del país una aspiración costosa de cuajar. No podía irse el funcionario con el dictamen discernido de su propia iniciativa. La marcha de los opositores y de los ausentes por obstrucciones de “fuerza mayor” esperaban con vehemencia tropical la posibilidad de que se montaran nuevas elecciones, algo que puede ponerse en la agenda pero con la contingencia de que quedase solo como un proyecto iluminado por la ilusión.

Dos cabezas prendieron el fuego en un discurso incisivo que reclamó la derogación del Canal y la repetición de las elecciones, dos mujeres que sin ser titulares de los partidos políticos pero que siempre actuaron con temple varonil, demostrada la precariedad del “sexo fuerte” en esos actos: Francisca Ramírez y Violeta Granera, una novedad en el liderazgo femenino, mujer campesina extraída de la tierra donde florece la raíz de la vida en plenario perpetuo. La procacidad se burla de ella, de su humildad.

Trascendió que Almagro valoró a Daniel como un “agudo político” en una calificación que pudiera tener diferentes interpretaciones, mientras que a Rosario Murillo la saludó desde el inicio del encuentro como la vicepresidenta electa de Nicaragua en una legitimación del nuevo cargo y de los resultados de las elecciones. El lenguaje diplomático es así, es ambivalente, a veces imprudentemente eufórico. Los habitantes en la llanura expresan  las más agudas disconformidades. Un analista escéptico se limitó a decir “son los mismos”. Porque tanto Almagro como su círculo de predestinados están en el poder, de otra manera pero lo usufructúan. Empero esos son los pequeños detalles que ensombrecen la relación entre el burócrata y el hijo  del pueblo.

Creo, anotadas las acotaciones superficiales que el editorial de LA PRENSA es categórico. Almagro hizo representación idónea de su cargo en el cual es facilitador de las crisis en la región, en la reconstrucción de la estabilidad democrática. No paró la oreja en las ostentaciones vanidosas de la clase política ensoberbecida por la vanidad y más bien la levantó donde la lideresa campesina dispuso del tiempo y del valor. Más no podía hacer de sus facultades dependientes de la autoridad presidencial de cada uno de sus ejecutivos.

El autor es periodista.

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