Brunilda, bachiller a los 75 años

Brunilda Novoa se graduó a los 75 años, superó un derrame cerebral y venció las críticas de aquellos que no creyeron en ella.

Doña Brumilda vive en la comunidad Valle de las Zapatas, León. En la misma casa donde nació. PRENSA/Lissa Villagra

Doña Brumilda vive en la comunidad Valle de las Zapatas, León. En la misma casa donde nació. PRENSA/Lissa Villagra

Cuando solo le faltaba un año para graduarse, doña Brunilda Novoa enfermó. Sufrió un derrame cerebral que la apartó de los pupitres y cuadernos, y cuando se recuperaba su familia le dijo que no siguiera esforzándose tanto. Ella quería seguir, y la buena noticia se la dijo su doctor: resultó que el consejo médico era dejarla estudiar, pues ella se alegraba y eso mejoraba su salud. El pasado sábado 3 de diciembre, con sus 75 años y su toga bien puesta, doña Brunilda recibió su diploma de bachiller. “Me sentí grande cuando me llamaron para darme el diploma, porque había triunfado”, dice doña Brunilda con su voz bajita, despacio.

Ese sábado es una fecha que Griselda Vargas nunca va a olvidar. La noche anterior trabajó por horas sin importarle el sueño y el cansancio que tenía y viajó a las 6:00 a.m. de León a Malpaisillo para la graduación de su mamá.

El año pasado sufrió derrame cerebral pero eso no le impidió continuar con sus estudios. LA PRENSA/Lissa Villagra
El año pasado sufrió derrame cerebral pero eso no le impidió continuar con sus estudios. LA PRENSA/Lissa Villagra

“Recuerdo que ese día andaba desvelada y así me fui. Yo dije: “Si la enfermedad de mi madre no fue obstáculo para graduarse, ¿por qué yo no voy a ir a verla?”, recuerda entre lágrimas.

Ese día, su mamá Brunilda se despertó muy temprano para que el bus que pasa a las 6:30 de la mañana por la comunidad Valle de Las Zapatas no la dejara, porque solo pasa tres veces al día. Si se atrasaba, no podría llegar hasta Malpaisillo, donde está el colegio de sus estudios. La noche anterior dejó su toga, ropa y zapatos listos, y antes de irse una sobrina llegó a plancharle el pelo.

Cuando estuvo lista, su hija mayor, Laura Vargas, la acompañó hasta el instituto y allá se encontró con su otra hija que viajaba desde León. Ambas vieron desfilar a su mamá y no pudieron contener sus lágrimas de orgullo al verla recibir el diploma.

Las raíces de Brunilda

Doña Maura Brunilda Novoa Guerrero nació el 22 de agosto de 1941 en la misma casa donde vive hoy, en Malpaisillo, departamento de León. Su familia era muy pobre y por eso ella aprendió a palmear tortillas para ganarse la comida de todos los días. Por esa misma razón, cuenta, no pudo estudiar en un colegio durante su infancia. Sus primeras letras las aprendió de su mamá. Ella le enseñó a leer, escribir y sumar. Por eso, cuando decidió estudiar, entró directo a cuarto grado de primaria.

En su juventud conoció a su esposo Gregorio Vargas. En ese tiempo él trabajaba poniendo la música en una roconola y como a ella le gustaba bailar, llegaba de vez  en cuando. Ahí se conocieron y al poco tiempo se fueron a vivir juntos. De esa relación nacieron seis hijos y cinco hijas, y de todos solo una de sus hijas no pudo estudiar.

Sus hijos la describen como una persona alegre, dinámica y luchadora. Recuerdan que siempre participaba en las celebraciones del Día de la Madre y el canto y el baile eran infaltables. Ahora, por su edad, se le olvidan las letras de las canciones, pero confiesa que le gusta mucho bailar. Cuando era más joven se dedicaba a hacer flores artificiales y de eso vivió durante mucho tiempo.

Doña Brunilda Novoa se graduó a los 75 años como bachiller en ciencias y letras- LA PRENSA/Lissa Villagra
Doña Brunilda Novoa se graduó a los 75 años como bachiller en ciencias y letras- LA PRENSA/Lissa Villagra

La decisión

Algunas de sus amistades le decían que por la buena memoria que tenía sería bueno que estudiara y de tanto que se lo dijeron decidió intentarlo.

“Una amiga me dijo que fuera a Xochitl Acatl (asociación que se encarga del empoderamiento económico en mujeres campesinas y donde también había un programa de becas de estudios) para que comenzara a estudiar. Y yo le decía: ‘Vos sos loca, qué me van a dar mí si ya estoy vieja’. Pero aun así fui y me aprobaron. En ese momento me sentí alegre porque me dije: ‘Voy a realizar mi sueño’”, cuenta entusiasmada.

Doña Brunilda junto a su esposo Gregorio Vargas. LA PRENSA/Lissa Villagra
Doña Brunilda junto a su esposo Gregorio Vargas. LA PRENSA/Lissa Villagra

La noticia tomó por sorpresa a sus hijos y a su esposo Gregorio Vargas. A decir verdad, tenían dudas, pero al verla animada decidieron ayudarla a cumplir ese sueño.

“¿Cómo no iba a apoyar a una persona que quiere ser algo en su vida? Yo me alegré, ya que yo no lo pude hacer que lo haga ella”, cuenta su esposo.

Sin embargo, los comentarios negativos no faltaron. Muchos que le cuestionaron su decisión y le dijeron que no tenía sentido estudiar a esa edad.

“Hubo quien me dijera ‘si ya estás vieja, ¿para qué vas a seguir estudiando?’ Me daba cólera porque decía yo: ‘¿Por qué me quieren ultrajar de esta manera, azarearme?’”, recuerda molesta.

Pero esto no le impidió seguir con su sueño y comenzó una nueva rutina. Las clases eran los sábados de 7:00 a.m. hasta las 3:00 p.m. Ella debía viajar aproximadamente cuatro kilómetros desde su comunidad Valle de Las Zapatas hasta el Instituto Nacional España, en Malpaisillo. Se despertaba muy temprano para tomar el bus de las 6:30 a.m. Durante la semana repasaba todo lo que había aprendido el sábado y con ayuda de su hija mayor hacía las tareas en sus ratos libres. Y cuando volvía la siguiente semana a clases ya se sabía de memoria toda la lección.

Problemas de salud

 Por las tardes ella estudiaba junto a su hija. LA PRENSA/Lissa Villagra
Por las tardes ella estudiaba junto a su hija mayor. LA PRENSA/Lissa Villagra

Doña Brunilda tuvo una embolia cerebral a los 46 años y cuando solo le faltaba un año para culminar la secundaria, sufrió un derrame cerebral. Se ausentó por un tiempo de clases y sus hijos le aconsejaron que era mejor no continuar, pero ella insistía en seguir. Se decía: “Cómo voy a dejarlo si llevo bien altas las notas”. Fue entonces cuando una compañera de clases le propuso que ella copiaría toda la lección y se la llevaría a su casa para que pudiera estudiar, y así cuando estuviera mejor solo llegara a hacer el examen. Brunilda aceptó sin miramientos.

Aun así, sus hijos estaban preocupados porque no querían que ella esforzara de más su cerebro.
“Me decían que no siguiera, que estaba enferma. Yo decía que no, yo tengo que terminar”, recuerda sonriente.

Y recomendados por el doctor, así lo hicieron, hasta que ella concluyó su quinto año junto a sus compañeras de clase. En la sección algunos rondaban los cincuenta, otros estaban en sus cuarenta y muchos viven la treintena de años. Pero ninguno cuenta 75 veranos leoneses.

 

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