¿Qué Pasó?

Son muchos los adjetivos que se han usado para describir las elecciones norteamericanas de 2016.

Son muchos los adjetivos que se han usado para describir las elecciones norteamericanas de 2016. Estos incluyen, entre otras, insólitas y sorprendentes,  surrealistas y hasta ilegítimas. Aparte de cómo se definan, lo seguro es que pasarán a la historia como las que más interés han despertado tanto en Estados Unidos (EE. UU.) como en el mundo entero.

Consiente de lo anterior, estoy trabajando una trilogía de ensayos sobre estos comicios. Ellos procurarán contestar tres grandes preguntas ocasionadas por estas elecciones. Primero ¿qué pasó en ellas? Segundo, ¿cómo paso? Y, tercero, ¿por qué pasó?

En este primer artículo, explicaré ¿qué pasó? En este sentido, -y contrario a lo que prácticamente todos los encuestadores políticos vaticinaban- Donald Trump ganó la presidencia. Y el partido que lo llevó como su abanderado, el republicano, mantuvo su control del Senado y la Cámara de Representantes del Congreso. Esto ha ocurrido pocas veces. Si bien es cierto que esto se dio durante cuatro de los ocho años de la administración de George W. Bush (2003-2007), tenemos que remontar a 1928 para encontrar otro momento en que el “partido de Lincoln” tuviese semejante hegemonía en Washington.

En la votación del 8 de noviembre, los republicanos también aumentaron su número de gobernadores en los estados a 33, igual al 66 por ciento de estos. Este porcentaje no lo habían alcanzado desde 1922. Esto es relevante porque en el sistema federal estadounidense, los estados se reservan una gran cuota de poder, incluyendo el de configurar los distritos electorales cada diez años. Y los que controlan los estados favorecen a su partido a través de este proceso conocido como “gerrymandering”.

El tercer poder del Unión Americana, el judicial, también será afectado por la victoria del señor Trump y de los republicanos. La Corte Suprema cuenta con nueve miembros pero está un miembro corto por la muerte reciente de Antonín Scalía, un jurista conservador.  De los ocho restantes, la mitad son conservadores y los otros progresistas. Ahora le tocará al señor Trump romper este empate nombrando a un nuevo conservador, o al menos es lo que ha prometido. Y con control del Senado, que tiene que ratificar la escogencia de los jueces, los republicanos podrán asegurar, de nuevo, una mayoría conservadora. Pero allí no para, porque tres de los actuales jueces podrán fallecer o renunciar por su edad avanzada durante el tiempo que el presidente electo Trump ocupe la Casa Blanca. Y mientras los republicanos controlen la Casa Blanca y el Senado, podrán reforzar el sesgo conservador de la Corte —y por años porque los jueces son vitalicios—. Esto es importante porque en la guerra cultural que está sacudiendo a la sociedad estadounidense, los fallos de la Corte pueden ser determinantes.

Se manejan algunas percepciones equivocadas en cuanto a lo que ocurrió en estas elecciones. Por ejemplo, algunos piensan que Trump y los republicanos son la misma cosa. ¡No es así!  Aunque el presidente electo decidió postularse para la primera magistratura como republicano no lo hizo por ser ideológicamente afín al partido. Mi tesis es que optó por los republicanos porque vio difícil vencer a Hillary Clinton para la nominación demócrata. O porque olfateó que había cansancio en el país con las políticas demócratas del Presidente Obama. En todo caso acertó. Pero no sin antes provocar un fuerte rechazo del “establishment” republicano durante las primarias. Ahora muchos republicanos se han arrimado a él, como suele ocurrir en la política. Pero muchos de los “sabios” y líderes del partido todavía se sienten incómodo con él y la alianza presidente electo-partido republicano no es robusta.

Otra percepción es que la victoria de Trump fue por una abrumadora mayoría. Esta tesis la está promoviendo el propio señor Trump para crear la impresión de que  cuenta con un mandato electoral. Pero ¡tampoco es así! El presidente-electo obtuvo aproximadamente 63 millones de votos, igual a 46 por ciento de la votación.  Pero Hillary Clinton superó su número de votos por 2,8 millones, obteniendo 65,8 millones de votos, o 48,1 por ciento de la votación. De esta manera, los demócratas ganaron el voto popular por la sexta vez en las últimas siete elecciones. Pero por segunda vez desde 2000, perdieron la Casa Blanca a pesar de haber vencido en la votación popular a su contrincante republicano. Un asterisco histórico: el margen de victoria de la señora Clinton en votos populares fue más de cuatro veces superior al que obtuvo Al Gore sobre George W. Bush en 2000: 2.1 por ciento vs 0,5 por ciento.

Eso me lleva a que el señor Trump ganó las elecciones gracias al sistema de votos electorales estadounidense que asigna todos los votos electorales de cada estado al candidato que sacó más votos en ese estado. Esto aunque la diferencia entre el que quedó en primer y segundo lugar fuese mínima. Curiosamente, durante la campaña el señor Trump criticó al sistema del Colegio Electoral.

Ahora, sin embargo, lo alaba por razones obvias.

Entrando en materia, el señor Trump obtuvo 304 votos electorales versus 227 para Hillary Clinton. Para ganar las elecciones, se necesitan 270 votos electorales y el presidente electo superó este umbral al sorprendentemente ganar Michigan, Wisconsin y Pennsylvania. En estos tres estados combinados, obtuvo 80,000 votos más de los que logró la señora Clinton. Pero esta cifra es sólo igual al 3 por ciento de la amplia ventaja que la señora Clinton le sacó al presidente electo a nivel nacional. Por eso el cuestionamiento de la legitimidad de la victoria de Trump por muchos demócratas, aunque no por la señora Clinton. Ella aceptó que perdió conforme a las reglas establecidas por la Constitución estadounidense.

El autor es politólogo y fue embajador en Estados Unidos.

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