¿Por qué pasó?

La Gran Recesión que comenzó a finales del 2007 creó las condiciones que desembocaron en la sorprendente e histórica elección de 2016 en Estados Unidos.

La Gran Recesión que comenzó a finales del 2007 creó las condiciones que desembocaron en la sorprendente e histórica elección de 2016. Esta contracción económica, la más devastadora sufrida por Estados Unidos después de la Gran Depresión, se debió al estallido de una burbuja en vivienda, a una crisis financiera y al colapso en la bolsa de Nueva York.

Unas estadísticas nos permiten comprender lo severa que fue esta recesión. Durante ella, la economía estadounidense sufrió una contracción de 5.1 por ciento, 8.5 millones de trabajadores perdieron sus empleos, duplicando el desempleo a 10 por ciento, y millones de familia perdieron sus hogares al no poder pagar sus hipotecas.

Para combatir la recesión y la crisis bancaria, en 2008 la Administración de George W. Bush introdujo un programa de estímulo fiscal. Este fue continuado por el presidente Obama. Como consecuencia de este programa, y de la Recesión, el déficit fiscal de los Estados Unidos (EE.UU.) superó un trillón de dólares anualmente entre 2009 y 2012 y la deuda pública norteamericana llegó a superar los US$ 20 trillones.

A pesar de los programas de estímulo fiscal y monetario que el Gobierno siguió, la recuperación económica ha sido anémica. Tan es así que muchos norteamericanos consideran que el país todavía está en recesión, a pesar de que la Gran Recesión oficialmente terminó en 2009. Esta percepción se debe a que la clase media norteamericana —la columna vertebral de la estabilidad política y social que vivió EE.UU. desde el fin de la Segunda Guerra Mundial— todavía no ha recuperado el ingreso que alcanzó en 2000. Para ellos, los últimos 15 años han sido perdidos.

A este tóxico caldo económico, se sumaron otros factores. Por ejemplo, a pesar de que EE.UU. eligió su primer presidente afrodescendiente, Barack Obama, en 2008, los últimos años han sido un período de creciente tensiones raciales. Ejemplos de esto fueron los disturbios callejeros en Ferguson, Baltimore y Charlotte y el asesinato de 9 morenos en una iglesia en Charleston por un joven blanco. Por otro lado, se han exacerbado los temas sociales relacionados a lo que llamo la guerra cultural norteamericana. Estos incluyen el tamaño y rol del Gobierno, el derecho a portar armas, y los derechos de gais. Comentaristas radicales de derecha añadieron otros como la desindustrialización de EE.UU., la globalización y los tratados de libre comercio, la inmigración ilegal, especialmente de latinoamericanos, que están cambiando el rostro de la nación, y, finalmente, programas de “ingeniería social” como el Obamacare. A estos añado la creciente desigualdad de ingresos. Esta brecha es tan grande que el 0.1 por ciento más ricos, que constituyen el 0.1 por ciento de la población, tienen el mismo porcentaje de la riqueza nacional, 22 por ciento, que las 144 millones más pobres del país, incluyendo muchas que son de clase media. Sumando la gota que derramó el vaso, el terrorismo islámico, tenemos los ingredientes que detonaron la convulsión política que vimos este año.

La primera manifestación del descontento serio en EE.UU. se dio en las elecciones de medio período de 2010 y 2014. En las primeras los republicanos se apoderaron de la Cámara Baja del Congreso y en 2014 asumieron control del Senado, capitalizando la inconformidad que existía con el presidente Obama y los demócratas. Inicialmente estos rebeldes se aglutinaron alrededor del “tea party”, un movimiento que reclamaba la falta de disciplina fiscal en el país. Pero su revolución se convirtió en un movimiento más amplio, principalmente de blancos de clase media baja y con poca educación. Estos son los que Hillary Clinton llamó los “deplorables irredentos”, una expresión que seguramente lamenta haber usado.

Después de 2014, estos inconformes sufrieron una metamorfosis política. Dejaron de rechazar a solo los demócratas y comenzaron a oponerse al Gobierno y al “establishment” financiero, económico, mediático, y académico. En efecto, se convirtió en una revolución popular en contra del “status quo”. Para ellos, el país andaba por mal camino y ellos habían sido traicionados por ambos partidos y las élites del país.

El primer disparo de esta revolución, el que demostró su fervor y fuerza, se dio en 2014 cuando el diputado Eric Cantor perdió las primarias republicanas en el séptimo distrito de Virginia. Cantor no era cualquier diputado. Era el jefe de la bancada mayoritaria. Fue derrotado por un economista desconocido a pesar de que Cantor gastó cuarenta veces más en la precampaña que su contrincante. Los votantes le habían dado “un trompón en la nariz a Washington”, a como me comentaron ese año mis vecinos del distrito siete en una tertulia en el punto de reunión de la aldea en donde está mi finca estadounidense: la pulpería/correo.

Aunque la revolución populista había comenzado, el liderazgo de ambos partidos y las élites no comprendieron el fenómeno Cantor. Pero sí “leyeron” lo que estaba pasando en las entrañas del país un senador socialista del pequeño estado rural de Vermont adscrito a la bancada demócrata, Bernie Sanders, y un empresario —más célebre que rico— de Nueva York, Donald Trump. El primero le dio una tremenda batalla para la nominación de su partido a Hillary Clinton, la ungida del “establishment” demócrata, debilitando —en el proceso— a su imagen. Y el segundo ganó las primarias republicanas eliminando a 16 contrincantes —incluyendo políticos veteranos y bien financiados como Jeb Bush— con sus promesas populistas y usando un estilo agresivo, callejero.

El resto es historia. Trump enfrentó a Clinton y a la poderosa maquinaria de los demócratas y la derrotó en lo que fue, quizás, la sorpresa más grande en la política estadounidense. Cómo esto ocurrió lo examinaremos en la próxima entrega.

El autor es politólogo e historiador y fue Embajador en Estados Unidos.

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