Nuevamente estamos comenzando un nuevo año lleno de propósitos e ilusiones. Cabe hacerse la reflexión y preguntarnos hacia dónde vamos como nación y qué puede aportar cada uno de nosotros.
“Estamos bien, pero vamos mal…”, me dijo un amigo recientemente, y creo que esa frase oculta mucho más de lo que parece. En términos económicos, el 2016 cerró como otro año bueno, a pesar de que hubo mucha incertidumbre por el proceso electoral y varias decisiones del Gobierno de las que ya mucho se ha hablado, pero la economía cerró como estaba previsto. Esto no nos debe sorprender, dado que la situación económica es de tendencias, y lo importante no es dónde estamos, sino hacia dónde vamos.
No podemos caer en la trampa del corto plazo y olvidar el mediano y largo plazo. La inversión que nos interesa —la de largo plazo— observa hacia dónde se enrumba el país, pues esas inversiones requieren una amortización que va de cinco a veinte años.
Y alguno de nosotros puede pronosticar —con buena conciencia— ¿en dónde estaremos en cinco o diez años? Muy difícil. Tenemos el reto de crecer más del 4 por ciento, pero en el 2017 debemos curar las heridas del pasado en temas de institucionalidad, transparencia y legitimidad y que ahora son parte de las preguntas obligadas que se hacen los inversionistas.
Nuestro problema no será en el 2017, que está asegurado por las tendencias económicas conocidas. Pero esas mismas tendencias, ¿hacia dónde van? Y pongamos atención a lo que dicen fuentes confiables: “Existe la posibilidad de una fuerte desaceleración de la inversión privada en el segundo semestre del año, luego del auge del 2015” (Funides); o la de una “merma interanual del 27 por ciento en las nuevas construcciones residenciales en el tercer trimestre del 2016” (Banco Central), o la “caída de 3.3 por ciento en el volumen de las exportaciones de nuestro país y del 6.8 por ciento menos en el valor percibido en el 2016”, según estadísticas preliminares del Centro de Trámites de las Exportaciones (Cetrex).
Durante el último mes del año 2016, en AmCham nos hemos reunido con varios empresarios relevantes del país, y todos concluimos que Nicaragua tiene un futuro brillante y que debemos trabajar de la mano con el Gobierno y las otras organizaciones de la empresa privada para hacerlo realidad. Pero hoy más que nunca, está claro que existen nuevos retos —que no son menores— que debemos enfrentar con madurez y sabiduría para salir fortalecidos.
Estos nuevos desafíos requieren devolver la confianza al inversionista, recuperar la credibilidad y mejorar nuestra relación —tan deteriorada— con el principal socio comercial, los Estados Unidos. Eso solo sucederá en la medida que se hagan cambios estructurales que permitan mayor apertura del poder político, más independencia a las instituciones del Estado y una mayor confianza en las decisiones del poder judicial. Mientras no construyamos un país de leyes sólidas no vamos a dar esa confianza a los inversionistas que se requiere para crecer más allá del 4.0 por ciento con pie sólido en el 2018 y más allá. De lo contrario lo único que pasará es el tiempo, con el impacto adverso que debemos evitar.
Hagamos que Nicaragua siga creciendo más allá del corto plazo, vayamos hacia un mejor futuro, que sea sostenible basado en la democracia, las instituciones y las leyes. Es lo mejor para Nicaragua, es lo mejor para todos.
El autor es Presidente de la Junta Directiva de AmCham.