Mueva el dedito y salve vidas

La simple costumbre de utilizar pide vía salvaría muchas más vidas y reduciría la cantidad de accidentes, particularmente aquellos ocasionados por la tal “invasión de carril”

Cartas al Director, farsas electorales

Todos hemos sido afectados por el caos que impera en nuestras calles. Mientras el país brilla por su seguridad y tranquilidad, apartado de la violencia que azota a nuestra región, el tránsito vial se ha convertido en nuestro propio calvario. Todos los días genera vidas sesgadas y lesiones, además de peligro, frustración, retrasos y pérdidas económicas.

Está claro que las costumbres al volante de la mayoría de los conductores son deplorables. Navegar por carretera se asemeja a manejar dentro de un acordeón: algunos temerarios conducen a la mayor velocidad posible, mientras otros juran que la forma óptima de desplazarse es obstaculizar a los demás, manejando a paso de tortuga como si estuvieran celebrando caravana fúnebre.

El desconocimiento y apatía de la Policía de Tránsito hacia las normas y su falta de interés en aplicar la ley alientan la anarquía. Sus únicas funciones (además de recaudar “donaciones”) parecieran ser verificar que los vehículos no atraviesen líneas blancas continuas y atender la interminable multitud de accidentes a menudo con suficiente retraso para ocasionar un tranque y más trastorno.

A esto agregamos la utilización de teléfonos móviles, su perverso uso al volante proscrito por una ley descolmillada ante vidrios delanteros polarizados que impiden aseverar su acatamiento. Pero todavía falta. En medio del circo vehicular también deambula una epidemia de motos, caponeras y humildes carretones halados por bestias esqueléticas cada cual a velocidad aleatoria en función de su potencia y el nivel de pavor del respectivo conductor (y valentía de sus pasajeros).

No vislumbro soluciones factibles a corto plazo. Sin embargo, me llama la atención la omisión generalizada de un hábito cuya imposición obligatoria evitaría una cantidad importante de siniestros. Y se trata de una maniobra tan insólitamente fácil que apenas requiere de un diminuto movimiento del dedo índice izquierdo. Nada más y nada menos.  Hablo de utilizar el pide vía. No cuando nos dé la gana. Siempre. Sin excepciones.

Anunciar con antelación nuestra intención de girar mejora la seguridad de todos los conductores y peatones. Ofrece la oportunidad de reaccionar ordenadamente, sin sorpresas ni maniobras bruscas, y así evitar colisiones. Comunica la intención de pasar otros vehículos y cambiar de carril. También avisa reducción de velocidad al informar que abandonaremos la carretera, entre otros beneficios. Valdría más la pena que la Policía velara por el cumplimiento de esta ley y suprimiera su obsesión por resguardar la línea blanca. La línea difícilmente le salva la vida a nadie, especialmente si de todos modos no se utiliza el pide vía para atravesarla.

La simple costumbre de utilizar pide vía salvaría muchas más vidas y reduciría la cantidad de accidentes, particularmente aquellos ocasionados por la tal “invasión de carril” que últimamente está de moda como catalizadora de desgracias. Además, es gratis, no atrasa, no estorba, no exige mayor esfuerzo físico ni mental. Se puede promover fácilmente mediante las campañas de concientización masivas en las que se luce por excelencia nuestra flamante vicepresidenta.

Sencillamente no existe razón para no poner en práctica el uso universal del pide vía y exigir su cumplimiento inmediatamente.

Abstenerse de consumir alcohol, despolarizar vidrios, apagar celulares, despachar bestias y decomisar motos —o conseguir que los lentos manejen mas rápido y los rápidos mas lento— son objetivos meritorios y cambios que ojalá pronto logremos implementar. Pero lo que más expeditamente podría mejorar ya mismo nuestro animalero vial es tan fácil como mover un dedito y velar porque todo mundo cumpla. ¡Hagámoslo!

Si somos incapaces de tan siquiera literalmente levantar un dedo para detener esta tragedia —o si mover un dedo nos parece una hazaña imposible— verdaderamente estamos condenados como sociedad.

El autor es músico.