Ricardo Trotti

México abofeteado, aturdido y humillado

Desde el alud Donald Trump los mexicanos no entienden por qué les llueve tanta hostilidad gratuita desde el norte.

En México las bofetadas a golpe de tuits sorprenden al lustrabotas como a la ama de casa. Los adagios “del dicho al hecho hay largo trecho” y “perro que ladra no muerde” eran el mecanismo de defensa de un país que creyó que las hostilidades antinmigrante y la construcción de un muro, solo habían sido una estrategia electoral.

A horas del decreto firmado para construir el muro y la promesa de Trump que México pagaría por él, se terminó la incertidumbre que conllevaban las amenazas. Ante el hecho consumado, ya no importa la construcción de la valla, que al fin y al cabo, también evitará el tráfico de armas que se origina desde el norte. Lo que duele es la humillación de un pueblo que no siente que haya provocado grandes males, para que se le pague con medidas tan desproporcionadas, insultos y agresividad que vale para pueblos en guerra.

Duele el irrespeto de una estridente diplomacia trumpista a fuerza de tuits que ridiculiza a cualquiera sin preocupación por las consecuencias. El presidente Enrique Peña Nieto no tuvo otra opción. Canceló su visita a Washington luego que Trump lo destrozara por Twiter: No aparezcas si no estás dispuesto a costear el muro.

Políticos, académicos y la gente dividieron posiciones sobre si convenía el viaje de Peña Nieto. Lo criticarían si iría o no y lo hicieron cuando canceló “porque se tardó mucho en decidir”. Hacer leña del árbol caído no fue difícil con alguien con tan solo 12 por ciento de popularidad.

Más allá de la política, las peores consecuencias se sienten en la economía. Los tuitazos de Trump anunciando indistintamente que cobrará aranceles del 20 por ciento a los productos mexicanos, que impondrá tasas a las remesas familiares, que penalizará a las compañías americanas que sigan fabricando o ensamblando autos en el país o que renegociará a su favor el tratado de libre comercio de América del Norte, desinflaron las reservas en 3,000 millones de dólares, desplomaron los índices bursátiles, devaluaron el peso y generaron una espiral ascendente de inflación.

Lo asombroso es que, a diferencia de otros políticos, Trump está cumpliendo las promesas que hizo en campaña. Lo hace, además, con una prédica nacionalista y el favor de unos sindicatos que solían alinearse con los demócratas. Sumado a esta sorpresa y subversión del orden político, aturde con medidas tan rápidas como lo que tarda en escribir un tuit. Fue humillante para los funcionarios de avanzada de Peña Nieto que discutían con su yerno Jared Kushner algunos puntos de encuentro, saber que en el mismo instante en el salón contiguo, Trump firmaba el decreto por el muro. Lo mismo hizo con los Obama. A minutos de despedirlos en el helicóptero de retirada, entró al Salón Oval y firmó con desparpajo el comienzo del fin del Obamacare, un plan que Obama tardó años en construir.

Su estilo, irreverente, intempestivo, unidireccional sin diálogo ni concesiones, alejado de la diplomacia y las buenas maneras que suelen prevalecer entre buenos vecinos, agrava las medidas polémicas o buenas que adopta. El muro y las políticas antinmigrantes no son nuevas. Bill Clinton inició en 1994 la construcción del muro que hoy tiene un tercio construido de sus poco más de 3,000 mil kilómetros y el “deportador en jefe”, como se alude a Obama, fue quien deportó a más de 2.7 millones de indocumentados. Pese a las buenas o malas razones de entonces, fueron medidas adoptadas con prudencia, pasando debajo del radar de la prensa y lejos de los escándalos.

El mundo está perplejo ante el avasallamiento de Trump a todos los inmigrantes sin distinción de credos y colores. México —así como otros países centroamericanos directamente afectados por el muro y otras políticas antinmigrantes adoptadas— está ante una encrucijada política y económica, a merced de un Trump que se ha autoadjudicado la decisión de su destino. Ese abuso, arrogancia y quita de la soberanía es lo que humilla y aturde.

El autor es periodista argentino.trottiart@gmail.com

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