Educación y manipulación de la historia

La distorsión política de la historia por medio de la educación pública, denunciada por maestros en LA PRENSA de este miércoles, no es nada nuevo. Tampoco esta perversión de la enseñanza es exclusiva de Nicaragua, ni una originalidad de la familia que por ahora detenta el poder y lo maneja autocráticamente, con rasgos que son […]

Estados Unidos

La distorsión política de la historia por medio de la educación pública, denunciada por maestros en LA PRENSA de este miércoles, no es nada nuevo. Tampoco esta perversión de la enseñanza es exclusiva de

Nicaragua, ni una originalidad de la familia que por ahora detenta el poder y lo maneja autocráticamente, con rasgos que son propios del totalitarismo.

Está claro que a los estudiantes se les debe enseñar y explicar los hechos de la historia y hablarles de sus principales protagonistas. Esto es indispensable, porque mediante el conocimiento de la historia se cimenta la identidad nacional y se logra que cada persona se sienta parte de la nación y comparta sus valores y su cultura.

En este sentido, los hechos y personajes sandinistas son parte de la historia y tienen que ser conocidos como realmente fueron por los escolares y todos los nicaragüenses. Como también deben saber de los hechos y personajes de todas las demás corrientes de pensamiento y de actividad política que han habido y hay en Nicaragua.

La historia está formada de acontecimientos positivos y negativos, son parte de ella las dictaduras y los gobiernos de la democracia, las contribuciones de los personajes virtuosos que enorgullecen a las generaciones presentes y las acciones de los canallas que las avergüenzan. La historia de la nación —como la vida de las personas— no se puede cambiar ni se debe falsificar, hay que tenerla presente como realmente fue para poder aprender de ella, aplicar lo que sea aplicable y evitar la repetición de todo lo negativo.

Pero la historia hay que contarla como fue, sin ocultar ni ocultar nada por conveniencia política, como lo hace el régimen orteguista con su sistema de educación pública perverso, politizado, partidizado y sectario.

Hana Arendt, filósofa política germano-americana de origen judío, quien escribió obras fundamentales como El origen del totalitarismo, La crisis de la república, Sobre la revolución y Hombres en tiempos de oscuridad, entre muchas otras, señaló que “la libertad de opinión es una farsa si no se garantiza la información objetiva y no se aceptan los hechos mismos”.

Lo mismo ocurre con la historia, que tal como la enseña la educación pública del orteguismo es una farsa, porque no se basa en información objetiva y veraz ni reconoce los hechos como fueron y como son. Para decirlo con palabras de la misma Hanna Harendt, en vez de una auténtica educación es una imposición ideológica frente a la realidad, propia de los sistemas totalitarios.

El propósito de falsificar la historia es lavar el cerebro de los estudiantes, formar personas sumisas al poder en vez de ciudadanos críticos, libres y dignos como es la misión de la verdadera educación. Pero aún así —recordó Hanna Arendt—, “el mentiroso es derrotado por la realidad”, como lo demuestran los experimentos totalitarios del nazismo y el comunismo estalinista que no pudieron lograr un engaño perdurable.

Es que en el fondo de la conciencia humana permanece viva la llamita de la libertad, la cual bajo determinadas circunstancias estalla en llamaradas que ponen fin a las dictaduras, sean totalitarias tradicionales o regímenes híbridos como las llaman ahora con elegancia académica.

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