Los dioses ya no son los reyes

Los dioses de la mitología griega (y romana, que básicamente es la misma) dejaron de reinar pero no desaparecieron, parece ser una tesis del mitólogo británico Robert Graves

La piedra de Sísifo

Los dioses de la mitología griega (y romana, que básicamente es la misma) dejaron de reinar pero no desaparecieron, parece ser una tesis del mitólogo británico Robert Graves.

El último capítulo (XXVII) del libro de Graves, Dioses y Héroes del Olimpo, se titula El final del reinado de los dioses del Olimpo. Combinando historia y mito Graves ubica ese final en el contexto histórico cuando el cristianismo se convierte en la religión oficial de la antigua Roma.

El triunfo del cristianismo ocurre inmediatamente después de la mítica transformación de Narciso, personaje legendario muy popular en la cultura occidental de cuyo nombre se deriva el narcisismo: la egolatría, el culto a sí mismo, una anomalía de la personalidad que según los psicólogos padecen todos los dictadores y tiranos que promueven el culto a su personalidad.

Cuando Narciso nació, su madre, la ninfa Liriope, pidió al adivino Tiresias que le dijera qué deparaba el futuro para su hijo. Tiresias le respondió que viviría mucho tiempo, siempre y cuando no viera su propia imagen.

Cuando Narciso creció se hizo un varón de extraordinaria hermosura masculina. Todas las mujeres se enamoraban de él, pero a ninguna le hacía caso. También la hermosa Eco, ninfa de los bosques, se enamoró de Narciso e igualmente fue despreciada.

Afrodita quiso castigar a Narciso por su desprecio al amor y para eso lo indujo a mirarse en las cristalinas aguas de un estanque. Y todo fue que Narciso se viera para que se enamorara de sí mismo. Miraba y quería besar su imagen pero al intentarlo solo lograba mojarse la cara. Narciso se obsesionó tanto de él mismo que no quiso separarse del estanque en el que inútilmente intentaba besarse. Hasta que por fin, desesperado al extremo, se quitó la vida.

Apolo se conmovió por el drama de Narciso y lo inmortalizó convirtiéndolo en la flor que lleva su nombre.

Pero Eco también fue castigada, por Hera, porque le dio una pista falsa cuando Zeus, convertido en cisne, sedujo a Leda, la madre de Helena de Troya. La condena de Eco fue a no hablar, solo repetir el final de lo que dijeran los demás.

Según se desprende del relato de Graves, eso ocurría en el mundo mitológico mientras en real moría el último emperador de Roma que creyó en los dioses del Olimpo. Esto ocurrió en el año 363 después de Jesucristo, cuando Juliano el Apóstata, quien había restaurado el culto a los dioses del Olimpo en Roma, murió combatiendo contra los persas.

Las Parcas fueron a donde Zeus y le comunicaron que su reinado había terminado y que debía irse del Olimpo, junto con los demás dioses. Zeus acató la sentencia, pero enfurecido destruyó con sus rayos el gran palacio olímpico.

Los dioses bajaron al mundo terrenal para vivir entre los humildes mortales, con la esperanza de recuperar el poder algún día y volver a reinar en los cielos y la tierra. Pero los predicadores cristianos —dice Robert Graves— los persiguieron implacablemente con la señal de la Cruz, los derrotaron y se apoderaron de sus templos que dieron y consagraron a sus santos principales.

Para tratar de sobrevivir los dioses olímpicos se escondieron en el campo y los bosques y de manera despectiva fueron llamados dioses “paganos” por los cristianos.
Pero aunque perdieron el poder los dioses olímpicos no desaparecieron. Allí está Eco, repitiendo lo último que dicen los demás. Narciso, que se inclina en la orilla de los estanques para verse en el agua. En el firmamento se encuentra Zeus con el nombre de Júpiter, Ares con el de Marte, Selene con el de Luna, Hermes como Mercurio. Y todos los demás también siguen viviendo como constelaciones, estrellas, planetas y otros cuerpos celestes, solo que ahora como objetos y sujetos de estudio científico y no como los dioses y reyes que fueron en su época de poder y de gloria.

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