Futbolista y bailarín, la historia del nicaragüense degollado en Costa Rica

El pasado 19 de enero cinco estudiantes fueron asesinados en Liberia, uno de ellos era nicaragüense. LA PRENSA habla con sus familiares quienes piden que al sospechoso del crimen le "caiga todo el peso de la ley".

Ariel Antonio Vargas Condega. LA PRENSA/CORTESÍA

Ariel Antonio Vargas Condega. LA PRENSA/CORTESÍA

La nicaragüense Francisca Mayela Condega, de 46 años, trabaja de doméstica en Costa Rica, pero hace casi un mes que no va a su trabajo. No ha podido superar el duelo tras la muerte de su hijo. Ariel Antonio Vargas, de 24 años, fue degollado el pasado 19 de enero junto a cuatro estudiantes más en una casa en Liberia, Costa Rica, cerca de la frontera con Nicaragua. Él era el único de origen nicaragüense.

La historia de la familia Vargas Condega comenzó hace 27 años, en 1990, cuando Francisca Mayela Condega emigró de la Isla de Ometepe, Nicaragua a San José, Costa Rica, en busca de mejores oportunidades. Ahí, conoció a quien sería el padre de sus tres hijos, el costarricense José Vargas, conocido como Jorge. Tuvieron tres hijos. Jorge, de 25 años, el mayor; Ariel, de 24 años y Minor, de 21 años. Ariel nació en Nicaragua, pero era nacionalizado costarricense.

A pesar de la trágica muerte de su hermano, dice el menor de la familia, hay paz en su casa. “Gracias a Dios mi mamá se ha aferrado mucho a Dios, que le ha dado paz y fortaleza para salir adelante. Para mí ha sido muy duro, nunca voy asimilar esto pero trata de buscar paz”, dice el hermano menor.

La madre es doméstica, el padre guarda de seguridad y los hijos han tenido que combinar los estudios con el trabajo. Ariel había ingresado en 2015 a la Universidad Técnica Nacional con sede en Guanacaste donde cursaba la carrera de Administración y Gestión de Empresas. Lo había logrado con sus ahorros y trabajo. Además de estudiar, vendía repuestos de carros en una tienda de Liberia.

“Que le caiga todo el peso de la ley”

El pasado tres de febrero fue capturado el principal sospechoso de la masacre, Gerardo Ríos Mairena, de 33 años. Se trata de un exconvicto por drogas, ahora en prisión preventiva por los cinco homicidios y el intento de uno más contra una adolescente de 14 años que sobrevivió a la masacre.

Según el Organismo de Investigación Judicial (OIJ), una obsesión sexual con una de las jóvenes víctimas lo llevó a cometer los crímenes, bajo los efectos de una droga y aprovechando además el acceso que tenía a ellas, al vivir a pocos metros del apartamento propiedad de unos familiares.

“No hay rencor contra él (sospechoso). Más bien que Dios los bendiga. Pero sí pedimos justicia, que le caiga todo el peso de la ley. Su captura nos llenó de un sentimiento de satisfacción como familia, porque una persona como él ya no andará libre por la calle haciendo daño a la sociedad”, cuenta el menor de los Vargas Condega.

Las víctimas

Las otras víctimas de la masacre fueron Joseph Briones Solís, de 22 años; Dayana Martínez Romero, de 24 años; Stephanie Hernández García, de 25 años e Ingrid Masiel Méndez Serrano, de 23 años. Todos estos eran originarios de Upala, cantón fronterizo con Nicaragua, y alquilaban el apartamento a familiares de su victimario mientras cursaban lecciones de verano en la Universidad de Costa Rica. El nicaragüense estaba de visita en esa casa porque era novio de Ingrid Méndez.

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“Como se dice en Costa Rica, apenas jalaban. Él no tenía una relación estable porque primero quería estudiar, prepararse, tener un buen trabajo y ayudarle económicamente a mi mamá”, cuenta el hermano menor. “A veces ella venía a la casa a verlo. A veces él iba a verla a ella, se quedaba toda la noche y regresaba en la mañana para alistarse e irse al trabajo”, dijo.

Futbolista y bailarín

El futbol, dice su hermano menor, era su pasión. Jugó como lateral izquierdo en varios equipos locales y hace algunos años estuvo a punto de debutar en la primera división del Municipal Liberia, pero el club entró en crisis económica y bajó a segunda división. En la UTN jugaba futbol sala. Una lesión lo llevó a dejar la cancha como jugador, pero era asistente técnico de los equipos masculinos y femenino de futsal de la UTN. “Ariel siempre nos dejó sus mejores cualidades, su liderazgo, capacidad de motivar a sus compañeros, su compromiso, respeto y entrega en todo momento. Un joven alegre, inteligente, apasionado del baile popular y el futbol, responsable en sus estudios, esforzado y siempre dispuesto a colaborar. Ariel fue, ante todo, un hombre valiente y luchador”, describió la UTN en un comunicado tras su muerte.

Ariel Antonio Vargas Condega (camiseta roja) fue campeón en 2016 como asistente técnico del equipo Dream Team de la UTN. LA PRENSA/ CORTESÍA

Su última victoria en fútbol sala la conquistó en diciembre de 2016, cuando resultó campeón del Torneo Interno de la UTN sede Guanacaste, como asistente técnico del equipo Dream Team.

Su vicio, dicen sus familiares, eran el futbol y el baile. “¡Ni sabía que mi hermano estaba ahí! ¡Él no tenía que haber estado ahí! Yo no me relacionaba mucho con las amistades de mi hermano. Su único vicio era bailar, lo conocen en Liberia porque bailaba. Nunca se metió en drogas, era el más sano de la familia“, dijo su hermano mayor, Jorge, a un medio costarricense tras la matanza.

Lo último que Minor supo de su hermano fue la noche del asesinato. A su teléfono le llegó un mensaje de texto que decía: “Mae, dónde dejo los tenis”. Un día antes le había prestado sus zapatos.

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