La noche que mataron a Sandino

Luchó en la Guerra Constitucionalista y batalló por seis años contra la Guardia Nacional de Somoza y los marines estadounidenses, pero murió arrodillado y sin defenderse, por una traición bien hilvanada en la Managua de los años treinta.

Anastasio Somoza García junto a Augusto C. Sandino

Anastasio Somoza García junto a Augusto C. Sandino, antes de consumarse la traición y el asesinato. LA PRENSA / Archivo.

Segundos antes de ser fusilado, Augusto C. Sandino se acercó a los generales Juan Pablo Umanzor y Francisco Estrada, también prisioneros, y les susurró algo al oído. Ambos asintieron. Los oficiales de la Guardia Nacional no pudieron distinguir el mensaje, pero acto seguido, Sandino pronunció: “Teniente, deme permiso para ir a orinar”. “¡Orínese aquí nomás, rejodido!”, obtuvo como respuesta. Fue entonces cuando supo que no había más que hacer. No había forma de distraerlos o salir corriendo o dar batalla. Iba a morir sin defenderse. Sin siquiera comprender el motivo, pues recién venía de cenar con Juan Bautista Sacasa, presidente de Nicaragua. Dos impactos de rifle semiautomático Browning le entraron en el tronco y otro balazo le perforó la sien. Profirió un rugido sordo y murió instantáneamente.

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Sandino puso pie por cuarta y última vez en la ciudad que sería su tumba el jueves 16 de febrero de 1934. Abandonó sus montañas de Las Segovias, al norte del país, acompañado por los generales Umanzor y Estrada, los coroneles Juan Ferreti y Santos López, su hermano Sócrates Sandino Tiffer y su padre Gregorio Sandino. Los siete se hospedaron en la casa de Sofonías Salvatierra, ministro de Agricultura y Trabajo, ubicada casi al final de la calle 15 de Septiembre de Managua, donde prácticamente terminaba la capital por aquellos años.

Los detalles figuran en el relato de Abelardo Cuadra Vega, exteniente de la Guardia dirigida por Anastasio Somoza García, en su libro Hombre del Caribe.

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La noche del fusilamiento, minutos atrás, Sandino había intercambiado palabras con sus captores. Incluso, pensando que se trataba de una confusión, había llamado él al desarme de sus generales, que desenfundaron sus pistolas apenas los detuvo la Guardia, en la Avenida del Campo (después Avenida Roosevelt) y les obligó a entregarlas. “No se opongan”, dijo. “Nada malo puede ser. Yo voy a arreglarlo todo”.

El general moriría, sin embargo, de rodillas y fusilado, por orden de Somoza García, la noche del martes 21 de febrero de 1934. Este, para el escritor Sergio Ramírez, acucioso investigador del tema, fue el comienzo del golpe de Estado que Somoza daría a Sacasa dos años más tarde, para después quedarse en el poder por casi dos décadas.

Sentados: América Tiffer de Sandino, madrastra del general, y Gregorio Sandino, padre del general. De pie: Sócrates Sandino junto a su hermanastro, Augusto C. Sandino. Cortesía de Nicolás López Maltez.
Sentados: América Tiffer de Sandino, madrastra del general, y Gregorio Sandino, padre del general. De pie: Sócrates Sandino Tiffer junto a su hermano, Augusto C. Sandino. Cortesía de Nicolás López Maltez.

La política de los últimos días

En la víspera del que sería su último viaje a Managua, Augusto Sandino no ahorró palabras para referirse a Anastasio Somoza García.

“El general Somoza piensa destruirme. ¿Y qué vale el general Somoza? Vale por el empleo. Después, nadie lo vuelve a ver. Yo sí, yo sí soy caudillo. Yo puedo quedar desarmado, pero con un grito que lance, ahí nomás tengo la gente, porque en mí sí creen”. Se lo dijo al ministro de Agricultura, Sofonías Salvatierra.

Sandino se refería a las agresiones que los sandinistas sufrían de parte de la Guardia Nacional en las montañas de Las Segovias en ese año, 1934, según recoge la obra El Pensamiento Vivo de Augusto C. Sandino (tomo II). El libro es un recuento de documentos que exponen la voz del mismísimo “general rebelde” y que fueron seleccionados y comentados por el escritor y ex vicepresidente de Nicaragua, Sergio Ramírez.

En palabras del mismo Sandino, aquí puede notarse su entendimiento del ambiente político que lo rodeaba antes de ser asesinado:

“Me están rodeando; desde hace como un mes la Guardia está tomando posiciones en torno de Wiwilí. ¿Qué es esto? El presidente me está engañando. (—No —le objetó Salvatierra—, el presidente es leal). Pues entonces sus subalternos hacen lo que quieren”.

El presidente de Nicaragua, Juan Bautista Sacasa, abrazando a Sandino en 1933. LA PRENSA / Cortesía Nicolás López Maltez.
El presidente de Nicaragua, Juan Bautista Sacasa, abrazando a Sandino en 1933. LA PRENSA / Cortesía Nicolás López Maltez.

Pese a ello, el general viajó a Managua, por consejo de dos asesores suyos: Salvador Calderón Ramírez y Horacio Portocarrero. Tal vez hubiese sido mejor que no los escuchase. Al día siguiente de haber ingresado a la capital, el 17 de febrero, Sandino dio una entrevista a LA PRENSA. El reportero que subió a la Casa Presidencial, en lo alto de la Loma de Tiscapa, para hacerla, fue Adolfo Calero Orozco, y ocurrió este intercambio de palabras:

Pregunta de Calero: “General, ¿no cree que la Guardia está en la obligación de velar por que no haya dos Estados dentro de uno solo?”

Respuesta de Sandino: “Toda vez que las cosas en el país estén normalizadas, sí señor. Pero el caso es que aquí no hay dos, sino tres Estados: la fuerza del presidente de la República, la de la Guardia Nacional y la mía. La Guardia no obedece al presidente; nosotros no obedecemos a la Guardia, porque no es legal, y así vamos unos y otros”.

Sandino dejó claro que a pesar de haber firmado la paz en 1933, él no estaba dispuesto a entregar armas a la Guardia Nacional mientras esta no fuera una autoridad constituida. La entrevista salió publicada el día 18 y su titular rezaba: En Nicaragua hay tres poderes y yo soy uno de ellos.

Por entonces, Sandino había proclamado que no abandonaría Managua hasta llegar a un acuerdo con Sacasa sobre la Guardia. Al día siguiente, de hecho, le dio una carta al presidente, que el libro El Pensamiento Vivo de Sandino recupera íntegra. En ella Sandino le pide a Sacasa que busque una forma de constitucionalizar la Guardia Nacional como fuerza armada y que garantice la vida de sus hombres en Las Segovias. Ese día, también, se fotografió con el presidente y con Somoza García.

El día 21, quizás a modo de respuesta, se celebró en la Casa Presidencial una cena y un coloquio entre el presidente Sacasa, Augusto Sandino, los generales Umanzor y Estrada, Gregorio Sandino, el ministro Salvatierra y otros invitados. Poco después de las 9:30 p.m., Sandino y su compañía se dispusieron a retirarse. Emprendían el camino hacia la trampa de su muerte.

La última cena de Sandino. Esta pintura de Armando Morales Sequeira es una interpretación de la cena en casa del presidente Juan Bautista Sacasa, momentos antes del asesinato de Sandino. LA PRENSA / Cortesía de Nicolás López Maltez.
La última cena de Sandino. Esta pintura de Armando Morales Sequeira es una interpretación de la cena en casa del presidente Juan Bautista Sacasa, momentos antes del asesinato de Sandino. LA PRENSA / Cortesía de Nicolás López Maltez.

Un plan infalible

Esa noche Sandino moría porque moría. En concordancia con el libro La Historia de la Guardia Nacional de Nicaragua, del historiador Nicolás López Maltez, Somoza había preparado “planes de contingencia colocando emboscadas al carro de Sandino en el Casino Militar, que entonces quedaba en la Avenida Bolívar casi esquina con Calle Colón. Otra emboscada en la Explanada de la loma de Tiscapa, por si acaso Sandino cambiaba instintivamente de ruta o por simple táctica de seguridad. Y otra emboscada más en la casa del ministro Sofonías Salvatierra, donde estaban hospedados los sandinistas”.

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El plan era interceptar el vehículo en el que viajaba Sandino, capturarlo y ejecutarlo. El pacto estaba firmado desde hacía unas dos o tres horas, según el relato de uno de los 15 asesinos que pusieron su nombre: el teniente Abelardo Cuadra.

En Hombre del Caribe, libro-confesión de Cuadra, se narra que a las 4:30 de esa tarde lo citaron a él a “una reunión de urgencia” en el Campo de Marte, cuartel general de la Guardia Nacional, a las 6:00 p.m. A esa hora llegó y se encontró con más de una docena de oficiales del Estado Mayor y otros de posiciones clave. Somoza llegó a las 6:45 y les explicó la razón de la cita: encontrar una solución al “problema Sandino”. La solución elegida fue ejecutarlo. “Total: 14 asesinos y conmigo 15”, escribe Cuadra en su libro.

El historiador López Maltez da por hecho que en la mañana y otra vez en la tarde de ese mismo día, Somoza visitó a Bliss Lane, ministro de Estados Unidos en Nicaragua, para obtener su venia para la misión o al menos advertirle de lo que podía acontecer, insinuando un asesinato de sus guardias contra Sandino por la insistencia de este de luchar por la Constitución. Lo alarmó, según lo que recoge López Maltez en su obra: “No voy a hacer nada sin consultarlo antes con usted”, le había dicho Somoza a Bliss. “Las cosas han llegado a una situación en la que ya no puedo controlar a los guardias”.

Siguiendo meticulosamente su plan de acción, Somoza hizo un instantáneo acto de presencia en la cena de Sacasa y Sandino, pero se marchó rápido diciendo que tenía que ir a otra actividad —que había programado a esa hora en el Campo de Marte para tener una suerte de coartada—: un recital de poemas de la autora peruana Zoila Rosa Cárdenas, que hacía una gira por América Latina.

El show era dedicado a la Guardia Nacional presente en Managua, pero secretamente Somoza mandó a cerrar el complejo del Campo de Marte para que ningún oficial anduviese en Managua mientras su plan se ejecutaba.

 

La muerte del General

Pasadas las 9:30 p.m. Sandino abandona la Casa Presidencial a bordo del automóvil del ministro Salvatierra. Cuando el vehículo va bajando por la Avenida del Campo, el sargento Juan Emilio Canales, que aparentemente arregla una llanta de su vehículo, un forcito (Ford) placa GN-5 que bloquea la vía, los detiene levantando el antebrazo izquierdo y grita: “¡Alto ese carro!”

El carro que lleva a Sandino frena a unas cuatro varas de distancia, Umanzor y Estrada desenfundan sus pistolas calibre 45, pero el dispositivo de Somoza se pone en marcha en un parpadeo. Una docena de guardias se apresuran para rodear el vehículo, fusiles en mano, apuntando, pero Sandino detiene a los suyos.

“¡Un momento, muchachos, ¿qué les pasa?!”, grita. “No se opongan, nada malo puede ser. Yo voy a arreglarlo todo”. Los generales sandinistas entregan sus pistolas.

“Y todos juntos pasaron prisioneros a la fortaleza de El Hormiguero, que quedaba enfrente”, narra el exguardia Cuadra en su memoria.

Lo que sucedió allí fue el último intento de vida de Sandino. Primero creyó que era una confusión, pues venía a cenar con la máxima autoridad de Nicaragua y planeaba regresar a Wiwilí al día siguiente, el 22 de febrero. Poco a poco fue viendo la realidad y trató de convencer a sus captores.

Camión Ford GN-1, en el cual fueron llevados al fusilamiento Augusto C. Sandino y sus ayudantes. Cortesía de Nicolás López Maltez.
Camión Ford GN-1, en el cual fueron llevados al fusilamiento Augusto C. Sandino y sus ayudantes. Cortesía de Nicolás López Maltez.

“Todos somos hermanos nicaragüenses y yo no he luchado contra la Guardia, sino contra los yankis; y no creo que vayan a aprovecharse de la ocasión para hacer ahora con nosotros lo que no pudieron hacer en la montaña. Dígale que yo quiero que me explique lo que quiere hacer con nosotros”, dijo Augusto Sandino al subteniente de la Guardia. El oficial fue hasta el Campo de Marte a decirle las palabras a Somoza y este envió un camión de placa GN-1 para trasladar a Sandino, Umanzor y Estrada a otro sitio.

Don Gregorio Sandino y el ministro Sofonías Salvatierra fueron separados y permanecieron en El Hormiguero. A los tres generales se los llevaron en el camión junto con 10 guardias.

Cuando los hombres de la Guardia Nacional tenían a Sandino listo para ejecutarlo, Anastasio Somoza García vaciló. “Yo no sé si Somoza sintió miedo a la responsabilidad consiguiente o si le vibraría una cuerda noble en su alma”, cuenta Abelardo Cuadra —en su libro—, que se encontraba al lado del general en ese momento. Somoza les preguntó si no era mejor dejar presos de por vida a Sandino y a sus dos capitanes. Sus subalternos votaron por que se cumpliera lo pactado y él aceptó. Sandino trató de hablar. Pidió que le dejaran orinar, trató de idear algo, lo que fuera…

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A él le entró una bala en el pectoral derecho, media pulgada arriba del pezón. Otra le penetró la sien izquierda y un tercer proyectil le impactó entre el plexo y el ombligo, saliéndole al lado izquierdo de la columna vertebral. Los otros dos generales tuvieron suerte parecida. Sus vidas se esfumaron en un santiamén. Los tres cuerpos fueron saqueados de sus pocas pertenencias y se dice que los guardias se dieron gusto incluso pateándole el rostro y hasta los testículos al “General de Hombres Libres”, apelativo que le pondrían años después a Sandino.

Subteniente Eddy Monterrey, primero en disparar a Sandino. Cortesía de Nicolás López Maltez.
Subteniente Eddy Monterrey, primero en disparar a Sandino. Cortesía de Nicolás López Maltez.

Las armas que se usaron fueron ametralladoras Schmeisser alemanas, rifles automáticos Browning y rifles Springfield. El subteniente Eddy Monterrey, según relata Abelardo Cuadra, fue el primero en disparar a Sandino.

Ellos tres no fueron los únicos asesinados esa noche. En la casa del ministro Salvatierra, mientras él estaba apartado en El Hormiguero, también hubo matancina. La Guardia mató al hermano de Sandino; Sócrates, quien murió peleando; a un niño de 10 años criado del hogar, de nombre Juan Ramón López, y a Rolando Murillo, yerno del ministro. Santos López, coronel sandinista que no había ido a la cena presidencial, logró saltarse la tapia y huyó, se dice, herido de bala en una nalga. Juan Ferreti no se encontraba en la casa y logró esconderse por unos días. En aquella Managua pequeñita, cuyo sur era la Loma de Tiscapa, los balazos resonaron por todo lo alto. Se dice que el presidente Sacasa pensó que le hacían golpe de Estado. Eso vendría más tarde, en 1936.

Las últimas palabras de Augusto C. Sandino fueron: “¡Jodido, mis líderes políticos me embrocaron!”

El asesinato de Sandino según la versión artística del pintor Armando Morales Sequeira. LA PRENSA / Cortesía de Nicolás López Maltez.
El asesinato de Sandino según la versión artística del pintor Armando Morales Sequeira. LA PRENSA / Cortesía de Nicolás López Maltez.
Emboscada a Sandino en Managua (1934) / Fuente: libro Hombre del Caribe, de Abelardo Cuadra.
Emboscada a Sandino en Managua (1934) / Fuente: libro Hombre del Caribe, de Abelardo Cuadra.

 


 

La lucha armada de Sandino

Augusto C. Sandino luchó con los liberales en la Guerra Constitucionalista (1926-1927) y combatió la invasión de fuerzas estadounidenses y de la Guardia Nacional somocista entre 1927 y 1933, en Las Segovias, con su Ejército Defensor de la Soberanía Nacional (EDSN).
“Rechazó el Pacto de El Espino Negro (tratado de paz de la guerra, firmado el 4 de mayo de 1927), se negó a entregar sus armas a los norteamericanos y se lanzó a la guerra contra las tropas de la Infantería de Marina de Estados Unidos”, apunta el historiador Nicolás López Maltez en su libro La Historia de la Guardia Nacional de Nicaragua.
Cuando por fin se marcharon los marines de Nicaragua, en 1933, Sandino firmó la paz con el presidente Juan Bautista Sacasa, pero se negó a entregar sus armas a la Guardia Nacional de Somoza, pues no estaba debidamente constituida en la Ley.

 

La tumba del guerrillero

¿Dónde está enterrado Augusto Sandino? Hay dos grandes hipótesis. Junto con sus generales Umanzor y Estrada, Sandino fue asesinado —explican historiadores—, en lo que hoy se conoce como el barrio Larreynaga, pero antes era un camino que conectaba Sabana Grande con la capital, llamado Camino Solo, y estaba cerca del campo de aviación construido por los marines estadounidenses.

Esa noche, la Guardia mató a otros tres en casa del ministro Sofonías Salvatierra y enterró un total de cinco cadáveres en una fosa común que se hizo en los terrenos al noreste del Aeropuerto Xolotlán, en los “predios ya desocupados del Hospicio de Huérfanos Zacarías Guerra”, apunta la obra La Historia de la Guardia Nacional de Nicaragua. El cadáver que no fue puesto bajo tierra de esta forma fue el del hijo de Salvatierra.

Cuando triunfó la Revolución Popular Sandinista, en 1979, Sergio Ramírez, parte de la cúpula del nuevo partido gobernante, contactó a Abelardo Cuadra, exguardia somocista, que aseguraba saber exactamente dónde estaba la fosa común con los restos de Sandino. Juntos llevaron a cabo una excavación con la ayuda de expertos en Arqueología.

“Se excavó y no se encontró nada y no sé cómo otro exguardia, de apellido Duarte, apareció y dijo Abelardo que sí, que él también tenía que ver en el entierro, entonces este señor Duarte decía que Abelardo no sabía bien dónde era y que él sí. Yo recuerdo que Tomás Borge me llamó a los días y me dice: ‘¿Ideay, quién va a volver a adoquinar allí?’ Y pues no se encontró nada. No había ningún resto de ser humano ahí”, explica Ramírez.

Ramírez y el historiador Nicolás López Maltez concuerdan en una teoría que surgió luego, en la cual se plantea que en julio de 1944, durante unas fuertes manifestaciones populares en contra de Somoza García, él tomó la decisión de desenterrar los restos de Sandino para impedir que sus opositores tuviesen o creasen un sitio de culto para su figura. Según testimonios recopilados en el libro La Historia de la Guardia Nacional de Nicaragua, se expone que los restos de los cinco asesinados fueron extraídos de la tierra, quemados, y las cenizas lanzadas al lago Xolotlán.

 

Henry Lewis Stimson

El historiador Nicolás López Maltez defiende una teoría distinta sobre el asesinato de Augusto C. Sandino. Para él, lo mató “la Inteligencia de los Estados Unidos, a través de Henry Lewis Stimson”. Este último vino a Nicaragua y fue clave para el tratado de El Espino Negro y la firma de la paz, en el año 1927.
López Maltez sugiere que Anastasio Somoza fue solo el sicario que usó Estados Unidos para liquidar al hombre que luchó contra los marines. El capítulo 19 de su libro, La Historia de la Guardia Nacional de Nicaragua, de hecho, se titula: La muerte de Sandino paso a paso (Sacasa fue el queso, Sandino el ratón y Somoza la ratonera).
El historiador explica que, para él, “esta es la forma en que Estados Unidos opera en los países como Nicaragua”. Y como Sandino hizo caso omiso a El Espino Negro y siguió enfrentando a los marines solo dos o tres meses después de firmada la paz, “buscar la forma de matarlo hubiese sido una suerte de venganza para Stimson”.
Entre otras muchas misiones que impactaron las relaciones internacionales de los Estados Unidos, Henry Lewis Stimson estuvo a cargo del Proyecto Manhattan, donde se desarrollaron las bombas atómicas que sacudieron a Japón en agosto de 1945, durante la Segunda Guerra Mundial. Él decidió, según historiadores, lanzar la primera bomba sobre Hiroshima para forzar a Tokio a capitular.
No obstante, tanto el historiador Bayardo Cuadra como el escritor y ex vicepresidente de Nicaragua, Sergio Ramírez, difieren de esta visión. Para ellos, Somoza actuó por y para su propia ambición, “como el hombre astuto que era”.

El muchacho de Niquinohomo

Sandino llevó este apellido a partir de sus 11 años, cuando su padre finalmente lo aceptó.

Augusto Nicolás Calderón (y no César, como a veces se le llama equivocadamente) nació oficialmente en Niquinohomo, Masaya, el 18 de mayo de 1895, aunque en el libro Maldito País el propio Sandino corrige al periodista y autor, José Román, diciéndole que en realidad nació en esa fecha pero un año antes, en 1894.

Su madre fue Margarita Calderón, una cortadora de café, y su padre el agricultor y empresario Gregorio Sandino, patrón de Margarita. Tuvieron relaciones y cuando ella quedó embarazada de él, Gregorio no la buscó más en el pueblo de Masaya.

En el libro Maldito País Sandino cuenta lo duro que fue su infancia al lado de su madre, ayudándola en sus jornadas de recolectora.

A sus 11 años el niño miró a don Gregorio en el pueblo y le preguntó si él era su papá. A partir de entonces, este lo dejó vivir en su casa y le dio su apellido.

Según la obra Sandino, del historiador Alejandro Bolaños Geyer, Sandino se convirtió en guerrillero hasta que cumplió los 32 años de edad, en 1926. Antes vivió y trabajó en México y en otros países de Centroamérica, donde se destacó como un obrero responsable y fiel.

Monumento a Sandino en la Loma de Tiscapa, donde antes del terremoto de 1972 estaba la Casa Presidencial. LA PRENSA / Archivo
Monumento a Sandino en la Loma de Tiscapa, donde antes del terremoto de 1972 estaba la Casa Presidencial. LA PRENSA / Archivo.

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