Crítica de cine: La Gran Muralla

Juan Carlos Ampie, crítico de cine, ya tiene el veredicto sobre la película Moana, un Mar de Aventuras.

Cuando se anunció que Matt Damon protagonizaría La Gran Muralla, las acusaciones de colonialismo empezaron a volar. El mundo no necesita otro filme donde el hombre blanco anglosajón “salva” a una etnia diferente… y de remate, de los creadores de El último Samurai (2003). Ahora que la película se estrena, descubrimos que es un inocuo subproducto de otra especie de fenómeno: la globalización. Esta coproducción de China y Hollywood, lejos de ser una épica histórica de pretensiones serias, es una pieza de escapismo fantástico.

William (Matt Damon) y Tovar (Pedro Pascal) son mercenarios detrás de una nueva invención china: la pólvora. La misión se complica cuando una misteriosa criatura los ataca al abrigo de la oscuridad. Huyendo, son apresados por el ejército que resguarda la gran muralla. Pero la garra que llevan como trofeo les salva la vida: pertenece a un Tao Tie, una especie de bestia creada por los dioses para castigar la codicia del hombre. La muralla y el ejército existen para contener la avanzada de una manada de Tao Ties que, periódicamente, tratan de llegar a la capital del imperio. Willam y Tovar enfrentan una encrucijada: aprovechar el caos para cumplir con sus planes egoístas o ayudarle a sus captores a luchar.

Juan Carlos Ampié, crítico de cine.
Juan Carlos Ampié, crítico de cine.

El director Zhang Yimou controla los elementos creativos de La Gran Muralla con mano certera. Sin embargo, el material se siente por debajo de su nivel. Miembro de la “quinta generación” de cineastas educados en la Academia de Cine de Beijing, alcanzó proyección internacional en los año 90 con dramas de época bellamente producidos. Los premios en festivales occidentales y su interés por el lado oscuro de la naturaleza humana lo pusieron en la mira de los sensores. La presión oficialista lo empujó a refugiarse en el género wuxia, filmes de artes marciales escenificados en un pasado idealizado —véase Héroe (2002)—. Zhang ha encontrado un punto de equilibrio entre la aquiescencia y la independencia. Fue reclutado para dirigir la ceremonia de apertura de los juegos olímpicos… y filmó una shakespeareana alegoría de la autocracia en La maldición del crisantemo dorado (2006).

La fantasía de La Gran Muralla solo puede meterlo en problemas con los críticos de cine. Es un producto que sigue la receta del producto taquillero ideal: abundan los efectos especiales y las secuencias de acción que no estarían fuera de lugar en un videojuego. El reparto cruza nacionalidades para facilitar la identificación del público más amplio: Damon y Willem Dafoe conectan con el público gringo. El chileno Pedro Pascal (Juego de Tronos, Narcos) trae a los hispanos y a los fanáticos de esas series populares. Tian Jing, como la comandante Lin Mae, es la estrella asiática del momento, pronto la veremos en los taquillerazos predeterminados de Kong: Skull Island (2017) y Pacific Rim: Uprising (2018). Los cinéfilos pueden atesorar la aparición de Andy Lau, estrella de la original Infernal Affairs” (2002).

El problema de las recetas transculturales es que pueden tener un sabor genérico: diálogos simples y expositivos, una trama tan básica que se desvanece como humo. Todas las reservas de ingenio se agotan en la visualización y el espectáculo. Las acciones tienen poco sentido, pero se ejecutan con sublime artesanía. El ataque de “Las Grullas” es emblemático: Lin Mae comanda una escuadra de mujeres combatientes que se tiran al vacío con cuerdas elásticas, para ensartar Tao Teis con sus lanzas, uno a la vez. Pésima estrategia, pero se ve muy lindo. Como si los acróbatas del Cirque du Soleil hicieran un show temático de guerra. La Gran Muralla es un espectáculo que recompensa las expectativas más modestas.

 

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