Crítica de cine: Rápido y Furioso 8

Juan Carlos Ampié, crítico de cine, ya tiene su valoración Rápido y Furioso 8 que se estrenó esta semana. Revista Domingo se la cuenta

Rápido y Furioso 8

Rápido y Furioso 8

Las escenas promocionales de Rápido y Furioso 8 sacrifican la única sorpresa del filme: Dominic Toretto (Vin Diesel) le da la espalda a su familia para convertirse en cómplice de Cypher (Charlize Theron). Ella es una hacker con nebulosos planes que involucran armas nucleares. O algo así. La pandilla se alinea con Hobbs (Dwayne Johnson), quien debe detener a la renegada siguiendo las órdenes del Sr. Nadie (Kurt Russell).

Después de siete entregas, las convenciones de la franquicia se han acumulado, como requisitos que deben cumplirse. Algunas son heredadas: el episodio introductorio que tiene poco o nada que ver con la trama principal viene cortesía de James Bond. En este caso, Dom y Letty (Michelle Rodríguez) disfrutan de su luna de miel en Cuba. La deuda de un primo lo empujan a jugarse una carrera con un vividor local, que se desarrolla en las calles de La Habana Vieja, culminando explosivamente en el Malecón. La locación exótica, la escala modesta del desafío, y el vigor de la cámara del director F. Gary Gray se confabulan para darle un clímax prematuro al filme. Cuando la trama entra en movimiento, todo se degrada paulatinamente. Por mucho, es la peor entrega de la serie.

Las hiperbólicas escenas de acción son su razón de ser: una persecución nocturna en las calles de Berlín, aderezada por una bola de demolición; un virtual derby de demolición en Nueva York, protagonizado por vehículos manejados a distancia por los malos; una carrera desenfrenada entre un pequeño escuadrón de coches de nieve —y un incongruente Lamborghini—, contra un submarino nuclear en Siberia. Menos que episodios narrativos son ejercicios conceptuales. Su ridiculez los hace funcionar como distracción. Para las próximos películas, solo les queda recurrir a naves espaciales para sorprender.

Juan Carlos Ampié, crítico de cine.
Juan Carlos Ampié, crítico de cine. LAPRENSA/ ÓSCAR NAVARRETE

El problema está en el tejido conjuntivo del filme, el drama que debería hacer vibrar nuestras emociones y mantener algún interés en lo que sucede en la pantalla. Los motivos de la traición son explicados rápidamente. El conflicto principal esta diseñado únicamente para la venta de la película. Una vez que el incauto está sentado en la butaca, el exceso de estímulos, el ruido y la edición abrupta deben bastar para hacerle creer que se está entreteniendo.

El carisma de las estrellas tendría que suplir las deficiencias de humanidad, pero los realizadores también fracasan en ese frente. Theron representa un golpe magistral de casting. En una especie de homenaje, le ponen la peluca de Angelina Jolie en Gone in 60 Seconds (Dominic Sena, 2000), precursora de esta serie. No sé si la referencia es intencional, pero les daré crédito por ella. Por lo demás, la película no sabe qué hacer con ella, encerrándola en un absurdo avión de lujo, donde tiene que teclear de vez en cuando y gritar líneas como: “¡Alguien tiene que hacer algo ya!” Parece una mochilera peleando por la cuenta en el hostal más barato de Granada. Los diálogos son como las líneas descriptivas que los guionistas escriben mientras se les ocurre algo mejor. Solo que aquí las dejaron en la versión final. Johnson y Jason Statham apenas salvan las escenas de acción que les tocan, a punta de carisma y presencia física.

Nada de esto parece molestarle al público. La película tuvo un desempeño poco satisfactorio en la taquilla norteamericana, vendiendo menos de 100 millones de dólares. Sin embargo, las recaudaciones globales ascienden a 700 millones, garantizando la viabilidad económica de la franquicia. Ya están aprobadas dos secuelas más. Nada tiene que tener sentido, si ustedes están dispuestos a pagar por lo que sea.

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