La fiebre del oro en Villanueva, Nicaragua

La tierra en Villanueva es moneda de pago. Una pana de tierra puede ser el salario de una jornada de trabajo y tierra le llevan al cura de la parroquia como limosna. Esa tierra sale de una vieja mina donde muchos jóvenes llegan a buscar oro en ella

oro, Chinandega, Villanueva

Mineros artesanales buscan oro en la mina La Esperanza, en el cerro El Quemado. LA PRENSA/ ÓSCAR NAVARRETE

Una pana de tierra es todo lo que los hermanos Luis Antonio y Roberto Andrés Martínez Ortega recibieron, el pasado martes 18 de abril, como salario de una jornada de trabajo de 12 horas. Pero no era una tierra cualquiera, sino una que procesaron y de la cual sacaron tres gramos de oro, el que venderían a 800 córdobas cada gramo: 2,400 córdobas por todo; 1,200 para cada uno.

Roberto Andrés tenía cuatro años de vivir en Panamá, trabajando en lo que le saliera, pero no había podido salir adelante. Desde hace tres meses está de regreso en su natal Chinandega porque su hermano Luis Antonio le dijo por teléfono que se regresara, que él estaba ganando bien trabajando en la extracción de oro en unas minas que están en el municipio de Villanueva, siempre en Chinandega.

Los hermanos Martínez Ortega, Luis de 20 años de edad y Roberto de 23, bien fornidos los dos, tanto que parecen levantapesas, trabajan como mozos extrayendo tierras en las minas que están en el cerro El Quemado. Allí, a ningún mozo le pagan con dinero. “No les conviene. Con tierra es la mejor manera de que le paguen a uno”, explica Luis Antonio. Esa tierra donde es seguro que hay oro es tan preciada que algunos hasta la llevan de ofrenda o limosna a la iglesia del pueblo.

La tierra procesada en molinos eléctricos de donde los mineros de Villanueva sacarán oro. LA PRENSA/ ÓSCAR NAVARRETE

“Lo que no pude hacer en tres años en Panamá, lo he hecho en tres meses aquí en la mina. Ya me compré una moto”, dice Roberto Andrés.

En el cerro El Quemado y en la zona conocida como El Becerro, en Villanueva, hay varias minas, pero ninguna de ellas es administrada por alguna empresa formalmente constituida, sino que los mismos pobladores del municipio, y muchos otros que vienen de distintos municipios cercanos de otros departamentos, desde hace unos treinta años se han convertido en güiriseros, debido a que no hay muchas formas de ganarse la vida en la zona. Y han formado cooperativas.

Uno de esos casos es el de José Luis Vindell Guzmán, de 61 años, quien es originario de San Juan de Limay, Estelí, pero hace treinta años llegó a Villanueva en busca de mejores oportunidades. Fue policía por diez años. Después fue comerciante de cerdos pero la necesidad lo llevó luego a incursionar en la minería. “Aquí (en Villanueva) no hay otra que hacer”, dice.

En realidad, Villanueva es principalmente un municipio agrícola y ganadero, pero según los lugareños últimamente la gente se está volcando a la extracción artesanal del oro. Vindell Guzmán dice que debido a la pobreza en la zona, a pesar de que hay escuelas, los jóvenes prefieren trabajar en las minas antes que estudiar, porque desde temprana edad se juntan con mujeres y tienen hijos.

Wilber Guillén Martínez, de 19 años, es un ejemplo de esos jóvenes que prefieren ir a buscar oro en lugar de estudiar. No sabe leer ni escribir. Apenas cursó el primer grado de primaria y desde los 13 años de edad comenzó a trabajar con el machete. Ahora trabaja extrayendo tierra, una labor que asegura le “gusta mucho”.

Una de las minas de Villanueva donde mineros artesanales buscan oro. LA PRENSA/ ÓSCAR NAVARRETE

Cavan mucho para sacar poco oro

Es el martes pasado, 18 de abril de 2017. Casi el mediodía. Las noticias dicen que en Jinotega cayó granizo, trozos de hielo. Pero en Villanueva lo que parece que está lloviendo es fuego. La presión del calor hace que, en una mina que está en el cerro El Quemado, se inunden de sudor los rostros de unos 30 hombres que trabajan buscando oro. La mina es una excavación profunda. Cuando se está en el fondo de ella, y uno ve hacia arriba, contempla una pared de tierra que tiene casi el doble de alto del viejo edificio del Banco de América, donde hoy funcionan oficinas de la Asamblea Nacional. Pero no es como las minas en las que se trabaja en túneles bajo tierra, sino al aire libre.

Los mineros artesanales no solo tienen enormes clavos o picos, mazos, barras, palas y rotomartillos manuales y eléctricos para extraer la tierra donde hay oro. También andan abastecidos de grandes termos en los que cargan muchísimas bolsas pequeñas de agua. La deshidratación es muy fácil en las minas del cerro El Quemado. Y hay un hombre encargado de estar suministrando el agua.

—Agua, aquí hay más agua. ¿Quién quiere más agua?

—Aquí, aquí.

—Oe broder, dame a mí.

—No fregués maje, este sol está salvaje.

—Agua, agua, agua, aquí hay agua.

Algunos mineros artesanales llevan casco protector y en general están vestidos con camisetas y bluyines, calzados con botas. No parecen mineros en realidad.

Juan González Méndez es quien dirige la búsqueda de oro en la mina El Quemado. Tiene 57 años de edad y desde 1993 es güirisero. Dice que para extraer el oro utilizan azogue o mercurio, un metal que a temperatura ambiente es líquido, contamina las aguas y puede ser mortal. El mercurio atrae al oro como un imán al hierro.

González Méndez dirige principalmente a jóvenes que rondan los 20 años de edad, pero que en su mayoría ya tienen compañeras e hijos a cargo. Mientras unos cavan, otros extraen la tierra y otros la van trasladando, en baldes de plástico, hacia arriba, donde es almacenada en sacos.

Para saber dónde hay oro, el minero artesanal Norlan David Beltrán Ordóñez, de 27 años, explica que primero la tierra debe ser inspeccionada por un güirisero, es decir, un minero artesanal con experiencia. El güirisero toma un poco de tierra y la coloca en un cacho de res abierto, formando una especie de pana. Lava la tierra y allí va viendo si hay oro o no. “Tiene que ser en el cacho de una vaca o en cualquier cosa, pero que sea negro, para que en el fondo se vea el oro”, explica Beltrán.

Grandes cantidades de sacos llenos de tierra salen diariamente de las minas de Villanueva y las llevan a unas “rastras” o molinos artesanales. A los mineros artesanales no les gusta decir cuánto oro sacan, pero dan una idea. “De 12 toneladas de tierra pueden salir unos cien gramos de oro”, afirma José Luis Vindell.

La “rastra” donde se muele la tierra en busca de oro. LA PRENSA/ ÓSCAR NAVARRETE

Las “rastras”

El sacerdote Daniel Ibarra tiene 30 años de edad y desde el 2013 es el párroco de Villanueva. Recién llegado a la parroquia le llegaron a pedir que fuera a bendecir una “rastra” y él accedió. Rápidamente se fue a buscar en un libro cómo se bendice a los vehículos pero cuando llegó al lugar de la bendición se dio cuenta de que no había tal vehículo.

La “rastra” en realidad era un molino eléctrico artesanal. Los mineros de Villanueva utilizan el eje de un camión, lo conectan a un motor eléctrico y con eso mueven cuatro piedras grandes unidas con cadenas al eje. Las piedras se van moviendo dentro de una pileta y de esa forma muelen tierra que contiene oro. A ese sistema le llaman “rastra” y los patios de las casas que están cerca de las minas están invadidas con esos molinos artesanales.

La pileta que utilizan los mineros artesanales para moler tierra manualmente. LA PRENSA/ ÓSCAR NAVARRETE

Molino de mano

En cuanto los hermanos Luis y Roberto Martínez Ortega recibieron la pana de tierra en pago, el pasado martes 18 de abril, inmediatamente se fueron al patio de una casa, que está al pie del cerro El Quemado.

Luis Antonio se puso de pie sobre el borde de una pequeña pila de concreto que en el centro tiene un hueco circular y no muy profundo. La tierra la colocó en el fondo del hueco y comenzó a molerla, para lo cual sostuvo dos varillas de hierro que, al igual que una muleta, están unidas por otra varilla pequeña. Ambas varillas grandes están incrustadas en una pesada bola de concreto, que a su vez está introducida en el hueco de la pileta.

Luis Antonio, como si se tratara de un manubrio, comenzó a mover continuamente las dos varillas hacia la izquierda e inmediatamente hacia la derecha, de tal manera que la pesada bola de concreto actúa como un molino dentro de la pileta.

Una vez bien molida la tierra, la echó en una pana con agua y le añadió mercurio. Luego, con un trapo, comenzó a colar la tierra y finalmente, atrapada entre el trapo y adherida al mercurio, apareció una pequeña bolita de oro que al final pesó tres gramos. La mayoría de esos trocitos de oro pesan entre dos y cinco gramos. Pero cuando la tierra es “buena”, pueden salir trozos de oro de entre 20 y 30 gramos.

El oro que procesaron los hermanos Luis Antonio y Roberto Martínez Ortega. LA PRENSA/ ÓSCAR NAVARRETE

Los inversionistas

El exlanzador de Grandes Ligas, el chinandegano Vicente Padilla, llegó el pasado lunes 17 de abril al cerro El Quemado, aseguró el minero artesanal Wilfredo Montes, y se llevó dos toneladas de tierra. Lo que ocurre es que Padilla es un “inversionista”.

En las minas de Villanueva un inversionista es que el que financia y alquila máquinas excavadoras para que los mineros artesanales extraigan tierra donde hay oro. Luego, la mitad de la tierra extraída es del inversionista y la otra mitad es repartida entre los mineros. Padilla financia a la cooperativa de mineros La Esperanza.

El oro que se obtiene es vendido a diferentes compradores que llegan a Villanueva en grandes camionetonas.

Mineros artesanales buscan oro en la mina La Esperanza, en el cerro El Quemado. LA PRENSA/ ÓSCAR NAVARRETE
Los mineros artesanales de Villanueva trabajan a cielo abierto, excavando pozos en busca de oro. LA PRENSA/ ÓSCAR NAVARRETE

La pobreza no falta

Aunque el oro lleva grandes beneficios a los pobladores de Villanueva, los problemas y la pobreza no faltan.

El párroco Daniel Ibarra señala que en primer lugar los mineros artesanales trabajan sin seguridad laboral y sin orientación técnica. El padre Ibarra recuerda como si fuera hoy la vez que cuatro personas murieron soterradas en una de las minas.

También existe entre los mineros artesanales —aunque no entre todos advierte el sacerdote—, cierta descomposición social. La mayoría de los mineros utilizan lo que ganan para el alcohol, drogas o mujeres. “Tengo que decirlo, hay prostitución (en las minas)”, dice el sacerdote.

El padre Ibarra no se explica cómo con tanto oro que se extrae siempre hay pobreza, casas de tejas y plástico. “No se aprovecha bien el recurso. La gente no se da cuenta de que el verdadero oro son ellos mismos”, dice el cura.

Aunque ahora los mineros están organizados en cooperativas, inscritas en el Ministerio de Minas (Minas) y en el Instituto de Fomento Cooperativo (Infocoop), del Ministerio de Economía Familiar, el padre Ibarra considera que las instituciones del Estado no se preocupan por darles un debido acompañamiento.

Un güirisero utiliza el cacho de una vaca para hacer un muestreo y determinar si en esa tierra hay oro. LA PRENSA/ ÓSCAR NAVARRETE

Pleitos y muertes

Cayetano Cruz tiene 67 años y antes de que él naciera dice que ya existían las minas en Villanueva. Solo que estaban en abandono y pocos sabían que en esa zona se podía encontrar oro. Asegura que los primeros en redescubrir las minas lo hicieron en la década de los años 40 del siglo pasado.

Wilfredo Montes recuerda que un señor de nombre Miguel Guerrero era el dueño de una gran extensión de tierra en la zona y él era el único que aprovechaba el oro en la región, aunque sacaba poco porque las minas en realidad no dan mucho.

A inicios de los años 90 un grupo de personas se organizó para explotar artesanalmente, pero se fueron cuando ocurrió el huracán Mitch. Luego, otras personas se apropiaron de las minas y por eso ha habido pleitos y se han sacado armas entre los contendientes. Actualmente el Estado ha asignado tierras a los lugareños, pero todavía hay ciertas minas que están siendo disputadas judicialmente, indicó Montes.


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