La abuela que salvó a su nieto

REPORTAJE ESPECIAL

La abuela que salvó a su nieto

A sus 88 años, doña Cristina Mejía sacó fuerza de sus dolencias para rescatar a su nieto de las llamas que devoraban su casa. En Ciudad Darío le dicen heroína. Ella solo cree que fue un milagro

30/04/2017

¡Vita, José se está quemando! A las 5:30 de la mañana doña Cristina Mejía estaba despertando y comenzaba a vestirse para salir. En el cuarto contiguo dos de sus nietos dormían solos porque su madre, Roxana Caldera, se bañaba, y el padre, Alejandro Matamoros, estaba en la letrina en el fondo del patio.

Doña Cristina se puso su suéter gris debajo de la pijama celeste, se cubrió la cabeza con una toalla porque había mucho frío y estaba a punto de terminar de hacer la señal de la Santa Cruz, cuando su nieto de cuatro años llegó a su cuarto con aquel grito que le paralizó la sangre: “¡Vita, José se está quemando, José se está quemando!”

La anciana de 88 años levantó una cortina que dividía su cuarto con la cocina de su vivienda y vio que en la estufa estaba puesta una porra con café, la llama estaba baja y de inmediato descartó que el incendio fuera ahí. Inquieta levantó la cortina del otro lado y una llamarada abrazó su cuerpo. Solo pudo cubrirse con las manos. De prisa salió hacia el cuarto de su hijo Alejandro, donde los niños dormían y fue recibida por intensas llamas que subían hasta el techo. Las almohadas y la cama donde dormía su nieto de cinco años, José, ardían y él estaba lamentándose con su cara y brazos enrojecidos. Sin pensarlo lo cogió de la mano y salió hacia el patio de la casa. Las llamas aumentaban y en la puerta del cuarto se formaron lenguas de fuego a ambos lados que atravesaron hasta salir.

Al ver el humo, Alejandro, de 38 años, salió de la letrina corriendo todavía en calzoncillos. Vio a su mamá que venía saliendo del cuarto con el niño y ella gritó: “Se me quemó mi niño”. La madre igual salió en toalla y corrió donde su hijo, lo chineó y salió con él en busca de ayuda. Doña Cristina cayó sobre unas piedras y no hacía más que gritar: “Se me quemó mi niño, se me quemó mi niño”.

Doña Cristina Mejía llora mientras dice: "Yo no quiero morir posando, yo quiero morir en mi casa". LAPRENSA/ OSCAR NAVARRETE

Doña Cristina Mejía llora mientras dice: “Yo no quiero morir posando, yo quiero morir en mi casa”. LAPRENSA/ OSCAR NAVARRETE

Achaque y dolencias

La casa que se quemó pertenecía a doña Cristina Mejía y su esposo Sixto Matamoros, fallecido cuatro años atrás. Desde entonces ella vive solo con su hijo, su nuera y sus nietos pequeños en el barrio San Pedro de Ciudad Darío, Matagalpa. La vivienda la compraron cuando Alejandro, su hijo menor, era un niño. Antes de eso alquilaban, pero como sus hijos eran inquietos en varias ocasiones los dueños de las casas los maltrataban y hasta los corrían. Eso a ellos no les gustaba.

“Mirá Cristina, para nosotros no va a haber más tinieblas. Vamos a ver un día claridad. Me voy a meter al trabajo del Eskimo para comprar un solar”, le dijo don Sixto a su esposa. Y así fue, trabajó durante un año y medio, hasta que juntó el dinero suficiente para comprar un terreno y allí construir su casa, la misma que se les quemó el mes pasado, recuerda doña Cristina, sentada en la vivienda donde alguna vez alquiló y donde hoy vuelve a vivir porque el incendio arrasó con todo.

Después que murió don Sixto, la salud de doña Cristina empeoró. Los médicos dicen que se le gastaron los huesos de la columna y el estrés empeora su condición. Le han practicado varios estudios, pero siempre le dicen que su mal no tiene cura y solo le recetan inyecciones y pastillas para soportar el dolor que le comienza en la cabeza, baja por su columna vertebral y termina en su pierna derecha, donde dice que siente como si fuera un fuego.

Más de una vez su hijo ha tenido que llevarla al hospital a medianoche en moto porque el dolor es demasiado fuerte. Ya hasta le es imposible dormir, por eso a las 6:00 p.m. debe tomar una pastilla para conciliar el sueño. Su familia siempre está pendiente de ella porque tiene dificultades para levantarse, pierde el equilibrio, le cuesta dar pasos firmes y no escucha bien. Por eso, cuando Alejandro la vio salir de entre las llamas con su hijo se convenció que era un milagro.

 Desde que falleció el esposo de doña Cristina, ella vive con su hijo menor Alejandro Matamoros, su esposa Roxana Caldera y sus dos hijos, Sixto y José. LA PRENSA/ OSCAR NAVARRETE

Desde que falleció el esposo de doña Cristina, ella vive con su hijo menor Alejandro Matamoros, su esposa Roxana Caldera y sus dos hijos, Sixto y José. LA PRENSA/ OSCAR NAVARRETE

Sin bomberos en Darío

“Me di cuenta del incendio porque vi que por el alero de la casa salía humo, entonces pegué carrera y le grité a mi esposa ‘el cuarto se está incendiando’, cuando llegué a la sala miré que mi mamá venía con el niño de la manito, los empujé y ahí nomás hubo una explosión”, narra Alejandro Matamoros.

Su esposa Roxana se dedica a la venta de cosméticos y perfumes. Por eso en el cuarto había unos perfumes que fueron los que provocaron la explosión que escuchó Alejandro, misma que alimentó el fuego.
“Si ella (doña Cristina) se hubiera salido a avisarnos a nosotros, no hubiera salido el niño, lo hubiéramos hallado carbonizado”, narra Alejandro, aún sorprendido por la rapidez del incendio.

Los vecinos trataban de apagar el siniestro con el poquito de agua que tenían en sus casas. En las llaves no había agua y como en el pueblo no hay una estación de bomberos si ellos no lo apagan se extendería.
Doña Cristina seguía en shock. Después de salir de la casa se sentó en unas piedras que están en el fondo de su casa, no paraba de llorar y decía: “Se me quemó mi niño”, mientras su casa se consumía delante suyo. Un niño vecino se le acercó y le dijo que se salieran a la calle y hasta ese momento se dio cuenta que el niño que tenía tomado de la mano durante todo este tiempo era Sixto, su nieto menor, quien le llegó a avisar del incendio no José, a como ella pensaba. Él se había ido con su mamá y estaba en el hospital esperando recibir atención.

 Sixto Matamoros junto a su hermano José en una fotografía tomada un mes antes del incendio. LA PRENSA / CORTESÍA

Sixto Matamoros junto a su hermano José en una fotografía tomada un mes antes del incendio. LA PRENSA / CORTESÍA

Alejandro se quedó tratando de apagar el fuego con los vecinos, después se fue con su mamá al hospital. Ella llevaba parte de su cara y la mano izquierda quemadas, pero decía que no le dolían. Estaba muy alterada. Los médicos le decían “abuelita, contrólese que al niño no le pasó nada”, pero ella no dejaba de gritar. Su nuera estaba con el niño quemado, en un cuarto cerca de ahí, esperando que llegara la ambulancia para trasladarlo al hospital de Matagalpa. El niño se quejaba y pedía agua, pero los médicos solo le deban suero. “Me acuerdo que mi esposa me lo puso al teléfono y él me dijo: ‘Papito traeme agua que tengo sed y aquí me están dando un agua fea’. Y yo le dije: ‘Si hijo ya te llevo agua’”, cuenta Alejandro.

Hora y media después salieron en la ambulancia de Ciudad Darío hacia el hospital de la ciudad de Matagalpa y ahí los doctores decidieron trasladarlo a Managua, pero tampoco había ambulancia y les tocó esperar. A las dos de la tarde, ocho horas después del siniestro, José fue trasladado a la Unidad de Quemados de Aproquen, del Hospital Vivian Pellas. Cuando llegó allí estaba deshidratado, inflamado y ya no podía hablar.

Todo hecho cenizas

En el patio de la casa de doña Cristina Mejía aún hay pedazos de madera y zinc quemados durante el incendio. LA PRENSA/ OSCAR NAVARRETE

En el patio de la casa de doña Cristina Mejía aún hay pedazos de madera y zinc quemados durante el incendio. LA PRENSA/ OSCAR NAVARRETE

Del incendio solo pudieron recuperar la moto que Alejandro guardaba al otro lado de la casa. La sacó antes que las llamas llegaran hasta allí. Los electrodomésticos y demás enseres domésticos se volvieron cenizas. Ellos quedaron solo con la ropa que andaban puesta.

A José los médicos en Managua le hicieron varios injertos de piel, lo estabilizaron y después le hicieron terapias para que recuperara la movilidad.

Días después llegaron los bomberos de Matagalpa a hacer el peritaje para determinar qué provocó el siniestro, llegaron porque una hermana de Alejandro fue a exigirles que lo hicieran. Ellos aseguraron que el fuego lo causó un cortocircuito en un alambre que pasaba en el cuarto.

Dos semanas después de tratamientos le dieron de alta a José y a sus papás les advirtieron que debían ser muy cuidadosos con él porque por las quemaduras no puede recibir polvo, ni luz directa del sol y como estamos en época caliente se le recomienda tener un ventilador.

La enfermedad de doña Cristina ha empeorado por el estrés que le causó el incendio. Por más que se inyecta y toma religiosamente sus medicinas, el dolor la atormenta y tiene dos noches que no puede dormir. Dice que en su pierna derecha siente un ardor. Ahora además de sufrir por su enfermedad también se despierta llorando y gritando: “¡Se me quemó mi niño!” Su rostro está marcado por arrugas testigos de sus años, las quemaduras que sufrió ahí no se le notan, pero las de su mano izquierda sí.

Solidaridad y traumas

Doña Cristina recibió quemaduras en su mano derecho y en el pómulo izquierdo. LA PRENSA/ OSCAR NAVARRETE

Doña Cristina recibió quemaduras en su mano derecho y en el pómulo izquierdo. LA PRENSA/ OSCAR NAVARRETE

Los vecinos de Darío han apoyado a esta familia, les regalaron ropa, enseres y están al pendiente de la salud del niño. La Alcaldía les regaló material para construir una nueva casa y como Alejandro se dedica a la albañilería, él y unos amigos están edificando su nuevo hogar. Al fondo del patio aún hay escombros de lo que un día fue la casa que don Sixto construyó y cada vez que se siente mejor para caminar, doña Cristina pide que la lleven a ver su casa. Estar allí y recordar la tragedia que ocurrió la hace llorar y a pesar de perderlo todo dice que está agradecida con Dios porque ese día le dio la fortaleza para sacar a su nieto y gracias a eso él sobrevivió.

Después del incendio, su nuera Roxana no ha podido regresar a esa casa, a pesar que recibió ayuda psicológica dice que no está preparada para volver, de hecho, uno de sus vecinos grabó un video del incendio y la primera vez que lo vio no dejó de llorar. Su esposo también prefirió borrarlo de su celular.

“Yo no he ido a la casa, él (Alejandro) me dice que le tengo un trauma a la casa, pero es mejor que yo no vaya. Yo nunca he vivido esto, pero con el tiempo me voy a recuperar”, se lamenta Roxana, mientras su hijo quemado se le acerca.

Alejandro es quien más fortaleza demuestra, mientras cuenta la desgracia que le ocurrió no deja de darle gracias a Dios porque su hijo está con vida. Dice que lo material se repone y prueba de ello es que poco a poco va recuperando sus cosas. Mientras José juega con una moto que le regalaron y pide que lo suban a la cama para que le dé aire del abanico.

Doña Cristina de vez en cuando lanza miradas hacia él y dice que lo que pasó fue una tuerce. Mientras se lleva un poquito de helado de tacita a su boca, suspira, se pone la mano izquierda en el rostro y se lamenta: “Yo me siento afligida por mi casita quemada. Yo no quiero morir posando, yo quiero morir en mi casa”, llora al recordar aquellos años cuando junto a su familia anduvo alquilando y aguantando desprecios.

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