La hermandad nica-venezolana

En pleno siglo XXI, Nicaragua y Venezuela, nuevamente se encuentran padeciendo el mismo trágico destino: El binomio Ortega-Murillo en la primera y Nicolás Maduro en la segunda.

Sandino y Bolívar deben estar en el empíreo, con sus rostros compungidos, viendo como los pueblos de Nicaragua y Venezuela, a quienes dieron alientos de independencia y libertad a costa de sus propias vidas, hoy se desangran por las calles de sus ciudades cubriendo de lento y profundo dolor a sus pobladores, por el solo hecho de demandar que se respeten sus derechos humanos.

Porque la verdad es que para los que tuvimos la dicha de nacer en esta América, también conocida como el Continente de la Libertad, el derecho a tener elecciones libres, justas y honestas es tan fundamental, casi como el aire que respiramos. Desde la fundación de nuestras repúblicas por nuestros próceres, han muerto miles de personas por ese anhelo fecundo y es lo que lamentablemente seguimos viendo hoy en nuestras dos convulsionadas naciones. Por algo Simón Bolívar decía “La libertad del Nuevo Mundo es la esperanza del Universo”.

En esa lucha hay cierto paralelismo histórico que cual cordón umbilical nos une a nicaragüenses y venezolanos. Basta con remontarnos a la segunda mitad del siglo XX para recordar que, mientras nosotros luchábamos denodadamente contra la dictadura dinástica de los Somoza, los venezolanos lo hacían contra la dictadura militarista de Marcos Pérez Jiménez. En la pasada década de los ochenta, cuando el FSLN encabezado por Daniel Ortega intentó entronizar el totalitarismo marxista leninista en nuestra patria, la solidaridad del pueblo y gobierno venezolano con la oposición democrática nicaragüense no se hizo esperar. Presidentes social–cristianos y social-demócratas como Carlos Andrés Pérez, Jaime Lusinchi, Rafael Caldera y Luis Herrera Campins, con los que tuve el honor de reunirme en diferentes ocasiones durante nuestro peregrinaje por alcanzar la democracia para Nicaragua, siempre fueron solidarios con nosotros sin importar ideologías y atendiendo únicamente a nuestro común afán de luchar por implantar el sistema democrático (con elecciones libres y periódicas) en Nicaragua.

Hoy en pleno siglo XXI, Nicaragua y Venezuela, nuevamente se encuentran padeciendo el mismo trágico destino: El binomio Ortega-Murillo en la primera y Nicolás Maduro en la segunda, como fieles acólitos del régimen castrista en Cuba, pretenden a imitación de estos últimos perpetuarse en el poder a espaldas de la voluntad popular y basados únicamente en la fuerza de las armas (Ejército y Policía) cuyo apoyo han logrado mantener en base a la corrupción gubernamental imperante en ambos países. Ni Maduro ni los Ortega Murillo quieren rendir cuentas de la destrucción de las instituciones democráticas y de los miles de millones de dólares que han despilfarrado en beneficio de ellos mismos y sus corifeos, en una acción nefanda que no tiene parangón en los anales de la historia latinoamericana.

Para los que hemos luchado desde nuestra temprana juventud para que brille en todo su esplendor el sol de la auténtica democracia en nuestra patria, es tremendamente doloroso no poder estar en el teatro de los acontecimientos, sea en Venezuela o Nicaragua por razones de las circunstancias ya que somos un mismo pueblo con un común destino: la libertad. Más, por la firme determinación que está demostrando actualmente el pueblo venezolano, por su lucha heroica y valiente desde las calles, haciendo honor a su himno nacional como bravo pueblo, sabemos que triunfará y que luego le tocará el turno a Nicaragua hasta la victoria total, para que todos los países del continente, juntos podamos cantar al unísono un verdadero himno de hermandad democrática, de vigor y de gloria, para la libertad.

El autor es periodista y Secretario General de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).

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