Haciendo caminos

Caminante no hay camino, se hace camino al andar, dice la canción. El camino es aquello que nos conduce a una determinada meta o dirección.

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Caminante no hay camino, se hace camino al andar, dice la canción. El camino es aquello que nos conduce a una determinada meta o dirección.

Hoy se nos ofrecen multitud de caminos para vivir la vida; pero no todos ellos nos conducen a la verdadera vida, a la felicidad auténtica, a la paz y la libertad sinceras.

Hay demasiados supermercados en rebajas que nos meten por los ojos caminos erróneos y engañosos que, al final, destrozan y malgastan la vida.

La sociedad es un gran supermercado en el que se nos brindan bastantes ofertas apetitosas de caminos para todos los gustos:

Nos ofrece caminos fáciles, libres de responsabilidades algunas. Nos ofrece caminos sin preocupaciones algunas. Nos ofrece caminos que nos invitan a caminar por la vida sin frenos algunos.

Por ello debemos estar alertas ante esa abundancia de falsos caminos que conducen a la destrucción del ser humano.

Con la vida no podemos jugar. Es el tesoro más preciado que tenemos. Cada uno debemos buscar con toda sinceridad el camino que nos lleve a ser, de verdad, felices en la vida.

Tenemos que hacer caminos, cada uno debe buscar su propio camino por el que andar por esta vida; pero nosotros, los cristianos, tenemos un camino seguro que nos conduce a la verdad y a la vida verdaderas: es Jesús, el Señor.

Jesús se nos ofrece como el camino que nos lleva al Padre: “Nadie va al Padre sino por mí… Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14, 6).

Pero Jesús no es un demagogo más ni un farsante como tanta gente de este mundo nuestro que nos ofrece caminos amplios, fáciles, todos de color de rosa, sin espinas algunas. Estos caminos son engañosos; por regla general, conducen a la destrucción del ser humano, de la misma vida, “a la perdición” (Mt. 7, 13).

Jesús, desde el primer momento, nos pone en aviso y nos dice que seguirle a Él no es tomar caminos amplios que encandilan y seducen, sino empezar a caminar por caminos estrechos, sin cuentos ni trampas, sin mentiras ni engaños, pues Él es la verdad y la vida (Mt. 7, 13-14).

Es en Cristo y en sus valores donde vamos a encontrar luz en la verdad. Por eso, decía San Jerónimo: “En ninguno de los patriarcas, en ninguno de los profetas, en ninguno de los apóstoles existió la verdad. Solo en Jesús. Los demás la conocían en parte… Veían como en un espejo, confusamente. La verdad de Dios se apareció solo en Jesús que dijo sin vacilación alguna: Yo soy la verdad”.

Es en Cristo donde vamos a encontrar que verdaderamente nuestra vida tiene sentido. Por eso, siempre nuestra oración debía ser la oración del Salmista: “Señálame, Yahvé, tu camino, guíame por la senda llana” (Salm. 27, 11). “Muéstrame, Yahvé, tu camino, que recorreré con fidelidad” (Salm. 86, 11).

Ser cristiano es pues caminar en la verdad del camino que nos conduce a la vida. Ese camino, esa vida, esa verdad es Cristo, como Él mismo nos ha dicho: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14, 6). La única manera de permanecer en la verdad es permanecer en Cristo Jesús y comulgar con su mensaje. La única verdad es Jesús.

Caminar por el camino de la verdad es caminar en la sinceridad de la vida. En la última cena Jesús pidió al Padre por todos nosotros para que camináramos por el camino de la vida con la verdad por delante: “Padre, santifícalos en la verdad, tu palabra es verdad” (Jn. 17, 17).

Es en Cristo donde encontramos el camino sincero que nos lleva a la verdad y a la vida.

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