Alegría y dolor

Siempre será 30 de mayo. Lo que vuelve cada año es el énfasis que se pone a la celebración con estilos diferentes según el carácter y flujo de las emociones.

agua

Madre dolorosa (“parirás a tus hijos con dolor”) es el calificativo que más ejemplifica a la fuente primigenia de la creación humana. Ella trajo a la criatura valiéndose de la unidad de la alegría y el dolor para darle al vástago la categoría de protagonista del advenimiento con todos los derechos que da el ingreso a la vida, de todo lo que se derive del proceso plural y evolutivo. La causa de la madre —poner luz en el íntimo fruto de sus entrañas— produce una sensación homogénea en los extremos anímicos bajo el techo de igual significado: el dolor que transita por el puente (medio) para llegar a la concepción (fin).

Siempre será 30 de mayo. Lo que vuelve cada año es el énfasis que se pone a la celebración con estilos diferentes según el carácter y flujo de las emociones. Confirma la madre ser la primera en el universo del amor, posición que siempre ha tenido en la jerarquía de los sentimientos. El festejo está lleno de diversas e intensas expresiones alrededor de un solo ser, cuya ausencia de este mundo pone flores blancas en el pecho de la orfandad.

Los pañuelos se bañan con las aguas lacrimosas del recuerdo, con las imágenes puestas en la memoria con penetración indeleble.

Para todas las madres hay una predilección incondicional. Excepción de la desnaturalización, casos escasos que se dan en la deformación de las pasiones, de la sensibilidad. Nos las distingue la diferencia de edad. Joven o condecorada por la sabiduría de los años merece ser vista con idéntica admiración y respeto a su posición privilegiada. Sin embargo la tendencia en el tiempo esquiva el reconocimiento de los valores. Ha puesto a la madre joven en el terreno expedito del sufrimiento, no por culpa de ellas sino de las implicancias del fatalismo que aparece como un fantasma en el encanto de la primavera, sacudidas por la inexperiencia, por el prematuro ingreso de sus bemoles: violada, víctima de la irresponsabilidad de la conducta paternal (madre soltera equivale a ser madre dolorosa), debilitada en el empeño de vivir y solo rescatada por los atributos serenos de la resignación. Un perfil de esa marginalidad aparece con crudeza en las pantallas de la televisión cuando la infortunada confiesa “no debo tenerlo”. Y salen los niños abortados, los inocentes que encontraron las puertas cerradas. Y para colmo el delito más dramático y destructor: el femicidio y el saldo trágico de los huérfanos también agredidos arrojados a la dureza de la adversidad. Ellas merecen ser reconocidas, valoradas en el Día de las Madres. No es posible describirlo en la brevedad de un artículo. La madre sumergida en la soledad, en las tinieblas del abandono, merece un capítulo aparte.

La madre añeja bendecida por las aguas de la felicidad testimonia, comparte sus experiencias con la descendencia, unas debajo de la lámpara cargada de luces, otras bajo las sombras aunque cobijadas por la misma emoción porque en ambos casos lo que vale es el sentimiento excepcionalmente afectivo que está encima de la superficialidad material, de los regalos ostentosos, de los presentes en la bulla de la comercialización.

No pueden desestimarse las flores puestas en los límites cercanos del corazón, reflejos de un símbolo espontáneo. Confieso que me acompaña el júbilo de una flor roja. Madre e hijo compartimos la ruta madura de otoño.

El autor es periodista.

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